23 diciembre, 2018
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Rodolfo somos

*Por Nelson Santacruz, comunicador de la Villa 21-24.

 

Una madrugada como la de hoy, hace treinta madrugadas, una mujer de la Policía Bonaerense asesinó a Rodolfo Orellana. Era jueves, cuando él agarró una gorrita, la mochila y se fue. “No te olvides de los chicos”, le dijo a su compañera. Tomó una botellita de agua, pan, naranjas, una banana, y se fue. “El día que yo esté por morir, me van a llevar a mi pueblo, donde nací”, pidió hace unos meses, y se fue.

 

El 22 de noviembre, en Camino de Cintura y Puente 12, un grupo de policías comenzó una cacería para desalojar una toma de tierras. Todos corrían, pero él, padre de cinco niños, se tropezó. Quería ese terrenito para pagarlo, para pasar las fiestas con un ranchito propio, para ya no raspar la olla a fin de mes.

 

“Enfrentamiento entre bolivianos y paraguayos”, titularon, como siempre, distorsionando esa realidad que tanto lo ajetreaba. No dijeron que lo fusilaron como a un perro, que le robaron la vida con el plomo que atravesó su omóplato para salir por la nariz, días antes de la legalización del Gatillo Fácil por parte del Ministerio de Seguridad.

 

Lo dejaron morir como a las coronas de flores que esperaron 20 días a que la fiscalía entregara su cuerpo a la familia. Rodolfo, compañero de Organizaciones Libres del Pueblo, buscaba sobrevivir para vivir: en la panadería, en la carpintería, en la cooperativa textil. Una madrugada como la de esta madrugada, hace treinta madrugadas, una mujer de la Policía Bonaerense asesinó a un militante. Sólo queda una frase suya, como silueta de la memoria: “El día que yo esté por morir, me van a llevar a mi pueblo, donde nací”, pidió hace unos meses. Y se fue.

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