26 agosto, 2016
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Tres gritos contra el gatillo fácil

Nos miran desde las pancartas, desde las remeras, desde las paredes, desde las banderas. Nos miran, sobre todo, desde los firmes ojos lagrimosos de sus madres, de sus padres, de sus hermanos, de sus vecinos. La sentencia de La Perla llegó más de treinta años tarde, y nos recuerda que la lucha debe seguir contra toda la impunidad.  Por eso, marchamos en Córdoba entre las miradas de todos esos pibes, víctimas del gatillo fácil, para exigir que nunca, nunca más la violencia institucional se vuelva a materializar en los barrios marginales del país, en su forma más brutal. Y ahí, contagiados de la rabia, capturamos tres gritos cargados de memoria y de dolor, de bronca y de vida, de pasado… y de ¡Presente!

 

Lástima que en este gobierno, y en el anterior, y en los anteriores, siempre ha habido pibes asesinados por el aparato represor, con la impunidad que garantiza el poder judicial. Y es ese Estado el que nos tiene abandonados en las zonas más vulnerables de Córdoba, y violan nuestros derechos constitucionales. A mi hermano, le robaron su derecho a un juicio. Su derecho a la libertad. Su derecho a una atención médica, que nos van a robar a todos: en cualquier momento, nos quedamos sin salud pública. Y finalmente, le robaron el derecho a una autopsia: con todo el dolor del mundo, yo le tuve que sacar fotos en el cajón, para que vieran que estaba golpeado y presentarlo como pruebas. Por eso, vamos a tener que seguir marchando, siguiendo el ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo.

 

 

 

–          Lorena Barraza, hermana de Ezequiel Barraza, asesinado por la policía el 24 de marzo de 2014.

 

 

 

 

 

Y así sin más que contar, que parte me oirás, si te cuento que me mataron en vida, si… así.

 

Recuerdo su cuchillo ultrajando mis huesos, ultrajando mi vida, queriendo buscar entre el páncreas o los riñones algo de humanidad en mí porque claro, ¿cómo me va a gustar la rola y la gorra?

 

Algo cínicos, los muchachos, ¿no?

 

Meritócratas, sí. Es mi culpa que hayan matado a mi hermano y la culpa también la tiene él. Meritócratas, sí. Es mi culpa porque me gusta que sus balas impacten siempre contra mi pecho, o el pechito de Santino, o en el de Nicolás, en el de Güere o en el de Rodrigo.

 

 Meritócratas, si si, si es mi culpa, yo busco robar para ver llorar, y hacer llorar, a las madres, porque el que mal anda, mal acaba y yo acabo con un tiro por la espada.

 

Yo la verdad, entre tanta gente insolente, arrugada, corrugada y sucia, prefiero morir. Y si decís que la vida es efímera, aún más triste te vas a poner cuando veas, nos mires, a los que crecimos en el barrio. A la escoria.

 

Luminiscencia, llamo yo a la gente de acá, gente de poco brillo pero tanto como para hacerse notar en lo oscuro. Algo así como un mal necesario. Y les juro que acá soy feliz, hasta que vienen los ratis y empieza de nuevo a correr sangre, sus palos cortan mi cuerpo, me zumban los oídos, me late la cabeza.

 

La sangre me brota por el cuerpo y la vomito, me ahogo, ni siquiera puedo defenderme porque me tienen esposado. Luego sacan su peor arma, la inconmensurable violencia que sale de sus mentes y empiezan a arrojarme con palabras, diciendo que nos merecemos esto, por ser negros de mierda y motochorros.

 

¿Y qué?

 

¿Me vas a decir que vos me rescatarías?

 

La gente sigue pasando como si nada, como cosa de todos los días que solo le pasa a otros.

 

Algunos me filman para después subirlo a internet y decir “acá está, acá está, ladrón linchado”, o solo para que ese morbo no se quede en la realidad sino que se pierda toda mi sangre por las redes sociales.

 

Otros se quedan parados, gritándome cosas como “negro de mierda, choro, rata, cachivache, negro, negro”. ¿Por qué mierda no se van por el recalcado camino de la humanidad?

 

Mi único delito fue tener el coraje de ir al centro, nada más, y ahora, se me cruzan mil destinos de amigos y familia a quienes mataron o desaparecieron estos asesinos que me matan por posible delincuente.

 

Lo único que me queda es rezarle a Dios y pedirle que los golpes no me hagan sentir tanto dolor y que me lleve rápido, al cielo… al cielo de los renegados, yo no quiero ir al vip, yo quiero encontrarme con Yamila Cuello, con Vanesa Castaño, son Ismael Sosa, con Rodrigo Sánchez, con Nicolás Nadal, con mi hermano Julián Alvez, con Facundo Alegre, con Miguel Torres, con Juan Alarcon, Lautaro Torres, Jorge Reyna, Ezequiel Barraza, David Moreno, Braian Guaiman, Iván Rivadero, Güere Pellico, con Ángelo, con Santino Cabanilla, Mauricio Araujo y con los 30.000 compañeros y compañeras desaparecidxs.

 

Y así sin más, mi gorra quedará manchada con sangre, pero su gorra quedará manchada con indiferencia.

 

Porque vos rati, te olvidaste que venimos de la misma villa y la misma cuadra.

 

–          Lucía Membribes, hermana de Julián Gonzalo Alvez, que apareció muerto en su casa rodeado de policías, el 19 de septiembre de 2015.

 

         

Había una vez un barrio en el había dos chicos que iban en una moto, que se llamaban Güere y Maxi. Cuando pasaban por la ruta estaba la Policía y los queria agarrar pero ellos no querían, la Policía los siguió y como ellos no querían frenar, la policía empezó a disparar y se escuchó: pum pum, hasta que un disparo dio en la pierna de Maxi y él se agachó de dolor. Cuando le disparan a Güere, la moto se frena porque él conducía. Caen al suelo y Güere dice: “No me dejen morir”. Y murió. Entonces, los chicos del barrio empezaron a hacer justicia con marchas hasta que el barrio consiguió lo que quería: que Leyva fuera preso.

 

En el barrio, los policías empezaron a venir a tirar tiros.

 

   

Cada año hacen un recordatorio a Güere: Dicen: “¿Donde está Güere?”. Y respondemos: ¡presente!

-Gonzalo Díaz, vecinito de «Güere» Pellico, asesinado por la policía cordobesa el 26 de julio de 2014

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