2 enero, 2017
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La pirotecnia policial

Barriendo la nieve artificial de otro diciembre con olor a pólvora, removiendo un volquete de 20 pulgadas, revolviendo los intestinos constipados del centro comercial y metiendo la mano enguantada entre las cloacas de la navidad, encontramos un paquete majestuoso, envuelto en papel moneda, protegido con hilos dorados y sellado por el moño de la más esmerada sofisticación, un infinito perfectamente adormecido sobre las finas hierbas del glamour. ¿Qué tendrá? Balas, tenía balas, fuegos naturales concentrados en cápsulas ilegales que prácticamente no producen ruido, porque sólo queman a los otros, a los otros que no pueden gritar. Y entonces seguimos cavando, más rápido, más fuerte, más lágrimas, más rabia, más regalos, mirá. A los pies de otro arbolito, una caja con villancicos repite cambio, cambio, cambio, entre las mismas guirnaldas, alumbrando la única estrella que se apaga cuando se corta la luz. ¿Qué será? Un televisor, no, un silenciador con forma de televisor. Pues ahí nomás, volvimos a cavar, masticando con las garras apiñadas y las muelas cariadas por las frutas abrillantadas de la publicidad, imaginando que faltaba algo más.

 

Noche de amor, noche de paz.

 

Había otro cofre nomás, atesorando presentes censurados, bajo el aura del brillo lúgubre que sólo saben destilar sus cañitas inmoladoras, sus tres mil tiros, sus petardos informativos. Otro envoltorio, pero con etiqueta, pero con nombre, pero con fecha. También escondido, también olvidado, también perdido. Pero con sangre. No encontramos ningún obsequio, ninguna sorpresa, ningún juguete. Hallamos un hombre fusilado. Que se llama Miguel Reyes Pérez. Que vive en el barrio San Cayetano de Tucumán. Que salió a tomar algo, este 24. Que había sido varias veces amenazado por la Policía. Que se prestó a la requisa. Que sólo tenía una pipa de paco. Que fue perseguido por los oficiales «Rambito» y Figueroa. Que terminó acorralado y apuntado por una itaka. Que no tuvo asistencia médica durante 20 minutos. Que ahora mismo está en coma. Que recibió un tiro en el medio de la cabeza, mientras nosotros contábamos 3, 2, 1…

 

¡Feliz navidad!

 

Volvimos a cavar, sin escuchar a esos ciervos, sin escuchar más que «66 quemados», sin escuchar la pirotecnia parapolicial, sin escuchar absolutamente nada, por las bombas de estruendo que tiraban los noticieros, en el más maravilloso show de los egos artificiales. Acallando a los reporteros del vitel toné y ridiculizando a los analistas de la ensalada rusa, justo donde termina el pegoteo del turrón, aparece el último cajón. Que no pudo ser sorpresa, por culpa del código de convivencia cordobés, una licencia válida para allanar pesebres, para violar vírgenes, para comer bebés. Todos adivinamos, lo que ya sabés. Que no había otro regalo. Que había otro muerto. Que vivía en Los Cortaderos, sí, donde hace una semana condenaron a los policías asesinos de Güere Pellico. Que se llamaba Raúl Ledesma. Que viajaba en moto. Que todos tienen miedo de hablar. Que recibió 3 disparos por la espalda. Que lo mataron al amanecer del 2017. Que arrancó la temporada de gatillo fácil, mientras nosotros contábamos 3, 2, 1…

 

¡Feliz año nuevo!

 

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