3 diciembre, 2018
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La cumbre del G120

 

 

Hace unos días venimos visitando en banda el Gaumont, abandonando la Ciudad por unos minutos, para respirar el aire dulce que irradia ese hall, cualquier día, a cualquier hora. Justo ahí, la catedral del cine nacional presenta por estas horas un elenco de caras bien conocidas, que nunca faltan cuando reprimen, que nunca faltan cuando desalojan, que nunca faltan cuando hacen falta. Mujeres y hombres que hoy son lo que siempre fueron, aunque muchos nunca lo supimos y otros nunca lo supieron, porque aún falta partir demasiado hierro caliente y porque el águila sigue dando su señal a la gente. Pero ahí, por fin, las carteleras se besan y se ponen ardientes. Delante o detrás de la pantalla, la gesta de aquella victoria estalla esa memoria colectiva que no se ve, pero se siente, aunque siga tan silenciosamente camuflada, como cualquier barricada del Che: «Los 120, la Brigada del Café», una banda de pibas y pibes que la prensa mundial supo señalar con el dedo, por haber tenido sueños, por no haber tenido miedo. Allá fueron, en pleno 1985, brazos, abrazos y gargantas cargadas de valor, que todavía les duelen, ¡porque les duele el amor! Ni turistas, ni corresponsales, eran jóvenes comunistas viajando a los cafetales, por Sandino y por todo el pueblo argentino, con la fuerza de abajo, del trabajo y de la revolución: activismo sin heroísmo, «para mejorar la producción». Uno, dos, tres, cientos de caminantes con idéntica suerte, que se han hecho gigantes, ¡que burlaron la muerte! Porque sí, cumplieron una misión que irá de generación en generación, partiendo cada soga con cebo, hasta liberar el cuello del obrero. Allá fueron, allá van. Y hay que seguirlos, para no confundirnos, porque no solo pudieron volver, pudieron volver a volver, para que todos tengamos que ver. Una película urgente para Nicaragua, para París y para nuestro país, que hoy necesita gritar, recordar y recobrar su camino a la gloria, ¡porque fue sangre sabia la que hizo su historia! Vayan a verla y lleven a sus hijos, para que sepan del hombre que por esto moría y, como espectro del monte, ¡jubiloso reía! Vayan a verla, para no perderse una convicción que convence, ni la sonrisa del avión cuando toca tierra nicaragüense. Vayan a verla porque les van a dar ganas de vivir así. Y vayan a verla porque no verla es parte del problema…

 

 

Vayan a verla, porque sí,
vale la pena.