24 marzo, 2016
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«CARTA ABIERTA A LOS TORTURADORES DE AYER Y HOY”

* Por Silvana, mamá de Mauricio Atencio, asesinado por la Policía, en democracia.

Como un día cualquiera, el último 18 de julio, Mauricio se fue a la casa de un amigo, donde se juntaban para ensayar, pero lo detuvieron en el camino. Por “averiguación de antecedentes”, lo llevaron a la Comisaría 3º de Trinidad, le negaron su derecho a una llamada, lo hicieron sufrir y nunca más lo dejaron salir.

Los medios locales, siempre funcionales al poder, se encargaron de difundir que mi hijo había robado, desatando comentarios horrorosos que nos herían el alma, mientras los testigos nos contaban cómo la Policía le decía que se iba a quedar guardado todo el fin de semana, cuando Mauricio les pedía salir para poder ir a “Liberarte”, un festival convocado por bandas y organizaciones sociales, donde siempre solía participar. No sabíamos nada, en ese momento, ni dónde estaba, ni por qué, ni para qué. A su papá, le llegó un mensaje al celular informándole que Mauricio estaba detenido, en teoría para que lleváramos ropa o algo de comida. Como estaba trabajando, le pidió a su mujer actual que fuera hasta la comisaría, donde le dijeron que estaba incomunicado. Y entonces se retiró. Pero unos minutos después, el teléfono de su papá volvió a sonar: “El chico se suicidó”.

La Policía lo suicidó.

Y no, ni siquiera nos informaron su muerte cuando estaba en la comisaría: nos llamaron desde la morgue, donde tampoco me lo dejaron ver… Hoy, mi hijo lleva 8 meses en un cementerio, pero yo sigo pidiendo justicia por él, porque todos sabemos que no se mató y porque su caso sigue asentado como “muerte dudosa”.

Yo no tengo dudas.

Estaba envuelto como una momia, con una tela vegetal que nos prohibieron sacar para que no viéramos la verdad: que el cuerpo de mi hijo estaba molido a golpes. Sí, tenemos pruebas y tenemos fotos, en ese expediente que fue cajoneado, en otra práctica propia del terrorismo de Estado.

Pues aquí, como verán, los militares nos dejaron un San Juan bañado de temor a gritar, a denunciar, a pensar distinto. Muchos familiares de las víctimas en aquellos años debieron callar sus desesperados gritos, por miedo a ser “chupados”, ese miedo que todavía nos mantiene paralizados. Sufrimos amenazas reiteradas, acosos psicológicos, saqueos a las viviendas y robos de todo tipo, en esa dictadura sanguinaria que nos robó la voz, así como nos robó a tantos compañeros y compañeras, como la modelo franco-argentina Marie Anne Erize, que colaboraba con el Padre Mugica.

Pasó el tiempo y, no por suerte, pasó la dictadura, pero acá siguen usando las comisarías como centros de tortura, porque pasaron 40 años de nuestra peor derrota, pero el tiempo a veces no se nota. Y sí, es horrible vivir así, pensando que un día tenemos nuestros hijos y al otro, se los pueden llevar, vivos o muertos, sin pedir permiso, tal como se llevaron a María Rosa Pacheco, que apareció muerta, quemada y descuartizada, en 1996. O como desaparecieron a Raúl Félix Tellechea, a quien buscamos desde el 2004. ¿Y las respuestas, San Juan? ¿Dónde están? ¿Cuánto queda de miedo, señor? ¿Hasta cuándo dura? Basta, por favor: este silencio también es tortura.

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