4 mayo, 2015
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El día que invadimos la Rural

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Qué increíble, señoras y señores, desandar ese suelo con arcas para lectores, bajo el cielo nublado de marcas que tapa el sol de los escritores. Y qué zarpado, ese fuerte blindado tan lleno de brillos, que invita a recorrer los pasillos de la imaginación, con el auspicio del olvido que financia al perdón. Pero qué urgente, defender a las ferias del libro independiente, donde logran liberarse las plumas de combate, donde los únicos bancos sirven para apoyar el mate. Y qué cagada, comprobar que esa microciudad pudo ser urbanizada, esta vez como todas las veces, una vez cada doce meses, para que los turistas se sigan deslumbrando, con las luces que tan sólo los están encandilando. Pero qué potente, meter justo ahí este grito desobediente, para denunciar tanta comedia y para no echarle la culpa a ninguna clase media, porque no tenemos un problema de genética, ni de estética, ni de moral, sino una injusta grieta horizontal, que nos quiere protagonistas de todo guión, para que nunca seamos guionistas de nuestra propia urbanización. Y qué sorprendente, que curiosamente omitieron nuestra presentación en la grilla, siempre disponible para la difusión de la prensa amarilla. Pero qué felicidad, copar la sala más grande con las sombras de la verdad, embarrando las alfombras de esa absurda solemnidad. Y qué embrollo, cuando llegó Ricardo Mollo para cantar con el corazón, que bien pudo conocer a Gastón cuando fue tapa de la revista, justamente para que nadie lo perdiera de vista. Pero qué poder, esa mujer que perdió a Kevin por criarlo en un barrio, con el mismo amor que saltó al escenario, ese amor maternal que todavía hace temblar las paredes de La Rural. Y qué maravillosa, esa garganta poderosa de 30 mil que sigue gritando desde abajo del atril, con una convicción que retumba hasta ahora…
Qué emoción, la concha de la lora.

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