8 mayo, 2017
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Después de la masacre, llegó la impunidad

*Por Claudio Aredes, hermano de Oscar Aredes asesinado en la Masacre de Budge

 

Aunque hayan pasado 30 años, sigo sintiendo el mismo dolor que aquel día. Con mi vieja todavía lo lloramos. Aguantar dos juicios no ha sido fácil y que hoy veamos cómo los asesinos de mi hermano están en sus casas, beneficiados por el 2×1, por la edad, por enfermedad, nos duele un poco más.

 

Yo tenía 13 años cuando pasó esto. Había ido con Oscar, que tenía 19, a comprar hojas para el colegio. En un kiosco, nos cruzamos con un amigo de él que le pidió un bolso con ropa que mi hermano tenía en su cuarto. Cuando estaba volviendo a buscarlo, él me dijo: “Andá tranquilo que voy atrás tuyo”. Esa es la última imagen que tengo de él, porque al entrar a mi casa escuché los tiros y cómo los focos de luz de la calle estallaron, inundando todo de una oscuridad que todavía dura, en esa esquina, que quedó apagada para siempre. Y el bolso con la ropa sigue ahí en el cuarto, intacto.

 

Nunca me animé a abrirlo.

 

En el marco del día nacional de la lucha contra la violencia institucional y a 30 años de la masacre de Budge, familiares de víctimas de represión estatal y organizaciones sociales se reunieron en el Centro Cultural de Villa Fiorito para debatir en diferentes paneles esta problemática.

 

A partir de ese día me volví un nómade, cambiando de casa por todas las amenazas que recibíamos por teléfono y por cartas. Me daba miedo pensar en salir a la calle. No podía aparecer en ningún medio de comunicación, me protegían el rostro. Pero hoy soy el único que queda vivo de la familia y no tengo otra alternativa que salir y seguir dando a conocer el caso.

 

Aquella noche muchos vecinos vieron lo que pasó, porque era un horario con mucho movimiento de gente que volvía de trabajar, y por eso después todos salieron a pedir justicia durante tantos años. Pero ni siquiera tanta lucha sirvió para generar un cambio. Veo que aún hoy se sigue implementando el mismo régimen que hubo durante el proceso militar, porque no saben acomodarse a la democracia. Piensan que pueden hacer lo que quieran, que si un pibe tiene una gorrita pueden pegarle un tiro y dejarlo ahí tirado. Es importante que se recuerden estos casos, pero es triste que sigan ocurriendo.

 

A medida que fui creciendo me di cuenta que había miles de casos de gatillo fácil como el de Oscar, Agustín Olivera y Roberto Argañaraz. Es que aunque salgan a la luz, se lleven a juicio y lo levanten los medios, pasa un tiempo en el que se olvidan de todo y se vuelve a repetir, como ha pasado más de 4.000 veces desde el fin de la dictadura.

 

Es necesario que esto se termine ya, para que no sigan destruyendo familias, como lo hicieron con la mía.

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