20 diciembre, 2009
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El arte imprescindible

Bertolt BrechtQuizás haya sido porque se vio obligado a ser enfermero en la Primera Guerra Mundial; o porque tiempo después decidió comenzar a militar y a estudiar a Marx; o porque la Revolución de Octubre lo estimuló a pensar que aquella sociedad distinta a la capitalista que había leído podía no ser sólo un ideal; o porque le tocó vivir en la Alemania nazi y exiliarse en diferentes países. O quizás se tuvo que exiliar por su militancia, y quizás haya comenzado a militar por las atrocidades que vio en la guerra y en la Alemania nazi. O quizás, sean muchos más los factores que llevaron a Bertolt Brecht a modificar la realidad con el arte: transformando al teatro, comprometiendo a la literatura y entendiendo que “el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.
Si el arte es eso, era necesario también revolucionar al que había moldeado la culminación del capitalismo: la Guerra Mundial y el nazismo. Entonces, Brecht decidió crear otra forma de crear, un teatro con estética marxista, un “teatro dialéctico”, que no llevara a la alienación del espectador que, sentado y quietito, se identifica con los personajes actuados, sino que le permitiera extrañarse, haciendo explícito que la obra es una ficción, para que el público tuviera que pensar y pudiera hacer una lectura crítica, consciente de la ilusión del espectáculo. Si el drama sólo entretiene, genera pasividad. Y entonces, es mentira que sólo entretiene: es también forjador de pasividad, es «arte burgués». Antagónico, el teatro marxista tiene que denunciarse a sí mismo como una obra, y reclamarle a cada uno su reflexión: “Estimado público vamos, búscate tú mismo la conclusión”. La acción y el placer no pueden estar en un solo lugar, sino en todos lados. “Nuestro teatro debe suscitar el deseo de conocer y organizar el placer que se experimenta al cambiar la realidad. Nuestros espectadores deben no sólo aprender cómo se libera a Prometeo encadenado, sino también prepararse para el placer que se siente liberándolo«.


Por eso la acción, la acción transformadora, se lleva adelante en cada actividad para combatir todas las formas reproductoras de la alienación y la pasividad. El teatro marxista lucha contra el burgués, el Fútbol Popular contra el que impone reglas y autoridades, la educación popular contra la que sólo reconoce un saber verdadero, la producción cooperativa contra la explotación del mercado, la participación contra el asistencialismo.
El río oprimido: "Violento".Así, la crítica no es sólo sobre el contenido. De hecho, ¿quién estableció esa separación entre forma y contenido? ¿Los mismos que llaman violento al río que todo lo arranca y ni se les pasa por la cabeza llamar violento al lecho que lo oprime? ¿Los que se enfrentan al fascismo y sostienen al capitalismo, distraídos de que “estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”? ¿Los que “pretenden, para reformarnos, vencer nuestro instinto criminal” sin importarles si tenemos hambre ni entender que “por más que le den vueltas, primero es comer, y después de hartos ¡venga la moral!”? ¿O los que se dicen apolíticos llenos de ignorancia, ciegos ante su forma de hacer política?:

 

El peor analfabeto
es el analfabeto político.
Él no oye, no habla
ni participa en los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio de los frijoles, del pescado,
de la harina, del alquiler, del calzado
y de las medicinas
dependen de las decisiones políticas.
El analfabeto político es tan animal
que se enorgullece e hincha el pecho
al decir que odia la política.
No sabe el imbécil que
de su ignorancia política proviene
la prostituta, el menor abandonado,
el asaltador, y el peor de los bandidos,
que es el político aprovechador,
embaucador y corrompido,
lacayo de las empresas nacionales y multinacionales
”.

 

El arte imprescindible.No se trata de declararse a favor o en contra de la política, sino de asumir que estamos en ella y que en ella vivimos, aunque digamos que no. Al igual que ese teatro que dice e incluso cree que sólo entretiene, marcando así su posición, cierta política reproduce pasividad política como estrategia política. Frente a ella debemos luchar, para que el analfabeto político, sólo pueda serlo un día y ser malo, o un año y ser peor, o muchos años y ser muy malo, pero que no llegue a serlo toda la vida, que no llegue a ser irrecuperable. A cada declarado apolítico habrá que oponerle un luchador que, como Brecht, quien aun en sus últimos años tuvo que exiliarse de su exilio en Estados Unidos por “antinorteamericano”, comprenda que no tiene suplentes para hacer el cambio: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: ésos son los imprescindibles”.

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