17 mayo, 2019
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Trans formando resistencias

En el Día contra el homoodio y el transodio,
gritamos historias y nos visibilizamos porque existimos… 
en nuestras casas aunque nos echen,
en las escuelas que nos expulsan,
en la calle contra las redes de trata,
en los barrios afrontando el estigma,
en la identidad que no reconocen ni respetan,
en la sociedad que nos maltrata y excluye,
en las represiones de la Policía,
en un mundo con privilegios para pocos,
en la batalla contra la moral,
en la ausencia de nuestros derechos,
en la indiferencia estatal,
en la expectativa de 36 años de vida,
en el pedido por el cupo laboral,
en cada paso, en cada conquista,
¡hasta erradicar el travesticidio social!

 

 

“Ser trans es lo mejor que me pasó en la vida. ¿Por qué? Porque pude elegir quién soy y tener el nombre que más me gusta. Mi transición fue complicada, me sentía muy nervioso, pero con el tiempo me fui adaptando: aprendí a levantar la cabeza aun cuando me maltrataban por mi identidad. Estoy feliz aunque a algunas personas no les guste o piensen que estoy loco. Muchas veces he ido a buscar trabajo y me rechazaron directamente: ‘No aceptamos personas trans, lo lamentamos’. Escuchar esas cosas es un golpe muy duro, pero no tenemos por qué ocultarnos… debemos mostrarnos, que el mundo sepa que existimos las y los trans”.

Francisco Paz, 20 años, Villa Soldati, CABA.

 

 

 

 

“A los 15 años ya tenía definida mi identidad de género, pero preferí ser transformista por varios años porque en ese momento decir ‘quiero mi propia identidad, me voy a vestir como mujer, voy a ser mujer’, era inaceptable para la sociedad; hasta mis amigos se sentían confundidos. A los 17, decidí ser trans. Si bien pude terminar la secundaria y me recibí de técnica en Seguridad e Higiene, también hice cursos empresariales y gastronomía rápida. Haber estudiado fue una lucha enorme. Por suerte tengo una familia hermosa, respetuosa conmigo, que es mi cable a tierra. Ser trans es ser libre. Me siento orgullosa de ser una mariposa y villera”.

Dana Valiente, 47 años, Barrio Ñu Porá, Misiones.

 

 

“Siempre sentí que estaba en el cuerpo equivocado, mi infancia fue marcada por la sensación de ser diferente a otros niños. Cuando entré en la adolescencia, mi identidad emergió con toda fuerza y hoy me asumo como una chica trans. Siempre sufrí discriminación, tanto en el trabajo como en la escuela. Recién estoy terminando la secundaria y pude abandonar las adicciones para superarme y enfrentarme al desafío del estudio”.

Gabriela Herrera, 29 años, Barrio Bosco II, Santiago del Estero.

“Desde muy chica me siento mujer y me gustan los varones. Cuando tenía 13 años me echaron de mi casa y durante dos años viví con mi tía Ramona. Mi madre me pidió que vuelva, pero mi padre nunca me aceptó, siempre me pegaba. Trabajé como empleada doméstica e incluso atendía niños especiales. Muchas veces tuve que laburar demás sólo por un plato de comida. Tengo el título de Agente Sanitaria, pero actualmente estoy desempleada y cursando el secundario. Me amo así como soy, me amo trans».

Geraldine Carrizo, 32 años, Barrio Bosco II, Santiago del Estero.

“A los 15 años me vestía de mujer y me hacía sentir bien, pero no le podía poner nombre a ese proceso. Hasta que por fin descubrí que existían las personas trans y dije: ‘¡ah, era esto lo que estaba pasando!’. Ahí pude comprenderlo desde otro lugar. Mi mamá al principio no entendía y amenazaba con quemarme la ropa. Tiempo después empecé a reconstruir profundamente mi identidad, con otros signos identitarios que escapan a esa primera construcción. Y cuando pude poner en cuestión una mirada mucho más crítica, fue cuando me pensé como una trava, sudaca y originaria, como diría Diana Sacayán. Lo travesti tiene esa carga de lucha, de militancia, que es ineludible. No podemos decirnos travesti y decir que de política no hablamos, o que no nos interesa; claramente estamos dentro de una estructura política. Por eso, la resistencia travesti, sudaca, originaria, es un bastión muy fuerte en relación a cómo se tejen las resistencias anticoloniales y contrahegemónicas, que sin lugar a dudas atraviesan la identidad del feminismo villero”.

Victoria Antonella Stéfano, 26 años, Barrio Chalet, Santa Fe.

 

 

“En un principio, gran parte de mi familia me rechazaba, le llenaba la cabeza a mi mamá, diciéndole que era una mala madre por aceptarme como era. Sin embargo, ella y mi abuela fueron las que siempre me apoyaron. Siempre supe quien quería ser y sabía lo que se me venía si lo decía, pero me arriesgué y terminé en la calle. Estudié peluquería, pero no conseguía trabajo en ningún lado y en los pocos lugares en los que sí me aceptaban, pedían que me presente con un traje masculino. Luego puse mi propio local y ahí la gente comenzó a mirarme de otra manera. Algunas personas todavía ni me hablan siquiera, pero otras confían y me quieren como soy”.

 

Miriam Dávalos, 49 años, Barrio Obrero, Formosa.

 

 

 

“A los 9 años le dije a mis papás lo que quería. Fue difícil el camino, pero me aceptaron como soy y la gente que me rodea también me quiere así. Así soy feliz. ¡Muy feliz! No niego que he pasado malos momentos: me han excluido de trabajos por el simple hecho de ser trans, en varias entrevistas me miraban con cara rara o directamente rompían mi currículum. Hay mucha gente que no acepta que existamos, incluso nos dicen que no somos personas. La sociedad tiene que abrir la mente y comprendernos”.

 

Laura Rojas, 20 años, Villa Soldati, CABA.

 

 

 

 

“En mi infancia y adolescencia me sentí presa. La tristeza me invadió por mucho tiempo. Eran indicios, estaba buscando mi libertad ante lo biológico y lo culturalmente instaurado. Yo tenía pene, pero no me sentía un varón; entonces vivía con esa amargura. Comencé a autopercibirme como una chica trans al terminar el secundario y en la madrugada del día siguiente a que se sancione la Ley de Identidad de Género, fui al registro civil. No importa si tendría tetas o no, si tendría vagina o no, ¡iba a tener por escrito algo que dijera: ‘Yo soy Sofía’! Con el tiempo, mi único interés fue conseguir recursos económicos para transformarme en lo que quería. Para mí, autopercibirme como una mujer trans fue una expresión de libertad y de valentía. Ser travesti es la libertad absoluta, es quedarte, resistir, luchar, avanzar y no retroceder”.

 

Sofía Morcillo, 28 años, Barrio Quintana, Corrientes.

 

 

 

 

“Cuando tenía 19 años volvía del colegio y mi mamá me estaba esperando para decirme que un vecino le había contado que me gustaban los varones. Yo le contesté que sí, que era verdad y le pedí que me diera 15 minutos para irme de la casa. ‘¿Quién le dio permiso para levantarse? Al que no le guste como es usted, que se vaya, ¡ahí tienen la puerta!’, me respondió ella. Me acompañó en todo el procesode transición: mi primer maquillaje, la confección de mi primera pollera. Me ayudó a ser quien soy y siempre tuve su consentimiento. La identidad trans es difícil y ser villera no facilita… a nosotras que vivimos en los barrios, se nos hace casi imposible no volcarnos a la prostitución, pero nos la tenemos que rebuscar. Por eso, acá estoy y pronto abriré un comedor trans”.

 

Noemi Valentina Maldonado, 50 años, Barrio Yapeyú, Córdoba.

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