26 junio, 2020
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Los anticuerpos de Kosteki y Santillán


 
* Por Nacho Levy.
 
Si usted sueña poder salir, si anhela volver a reír por derecha o por izquierda, si desea sobrevivir a toda esta mierda, si ya no recuerda el olor de la guita o el sabor del vacío, pruebe con esa formulita que descubrieron Maxi y Darío, un tratamiento que podría salvar al planeta del virus y del ayuno, ¡un descubrimiento del 2001! Ni chamuyo, ni clandestino, un orgullo argentino que trasciende a todos los puertos y expertos, porque nunca será patentado por ningún sommelier del poder que no sepa extender una mano: «Nunca dejés tirado a otro ser humano». Ya probado en animales, la mera química de dos tipos con ideales pudo hallar la cura para la cordura que todavía nos instiga a claudicar, mientras unos escanean la vida en la luna y otros manguean una mordida de medialuna, porque les tocó una perpetuidad de posguerra y no pudieron hallar agua en la Tierra. Cegados, enterrados bajo la estantería de sus propios acopios, hay quienes todavía invierten en telescopios para encontrar algún dios capaz de refutar la teoría que aquel día confirmaron esos dos. Sin fortuna, ni tribuna, maxidarísticamente gente valiente, dos tipos de buen corazón.
 
Nos dejaron la vacuna,
en el Puente Pueyrredón.
 
Fíjese bien y, cuando pueda, péguese una vuelta también por la estación, pase y respire la pólvora de cagón, pero no se asombre cuando vea el nombre compuesto que nuestro pueblo le ha puesto a la dignidad que merece y que ahí permanece, entre ceja y reja: esta «nueva normalidad» se parece mucho a la vieja, ¿o nos vamos a tapar los oídos? Ahora mismo, mientras tipeo estas líneas, me llama una vecina de mi barrio que también queda en tu país, para decirme que «al final» las trasladan al hospital Muñiz, después de pasearla por otros 4 en remís, «porque no sabían dónde me tenían que poner». Y todavía no le dieron de comer. Cómo entonces no van a volver, los Maxis, los Daríos, los Espinozas, las Ramonas, todas hermosas personas, todos nuestros expertos, ¡todos están muertos! «Pero qué incontenibles, esas familias incorregibles», que hace rato dejaron de ser noticia y jamás abandonaron la búsqueda de justicia, ni hoy ni antes, porque son padres militantes, hermanos beligerantes, madres de colección y sí, les debemos un montón, de mínima dos pibes que criaron a una generación. No salieron de una cucha, eh, crecieron de las semillas que regaron en sus casas, que hoy son todas nuestras villas, ¡que hoy son todas nuestras plazas! Si de verdad queremos un mundo mejor, ya no bastará rendirse al confort de la cordialidad, porque militar el amor es decirnos la verdad, con o sin barbijos, como si ellos estuvieran: esas familias no son «normales», ¡porque sus hijos no lo eran! Lo normal era rajar a la primera estampida, ¡no quedarse y dejar ahí la vida! Lo normal era huir y salir en el noticiero, ¡no elegir morir por un compañero! Vamos, necesitamos contagiarnos, cuidarnos, perderles el respeto a los señores feudales y romperles el libreto de valores morales, para no abandonar jamás a esta humanidad infectada…
 
Seamos anormales,
¡que lo demás no importa nada!
 
Basta loco, dejemos un poco de juzgar a los otros y pongámonos a pensar qué parte del virus seremos nosotros, si no estaremos confundiendo a la geografía con una escenografía, como si la humanidad no fuera de verdad, como no tuviera sangre, como si no tuviera hambre, como si no pudiéramos enfermarla, agrointoxicarla, matarla, ¡basta de mirarla! Hay que cambiarla en medio de toda esta locura, para que la reapertura no los haga recobrar la impostura, ni olvidar cada grito como se les olvidó el corralito cuando los bancos volvieron a tener mucha cola, ¿la lucha no era una sola? Hay todavía, en esta triste agonía, quienes utilizan la plata y la institucionalidad que supieron comprarse, para jerarquizarse frente a quienes nunca tuvieron una oportunidad, ni plata, ni institucionalidad, ¡pero cobran unos planazos! Ya volverán los abrazos, como volvió la Bullrich que corría de los huevazos, para gatillar esa hipocresía que no pudo ni podrá contagiar por acá, ¡los mató la Policía de Felipe Solá! Que recibió a Franchiotti sin vomitar, así como algún día recibieron a Chocobar. Y sí, la tapa de Clarín fue una vergüenza, casi todo lo que dijo la prensa, «la crisis» estaba matando, ¿pero a quién estaban blindando? Cada 26 de junio, aun con la dicha del desayuno, miles de jóvenes untan tostadas de 2001, porque saben que dos wachos nos están mirando mal, cuando simulamos comprender el orden global, sin haber podido resolver ni nosotros ni ustedes algo tan indispensable como las redes de agua potable. Y así nos tienen, aclarando lo que van tergiversando, cuanto tiempo sea posible, ¡porque lo que sí estamos discutiendo es indiscutible! Hay que poner el pecho y sacarnos la careta, sin siquiera debatir cómo repercute, porque el derecho a sobrevivir no se discute. No hay debate, ni remate, ni revés, ni contrapunto.
 
Hay que garantizarlo, de una vez.
Y punto.
 
Por lo demás, si estás comiendo bien, si también tenés casa, si el frío no te amenaza y si podés tener todos los artículos de primera necesidad, por más que te calentés, ¡capaz no te toca ser prioridad! Santillán y Kosteki no la estaban pasando joya, estaban parando una olla, a espaldas de casi todos los periodistas y los moralistas. Pero el problema no es que haya tantos egoístas, el problema es que sean tan inconscientes, porque si al menos fueran egoístas inteligentes procurarían preservar un sistema y un lugar que los favorece. Ahora, justo cuando todo se nos oscurece, de frente al abismo, cierran los ojos para no ver la noche y aprietan a fondo el mismo acelerador, como si no fuera peor, como si no compartieran el coche del que intentan escapar, ¡mirá si no vamos a chocar! Es mentira que aprendimos a mirar, si no ponemos urgente la lupa en el Sedronar, porque todas las medidas posibles olerán a humo, mientras sigamos abandonando a los pibes en situación de consumo, invisibilizando esos atropellos, ocultando su dolor o descartando las vidas que ni siquiera intentamos salvar: a ellos, les negamos el respirador antes de colapsar. Vamos con ésa, vamos a distribuir la riqueza en la malaria, que no sólo tiene una matriz monetaria, porque hoy más que nunca crece la grieta horizontal de nuestra población, cuando la educación queda sujeta a la conexión y cuando cualquier posibilidad de continuidad laboral arranca de cuajo la actividad informal, ¿o alguien piensa que lo «normal» es una cuarentena en ojotas? El coronavirus nos dejó en pelotas como sociedad, clavó la hora de la verdad y desnudó la falta del pan que amasaba Santillán, por enésima vez, pero las excusas y las prórrogas perdieron validez. No puede ser todo como lo soñó tu banco, ni todo tan desigual, ¡no puede hacer falta un blanco para que te atiendan en un hospital! Eso está pasando, en tiempo presente, estamos dejando Maxis tirados con heridas abiertas, que ya ni se vuelven afiche…
 
Las orgas parecemos un puente,
para los rebotados en las puertas del boliche.
 
De lo más anormal y extraordinario, cuando se decidió cerrar Villa Azul y aislar al barrio, ¡fue que por fin salió en algún diario! Hubo varios incendios pocos días después, pero ya se lo habían olvidado otra vez: no publicaron prácticamente nada. Y tampoco de nuestra línea de fuego feminizada, esa tropa de compañeras que trabajan como enfermeras o cocineras, expuestas a todo lo malo y privadas de todo lo bueno, sin traje de polietileno, ni máscaras de calidad, ni las medidas de seguridad que ya estaban hace un mes, en teoría, ¡no recibimos ni los termómetros todavía! A cada una de ellas, ataron sus gritos y sus destinos esos pibitos argentinos comprometidos con esta sociedad, ésos que piden la bocha en los partidos de verdad. Pues en aquellos meses de 2002 tampoco fueron mala suerte, fueron la muerte, sin trabajo y sin siquiera el derecho a la voz, para todos los de abajo y también para ellos dos, que todavía nos dan oxígeno para respirar entre tanto cinismo, abonando ese «buenismo» que no pueden soportar ni asimilar quienes no mueven el orto cuando no pueden lucrar. Y sí, sepan que cuanto menos los vamos a incomodar con toda nuestra memoria, cada vez que podamos recordar la historia de nuestros pulmones, nuestro espanto y nuestra contagiosidad: les joden las interpelaciones, no tanto la mortandad. Porque hay un éxito en Kosteki, en Santillán, en la villa, que muchos exitosos no estarían logrando, esta maravilla de seguir andando, por haberse dado de lleno a la comunidad, como tantos otros «vagos» que laburan en la precariedad, pero además procuran ser doctores, asesores, cadetes, psicólogos, voceros y enfermeros de cada bebé que nace preso, porque nunca se podrá pagar nada de todo eso. ¡Hay que hacerse cargo de la pluralidad que tiene nuestro sector! O la cortamos con la mezquindad o nos van a cortar el amor, porque ya se agotaron todos los modelos de concentración. Y porque, siempre, el terror se basa en la incomunicación. Vamos pa’lante, militá donde se te cante, donde valoren tu trabajo, pero forzalos a mirar para abajo, aunque tengas que hacer lío. Es nuestro deber, por Maxi y por Darío que nos vigilarán todos los días, hasta que saquemos todas las porquerías de nuestros propios tachos, para volver a darnos un abrazo en persona.
 
Gracias, muchachos.
Y háganle caso a Ramona.

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