7 noviembre, 2019
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Corazón de villa

 

Había una vez un chabón que tenía los rasgos duros, una constancia de acero, una humanidad inconmensurable y un apellido impronunciable. Grande, tan grande como para mantener sus ideales y cerrar la grieta. Inmenso, tan inmenso como para atravesar la que más nos importa, la horizontal, y llevar a nuestras comunicadoras a la tele en horario central. “La Mirada Poderosa lo motivaba todos los días, lo cautivó”, dijo su hija Iara y nos conquistó con su sensibilidad: “Como padre era lo mejor y lo peor que te podía pasar, por sus estándares altos sobre el esfuerzo y la igualdad”. Su amigo Claudio Martínez lo inmortaliza por su humanidad y su forma de hacer periodismo: “A los que trabajábamos con él nos exigía tanto como a sí mismo”. No fue casual que uno de sus últimos sábados, Zloto lo haya pasado en Zavaleta, abrazando a Roxana, la mamá de Kevin, que lo recuerda colmado de paz: “Fue una emoción muy grande sentirlo como a un vecino más”.

 

 

 

 

 

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