12 marzo, 2020
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Un virus que no es viral

 

Atención, atención.
Comunicado urgente para toda la población.

 

Acá, en Argentina, 14 provincias infectadas con dengue o historias como la de nuestra vecina Moraiz Karina Analía, que vive en Villa Lugano y tiene enfermo a su hijo William González de 14 años, no bastan para que vuele un parrafito de la noticia. Qué casual, las tres comunas más afectadas son las del sur de la Ciudad: la 4, la 7 y la 8, pero para ningún experto de la incomunicación es primicia, pero para la cotidiana de ella es primera plana: “En la salita me dijeron que a mi nene le debo poner repelente, que no debe recibir otra picadura, ya que es muy peligroso para él. Y la realidad es que no tengo para comprar porque cuesta más de $200 en una farmacia y apenas me alcanza para prender un espiral por la noche, ¡y tengo cuatro hijos!”.

 

Para prevenir no alcanzan los repelentes,
mucho menos los barbijos.

 

Pero bueno, parece que no hay tiempo para darle vueltas a un virus taaan tercermundista, gracias si va en un recuadrito de alguna revista que hubo 4089 casos sospechosos y 748 confirmados desde el 23 de julio hasta el último 17 de febrero, datados por el Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud. O los 86 episodios autóctonos de los 115 que hay en Santa Fe, en una serie que no sale por tevé y tampoco cuenta el promedio de 15 por día que arroja el Ministerio de Salud de La Rioja. Cuando la peste se propaga, nadie paga el lucro cesante que cualquiera puede imaginar por no ir a trabajar, y las principales afectadas, como siempre, son nuestras barriadas: “Mi hijo empezó con fiebre, estaba muy decaído; no quería comer porque le daba ganas de vomitar. Además, le dolía todo el cuerpo, tuvo mucha fiebre, no se quería levantar de la cama directamente y le empezaron a salir ronchas. En el Grierson me retó el médico porque le comenté que abajo de donde vivo se acumula agua negra porque desde el Instituto de Vivienda de la Ciudad rompieron la cloaca hace un año y no la arreglaron todavía”.

 

Faltan recursos,
y muchísima empatía.

 

Nuestra vecina golpeó y llamó sin parar al IVC, aunque jamás le hicieron caso y siguen brillando por su ausencia. “Tuve que comprar los medicamentos porque en el hospital no había. Y como no tengo un peso, tuve que pedir prestado”, comenta Morai, que cada dos días ve cómo pinchan a su hijo para hacerle un análisis de sangre, pero nunca ve pasar ni una campaña de prevención. “Es feo, muy feo, porque permanecés con mucho miedo. Se te vienen a la cabeza miles de pensamientos de que hoy tu nene está y mañana puede que no”. Y el dengue sigue ahí, enfermando, pero causa más daño el mismo Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que ni un caño repara y nos estornuda su cinismo en la cara. “Acá estamos abandonados, se olvidan de nosotros, no nos escuchan, no dan pelota. Vos vas, les reclamás y te tratan de loca, en vez de brindar una solución”.

 

Hay un solo antídoto:
se llama urbanización.

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