5 abril, 2017
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UNA FILA DETRÁS DE CARLOS

 

Un silencio susurrado de biblioteca escolar va retumbando por el túnel del pan agujereado, en el postparto de todas sus migas, agónicamente rescatadas de una palangana por los índices de la niñez. Desabrochándose las culpas, en pleno recreo de la inocencia, los odiadores de clase cambian figuritas en el patio de la impunidad, mientras la voluntad toma lista en el acto sincero, de arrojo, de docencia, de dolor. Un gran salón callejero, de enojo, de conciencia, de amor. Algunos les tiran bollos de papel prensa a los maestros y otros desayunan la más rica democracia, sin leche, hasta que suena la campana. Pum. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién?

 

Parece Neuquén.

 

 

A espaldas del guardapolvo ensangrentado, el boletín informativo nos señala que formemos fila, que tomemos distancia, que no hablemos con el compañero, que ninguno se mueva, que nos callemos la boca, que bajemos el dobladillo, que no miremos para los costados. Y que nadie sabe cómo salimos tan maleducados. Una granada de gas lacrimógeno. Aun castigados en el rincón, hasta que toque el salario, gritamos que no, que no adherimos al paro del presupuesto subejecutado, ni al paro de la leche en los comedores, ni al paro de las ambulancias en las villas, ni al paro de las utopías, ni al paro de las bases que intentan detener, cuando disparan a mansalva.

 

 

Somos los días de clases que le hicieron perder a Fuentealba.

 

 

Los maestros pueden morir de hambre, de balazos, de cinismo, ¡pero los chicos deben estar en la escuela! Se les olvidó cuando nos robaron a Kevin, que dejó vacío su pupitre, por una zona liberada. Y a María, que finalmente abandonó el jardín, por un incendio que no hubiera sido fatal en un barrio urbanizado. Y a Facundo, que ya no corre en las escaleras, por el árbol que aplastó su casa de chapa. Y a Gastón, que terminó su segundo día de secundario, ahogado en un pozo ciego sin tapa. Caídos. Ni ellos, ni sus compañeritos muertos por los casos de gatillo fácil cada 25 horas, podrán venir a debatir cómo los están educando, antes de encerrarlos en jaulas.

 

 

¿Pero por qué no seguir negociando, con Carlos en las aulas?

 

 

Nosotros, los aprendices de sus horas extras, sus meses extras, sus años extras, todos los nadies que jamás lo conocimos, hoy estamos dando su lección. Y gritando para que sus asesinos estudien en la prisión. Porque sí, el más obediente, el menos despierto, el más débil de la fuerza bruta ya tiene una condena penal, pero sus directores aguardan en sus sillones el fin de la condena social, ésa que les impide recitar sus versos, en sus propios actos. Porque no, cuando creían cerrada la causa, los hicimos repetir, para enseñarles que no se puede abolir la causa de su rebeldía, ni de sus convicciones, ni abajo del atril, ni encima del apriete.

 

 

Ni un solo día de vacaciones, desde el 4 de abril de 2007.

 

 

Bajo la inmensidad gris del sol que resiste al paso del borrador, su luz nos trajo hasta acá, invitados a ser oradores en el diario de nuestra propia suerte, conmemorando el décimo aniversario de Sobisch y la muerte. ¿Fue acá? Es acá. A orillas de la ruta, los zapatos del colegio, los pies de su alma, las rodillas que no se doblan, van levantando nubes de polvillo, que parece tiempo, que parece tiza brotando del suelo, a contramano de una lluvia torrencial que transforma al infierno de sus antojos, en una dulce salamandra. Son los ojos de Sandra. Los tuyos. Los suyos. Los sueños de Isauro, de Marina, de Stella, saltando la soga, dibujando la rayuela y entonando el himno, en una gran cátedra a cielo abierto que supo contener a todos los nuestros, con el mayor incentivo docente.

 

 

Y el maestro de los maestros,

 

presente.

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