12 julio, 2016
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«Ver desfilar a Rico, me dio repugnancia»

* Por Marcelo Rosasco, ex combatiente de Malvinas.

 

Alguna vez, el general prusiano Carl Von Clausewitz sostuvo que la guerra es un asunto muy importante para dejarlo en manos de los militares. Galtieri tomó esa idea y junto a su pandilla de milicos asesinos y decadentes, más el apoyo de buena parte del empresariado vernáculo, la iglesia y un remanente oligárquico que necesitaba esconder debajo de la alfombra todos los desaguisados cometidos desde Martínez de Hoz en adelante, decidió en aquel lejano abril de 1982 que una de las mejores maneras de tapar el sol con las manos, era recuperar Malvinas con la mano de obra de pibes que con 18 años recién asomaban a la vida. La aventura terminó en tragedia. 70 días fueron suficientes para desnudar el horror al que se expuso a esos inocentes, que sin más armamento que el enorme sentimiento patrio regaron con su sangre los campos de batalla.

 

Hoy, 34 años después, a Mauricio Macri le calza a la perfección la frase de Von Clausewitz, pero en vez de la guerra, juega a la política. Cuando pensaba que los festejos por los 200 años de la independencia podían ser una buena chance para cerrar esa grieta que tanto le sirvió como bandera de campaña, el tipo quedó expuesto. Cuesta encontrar en la historia argentina a un gobernante que en tres días haya sido tan explícito en su postura de genuflexo frente al poder internacional: la invitación especial al rey Juan Carlos, la soledad en la que lo dejaron los principales mandatarios de Sudamérica, y su frase acerca de la angustia que deberían sentir los próceres cuando declararon la independencia.

 

Pero la frutilla del postre de este 9 de Julio llegó en el desfile militar, como un déjà vu de cuando las fuerzas armadas usurpaban la democracia cada dos por tres. Y entre los lógicos aplausos de sentimentales y nostálgicos que pedían con sus carteles «Menos Derechos Humanos y más Humanos Derechos», apareció la figura de Aldo Rico, entremezclada entre los héroes de Malvinas. Verlo ahí, me duele y me lastima, tanto como este país en la actualidad.

 

Soy un ex combatiente de Malvinas, reivindico profundamente el derecho que le cabe a la Argentina sobre las islas y siento orgullo de todos mis compañeros, muchos de los cuales dejaron la vida en combate. Ver desfilar impunemente a Rico, como un héroe más, sin recordar su papel en la represión y como desestabilizador de la democracia, es otra de las cartas que este gobierno está jugando peligrosamente. Rico, como tantos otros oficiales denunciados por maltrato a las tropas, habrá ido a Malvinas, pero su intentona golpista de Semana Santa de 1987 y su actuación en la represión lo inhabilitan para estar a la altura de los soldados y de muchos suboficiales.

 

Haberlo visto desfilar a él y a miembros del «Operativo Independencia» me repugnó en lo más profundo. Es como volver a matar a aquellos pibes, pero en democracia. Es sentir que esos soldados estaqueados por los hijos de puta en plena noche al aire libre, vuelven a ser torturados; es revivir la imagen de los changos que se escapaban de las trincheras para revolver tachos de basura en busca de comida y flashear que los están cagando de hambre de nuevo, los mismos que se encanutaban alacenas repletas de dulces, quesos y chocolates; es volver a sentir el frío de las trincheras cuando el agua se filtraba por abajo mientras los generales se hacían sostener el espejo para peinarse a la gomina. Es ver a un país, en 2016, que ensucia su memoria con la de sus verdugos.

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