1 agosto, 2017
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A costa de lucha

*Por Gabriel Chávez, comunicador de la poderosa asamblea del barrio Fátima

 

Antes que todos los demás ella ya se paraba frente al edificio. Petisa, de pelo castaño, con lentes de lectura colgando de su cuello y con más nervios que cualquier otro, casi como si fuese su primer día de colegio: así se hallaba Raquel Papalardo. Acompañada de  Silvana Graciano, abogada de UTE, la rectora entró al colegio Mariano Acosta. El timbre del colegio retumbaba por todos los pasillos, indicándole a todos los chicos de primaria y secundaria que debían ingresar al establecimiento.

 


Papalardo izó la bandera por el mástil del patio, una vez más, en presencia de alumnos, docentes y padres que todo el tiempo pidieron su reincorporación a las actividades y que se movilizaron el 14 de julio para pedir para que esto se cumpliera. En medio del acto alzó la voz y le dedicó unas palabras a los presentes: “Yo les he dedicado mucho, pero ustedes me han dado más”, expresaba con un nudo en la garganta y la voz ronca, mientras todos a su alrededor la miraban desde los pasillos del primer piso o desde el mismo suelo donde estaba parada. Entre aplausos, Raquel apostaba al cariño que le dedicó cuatro décadas al mismo colegio. “A todos los quiero un montón y sufro por no estar. Los voy a llevar siempre en mi corazón cuando me vaya”, afirmaba frente a los celulares, tablets y cámaras que registraban su vuelta al cole y aseguraba que la única forma en que se iría es “con la jubilación bajo el brazo y después de más de 40 años dedicados a la educación pública”.

 


Sin querer extender más la previa a las clases, invitó a todos a tomar lugar en sus respectivas aulas cerrando el acto con una última frase que los acompañaría el resto de la jornada escolar: “Hay que luchar y nunca parar. Hay que luchar para conseguir derechos, porque los derechos no se negocian”. Se dirigió a una esquina para poder saludar a las personas que decidieron acompañarla este día.

 

Todos estaban emocionados de verla, pero había alguien que resaltaba más: una camarera del comedor escolar que se acercó casi corriendo para abrazarla como si fuera un familiar lejano a quien añoraba ver.


Paso a paso, se alejaba por los pasillos la figura de quien conduciría el colegio por el cual alguna vez caminó Julio Cortázar. Y subió por unas escaleras hasta llegar a la Rectoría, donde firmarían el acta que constataría la presencia de Raquel en el establecimiento. Mientras, el escribano Carlos A. Marcovecchio se encargaba de escribir a puño y letra el acta en presencia de los padres que aún la acompañaban, el abogado del Movimiento de Trabajadores Excluido Juan Grabois se mantenía en la misma mesa analizando lo que se decía a su alrededor.

 

El acta fue firmada y un mes después de que Raquel recibiera el cese de actividades por parte del Ministerio de Educación, pudo retomar sus actividades como rectora del colegio Mariano Acosta, dado que le abonaron el mes de julio, lo cual anula dicho cese.

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