28 octubre, 2018
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«Hoy nos jugamos la democracia»

 

* Por Guilherme Boulos,
referente del MTST y candidato presidencial del PSOL.

 

 

Una elección atípica, marcada por el odio y el miedo, toma su violenta última curva con un tipo de la más extrema derecha a la cabeza, sí, pero cuidado, porque los análisis lineales suelen culminar en interpretaciones equivocadas. Y no, felizmente, Brasil no tiene 40 millones de fascistas, ningún país los tiene. La inmensa mayoría de los votantes que decidieron poner la boleta de Bolsonaro no predican su desprecio por la humanidad, ni concuerdan con sus ideas; más bien expresan la crisis del sistema representativo, en una sociedad golpeada por la desilusión y la desesperanza.

 

 

Tal como ha sucedido en otros países de la región, han activado un eficiente y criminal manejo de los medios, entre las más espurias estrategias en redes sociales, para inflar la imagen mítica de un «hombre ajeno a ese sistema», alguien que «llega para ponerle fin a las viejas políticas, acabar con la corrupción y poner orden frente a la crisis económica». Pues bien, es una farsa: Bolsonaro es diputado hace 28 años y en este período ha aprobado solamente dos proyectos de ley: sí, dos. Y su lúgubre carrera política se ha desarrollado desde los privilegios que obtuvo del PP, uno de los partidos más corruptos de la historia. Pero aun así, esa manta de «apoyo ético», parece haber funcionado.

 

 

No llega ningún «outsider».
Llega el racismo, el fascismo, la misoginia y la homofobia.

El elegido por las corporaciones para representar «la renovación» reivindica como héroe nacional al Coronel Brilhante Ustra, ese mismo que torturó a Dilma Rousseff durante la dictadura. Y sí, de consumarse su triunfo, indudablemente significaría un cerramiento del régimen político, para profundizar el Golpe de Estado que comenzó en 2016 con la destitución de la legítima presidenta y la imposición de Michel Temer, como guionista de una agenda profundamente antipopular. De ahí, la cárcel para Lula. Y las hodas para Bolsonaro.

 

 

Hoy, los sectores más conservadores y autoritarios de la política brasilera estarán agazapados, esperando su momento para dar el gran salto. Pues entonces sí, crecerá el protagonismo de las Fuerzas Armadas y los militares pasarán a cumplir un papel clave, como nunca desde la última dictadura. Nos gobernarán así sus negociados y sus intereses económicos, afirmados en las garantías que sólo les otorga la represión y el ataque al pueblo. Pero si alguien tuviera todavía sus dudas, bastaría repasar la última semana, para detenerse frente a dos transexuales asesinados en pleno centro de São Paulo, al grito de «¡Viva Bolsonaro!». ¿Comprenden? Aquí no está en juego un resultado electoral: está en juego la democracia.

 

 

En particular, si bien hemos cosechado una derrota electoral en primera vuelta, el campo popular brasileño está sembrando un proyecto político que ahora se expresa en este gran movimiento de resistencia que se funde para el segundo turno, pero sabemos muy bien que nuestro marco de alianzas deberá seguir creciendo más allá de las elecciones y las fronteras. Porque sólo articulando a todas las fuerzas sensibles de América Latina podremos resguardar los Derechos Humanos de nuestros pueblos, incluido el derecho a soñar. Con un Bolsonaro, no se puede. Con más de uno, sería fatal.

 

 

Hoy estaremos en las calles, gritando sin cesar.
Y pase lo que pase, mañana nos volverán a escuchar…

 

 

¡ELE NÃO!

 

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