31 julio, 2019
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«Crónica de otra tragedia anunciada»

 

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Verónica tiene 27 años. Dos hijos: Gael, de 5, y Liam, de 2. Vive junto a su marido en el asentamiento Madres a la Lucha, de Santa Cruz, donde hace más de una década resistimos la falta de servicios básicos en temperaturas que llegan a los diez grados bajo cero.

Vero, como cada una de sus vecinas y vecinos, no tiene red de gas natural ni instalaciones eléctricas regulares. Y, como la mayoría, su casa también es de chapas y OSB, un aglomerado de viruta compactada muy inflamable. Invierno tras invierno, la catástrofe se nos hace presente en el barrio: la sobrecarga genera innumerables cortocircuitos y cortes de luz, que obligan a calefaccionarnos para sobrevivir al frío únicamente a través de salamandras.

En esa trampa mortal se encontraron atrapados el viernes pasado Verónica, Gael y Liam. Cuando dos vecinos se percataron del fuego y lograron abrir la puerta, ya estaban desvanecidos. Los internaron de urgencia en coma inducido, con quemaduras en las vías respiratorias y permanecen internados en el Hospital Regional de Río Gallegos luchando por sus vidas desamparadas: el año pasado, el presidente de Servicios Públicos Sociedad del Estado, Lucio Tamburo, prometió normalizar el servicio de luz, pero nunca se concretó. Y entonces, otra vez, el Madres a la Lucha ardió.

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Donde ahora solo hay escombros, hace unos días había una familia, una historia, un hogar habitado.

No se llama accidente ni desgracia, si pudo haberse evitado.

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