15 abril, 2020
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«Camila no tuvo cómo defenderse»

 

* Por Celeste Rago, hermana de Camila Tarocco.

 

Ariel González nunca la dejó en paz desde que empezaron a salir hace 7 años, excepto durante los seis meses que estuvo preso por haber violado la perimetral que tenía por las distintas situaciones de violencia contra mi hermana. Hace tres meses, el juez Gabriel Castro, titular del Juzgado de Garantías 2 de Moreno, le concedió la prisión domiciliaria a Ariel, que andaba en moto, sin tobillera «porque no había». Encima a Cami no le dieron un botón antipánico, ni siquiera le avisaron. Se iba a mudar el sábado para estar tranquila y el viernes desapareció; el chabón se dio cuenta que ella no iba a volver y por eso la mató. Tiene que cambiar la ley para quienes tienen una perimetral, denuncias o están siendo juzgados: mínimamente deben advertirles a las víctimas que su agresor está suelto. Camila no tuvo cómo defenderse.

 

Durante 11 días hicimos los rastrillajes con la policía, buscábamos dónde había cámaras, parecía que se la había tragado la tierra. Yo bajé como cinco kilos, estuve mareada toda la semana; no comía, lloraba toda la noche, no podía dormir. Para mí fue una tortura. Y ahora todo lo que sigue desde que nos enteramos: es horrible, no se termina más. Es muy importante que nos den a su hija y a su hijo, de 7 y 5 años; ahora están con la familia de él, que sabía lo que Ariel había hecho con Camila. Cuando ella desapareció, se llevaron a los chicos.

 

Con Cami éramos como almas gemelas: somos de madres distintas y nacimos con diez días de diferencia. Ella vivió conmigo desde los 15 años; éramos muy unidas, cuidábamos a nuestros hijos, los acompañábamos al jardín… Es todo muy fuerte. Era una piba alegre, siempre muy arriba. Quería estudiar y soñaba con ser feliz y que alguien la quisiera de verdad, pero le arrebataron todos los sueños.

 

Tenemos una foto juntas de hace 5 años con un cartel de Ni una Menos: la veo y aún no caigo. Teníamos 20 años y estábamos conscientes de toda la violencia que sufrimos las mujeres. En los barrios es mayor el desamparo y la invisibilización; yo lloraba cada vez que veía en las noticias que habían encontrado a otra chica asesinada. Esta vez nos tocó a nosotras, por ella necesito gritar ¡NI UNA MENOS!

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