18 diciembre, 2009
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Que se vengan todos

El cacerolazo.Diciembre nos recuerda la receta y nos enrostra la enfermedad. Emociona y decepciona. El 19 y el 20. Rebelión dispersada y dispersión revelada. La euforia y la depresión. El grito y el silencio. Chau y hola. Piquete y corralito; la lucha fue un ratito. Dejemos de lado esta vez a Herrera de Noble, a Fortabat y a las demás viejas cacerolas putrefactas, para revisar el poder popular anegado por nuestras propias limitaciones. La satanización de la oligarquía o la clase media mejor acomodada no debiera sorprender a quien reconoce en el modelo un inexpugnable Satán. Y por ende su prosecución del lucro personal en cualquier modo de expresión, tampoco. No fue, ni es, ni será una sola lucha, la lucha de Amalita y nuestra lucha. Pero sí, debiera serlo, imperiosamente debiera serlo, la de tu sindicato y mi cooperativa, la de tu escuela y mi taller, la de tu asamblea y mi trabajo comunitario, la de tu centro estudiantil y mi fábrica recuperada, la de tu pueblo y mi ciudad, la de tu progresismo y mi izquierda, la de Santucho y el Che.
No son iguales los diciembres, desde aquel de 2001, cuando la sociedad civil argentina en su conjunto exigió la pena de muerte para la corrupción de la clase política, la burocracia partidaria, la impericia gubernamental, el salvajismo capitalista y la democracia representativa que no representaba a ninguna democracia. No hubo papel, ni vocero, entre la reacción y la acción. El hastío inapelable de la desocupación, el hambre y la miseria estalló contra los vidrios de los supermercados, para saciar a los cacharros de lata que por primera vez sonaron al unísono con las solemnes cacerolas de teflón, orilladas por la misma marea social, en pleno desconsuelo por el desenmascaramiento final de la política económica instaurada por el menemismo.

Diciembre de 2001.Todavía debaten los teóricos socioilógicos las lecturas del fenómeno social que hizo volar a Fernando de la Rúa, mientras a nuestras espaldas vuelven y siguen volviendo los que, al final, nunca se fueron. No hay más que despotricar, y nada que aprender, si el análisis simplista sólo reconoce en el cacerolazo una esporádica efervescencia, motivada por intereses individuales, que apenas elevó el volumen de las demandas de abajo por la simultaneidad ocasional con el efímero hartazgo de la clase media que finalmente entregaría sus cacerolas al módico precio de sus propios ahorros pesificados. Pero frente a la bronca claustrofóbica que la conciencia dispara por aquellos que liberaron su bronca no bien se abrieron los corrales, brota la angustia de esta crisis necesaria, de este sinsabor que nos provoca recordar el 20 de diciembre de 2001, cuando la autocrítica nos obliga a pensar que, quizá sí, la rebelión pudo haber sido; pero no encontró una fuerza política organizada, y entonces se fue. Independientemente de las buenas y malas de los gobiernos u oposiciones subsiguientes, con loables políticas de Derechos Humanos y discursos antagónicos a los imperantes en la década del 90, resulta innegable que el fervor participativo del 2001 se apagó, se diluyó, mucho antes de saldar las enfáticas demandas sociales y políticas que presuponían las masivas movilizaciones.

Unidad del pueblo.De los intereses mercenarios de tanto sicario multinacional en la obediente burguesía nacional, no nos hemos enterado, ni mucho menos deslumbrado, en los albores de este milenio. Vivimos mirándolos, señalándolos y atacándolos. Pero del otro lado de la hoja, está la cara menos cómoda para todos nosotros, los militantes. La que no miramos, ni señalamos, ni atacamos, mientras perdemos el tiempo mirándonos, señalándonos y atacándonos. A nosotros, la izquierda, el progresismo, las masas, agrupaciones partidarias o no partidarias, peronistas, socialistas o comunistas, nos cabe la responsabilidad de no haber capitalizado la coyuntura como un riel a esa democracia participativa que nos hacía agua la boca en innumerables asambleas vecinales, devenidas trágicamente a lúgubres documentales en blanco y negro, como reseñas de una antigua pueblada o de un sueño que acabó antes de empezar. Negar el valor histórico de semejante candor incandescente, plasmado con el grito de basta y la resistencia de las calles en carne viva, sería absurdo; tan absurdo como negar que el país está mejor que entonces; y casi tan absurdo como negar que, a fuerza de egoísmo, fragmentaciones y migajas asistencialistas, un fuerte olor a naftalina ha ido barriendo tanto humo revolucionario. 

Poder popular.Las 37 muertes, las millones de cacerolas y el derrocamiento de un gobierno por aclamación popular no debieran ser sólo causal de homenajes en aislados centros culturales, sobrevivientes de la gesta acribillada, sino piezas clave para la articulación del Nunca más, rumbo a una alternativa orgánica y popular que realmente impulse al movimiento de masas en América Latina hacia un puerto pluralista, participativo, democrático y socialista. La vigencia de la inmadurez evidente para construir un frente común a la hora de la lucha, se hace ostensible aún hoy en las reflexiones parciales de miradas mezquinas sobre la revuelta frustrada, que sólo intentan reforzar posiciones sectorizadas, revalidando la fragmentación que erosionó ésa y tantas otras posibilidades reales de cambiar abruptamente el curso de la historia.
Si la ebullición social del 19 y 20 de diciembre de 2001 estuvo hervida en una fortuita y eventual conjunción de los intereses de clases o si en realidad se trató de una oportunidad manifiesta que no hemos sabido aprovechar por nuestra tediosa incapacidad de encontrarnos, lo dirá la historia que sepamos construir, con las lecciones de la que hemos construido. Desde La Poderosa, mientras tanto, seguiremos persiguiendo la transformación por el único camino que, nos consta, se alcanza la revolución: la unidad del campo popular.

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