9 julio, 2020
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Cooperativismo, la noble igualdad

José de San Martín avisó que «un día se sabrá que esta patria fue liberada por los pobres y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros que ya no volverán a ser esclavos de nadie». Por eso, desde la Patria Baja elegimos una manera de generar trabajo y burlar a la normalidad que rebalsa de cinismo: acá abajo levantamos la bandera del cooperativismo. Con solidaridad, independizándonos en comunidad y luchando por la libertad, nuestro grito sagrado: ¡dignidad, dignidad, dignidad! A causa del aislamiento, nuestras cooperativas estuvieron paradas en un 90% durante tres meses, pero, como tantas veces, tuvimos que pensar nuevas estrategias para enfrentar la realidad de la informalidad, informando desde el barro, cocinando la autonomía y el profesionalismo, amasando la utopía, militando el periodismo, cosiendo redes de contención, en un contexto muy duro: ¡un montón nos quedamos sin laburo! La verdad es que se nos complicó una banda cuando cayó la demanda. ¿Qué hicimos? ¡Insistimos! En cada rubro apostamos a fomentar una economía, aún en esta situación crítica, que nos garantice la soberanía política; promoviendo el cupo laboral disidente, logramos superar el 2% ahora mismo porque siempre nos guía nuestro feminismo. Reclamando un Estado presente y un consumo consciente, cuidando el ambiente que habitamos y floreciendo desde la raíz originaria, germinamos en todo el país una construcción comunitaria que es nuestra resistencia para seguir.
 
Hoy, como siempre, luchamos por condiciones de trabajo dignas,
y defendemos la independencia que supimos conseguir.
 
“Nuestro trabajo se basa en el turismo y, por el momento que atraviesa el mundo, no podemos llevar adelante la rutina laboral. Sin embargo, la producción de tejidos se continúa de forma independiente y aprovechamos para terminar de construir nuestra garita de información turística. También estamos planificando y diseñando nuestro centro cultural de interpretación histórica, que abrirá sus puertas cuando tengamos los recursos y termine la pandemia. Gracias a nuestra cotidianeidad rural, pudimos sobrellevar la situación los primeros meses. Siempre miramos hacia el futuro, porque queremos ser un lugar de encuentro para muchas personas y deseamos que nuestra cooperativa sirva para ayudar a quienes viven aquí. Además, reivindicamos nuestras raíces y luchamos por nuestra independencia económica; la cooperativa rescata todas nuestras huellas ancestrales, en la producción, el tejido y caminando por nuestros cerros”, Marlén Ramírez, trabajadora de Huella Ancestral, cooperativa de turismo de Juella, Jujuy.
 
 
“Antes de la pandemia íbamos a poner un puesto en una feria, que nos iba a servir para aumentar en gran parte las ventas. Con la cuarentena estuvimos días sin poder cocinar un bollo de pan, pero le hicimos frente a la situación para poder preparar nuestro producto respetando el distanciamiento, usando barbijo y embalando todo para entregar. Hoy nos podemos organizar en una casa donde nos dividimos el trabajo porque empezamos a recibir pedidos”, Karina Isabel Ramirez Alcazar, trabajadora de La Panderosa, cooperativa gastronómica de Barrio Tongui, Buenos Aires.
 
 
“Militamos el cooperativismo porque tomamos las decisiones en conjunto, abordando las problemáticas que padecemos como villeras y distribuyendo los excedentes de manera equitativa, aunque ahora es mucho más difícil lograrlo porque la mayor parte era gracias a las ferias barriales de las que participábamos. La pandemia nos afectó en gran medida: las trabajadoras de la economía popular fuimos las más perjudicadas. La cooperativa la conformamos todas mujeres que también somos jefas de hogar: cuando tenemos reuniones virtuales, siempre alguna debe quedarse cuidando a su hija o hijo; no existen los descansos”, Gabriela Domínguez, trabajadora de Ejé Livera, cooperativa textil de la Villa 31, CABA.
 
 
“Se ha podido entregar muy poco porque en toda la zona no hay servicio de encomienda para enviar pedidos. Lo que hacemos es una forma de continuar transmitiendo los saberes de nuestro pueblo: mostramos las artesanías que nos enseñaron, de generación en generación, por más de 500 años. Además, es una forma de preservar el medio ambiente porque todos los materiales que usamos son naturales. Actualmente somos todas mujeres las que ponemos las manos en la producción y proyectamos nuestro espacio cultural para transmitir la historia que nos legaron nuestros ancestros”, Yolanda Abrigo, trabajadora de L’com Na Qom, cooperativa de artesanías de Barrio Quinta 24, Chaco.
Dejamos de trabajar cuando comenzó la cuarentena. Hoy somos dos las personas de la cooperativa que retomamos la construcción del horno en “La Choza”; fue complicado porque no podíamos hacer compras grandes de materiales para las parrillas o hierros para los pedidos que nos hacían, ya que los precios aumentaban constantemente. Sin embargo, es una forma que elijo y seguiré eligiendo”, Walter Castro, trabajador de Construcciones Poderosas, cooperativa de la construcción de Barrio Yapeyú, Córdoba.
 
 
“Nos encontrábamos todos los días en el taller y desde que empezó la cuarentena dejamos de hacerlo; al principio llevábamos algunas tareas a nuestras casas para poder trabajar, pero era muy difícil. Los últimos dos meses no laburamos mucho debido a que tuvimos que enfocarnos en sostener el merendero y el comedor. Además, se suman todos los problemas que tenemos con los servicios públicos: se queman los transformadores por el consumo eléctrico y se congelan las mangueras de la red de agua. Necesitamos que desde la municipalidad nos tengan en cuenta como barrio y urbanicen el asentamiento, porque nuestras condiciones de vida inciden en nuestro trabajo”, Patricia Gutiérrez, trabajadora de Materia Prima, cooperativa textil de Barrio Madres a la Lucha, Santa Cruz.
 
 
“Tratamos de hacerle frente a la pandemia porque no tuvimos clientes durante un tiempo; pegamos carteles e hicimos publicidad. Lo mejor de nuestro trabajo es poder charlar sobre los problemas, sentarnos en una ronda para tomar las decisiones o discutir entre todos. Estuve en otro lavadero, pero esta es la primera cooperativa de la que soy parte: esta experiencia no la cambiaría por nada. El trato es más humano y hay más compañerismo, no tenemos patrón y nos permite trabajar con más comodidad. Acá sí, y ante cualquier contratiempo, nos cuidamos entre todos”, Javier Gudiño, trabajador de Lavadero Chalet, cooperativa de Barrio Chalet, Santa Fe.
 
 
“Es muy satisfactorio trabajar de manera cooperativa. Seguiríamos eligiendo este modo sin lugar a dudas porque las decisiones no son impuestas y siempre se respetan las opiniones del resto. Desde que comenzó la pandemia, pasamos dos meses sin trabajar por prevención y actualmente volvimos a poner manos a la obra, organizándonos en dos grupos según la terminación del DNI, que también sirve como permiso de circulación. De ese modo reducimos la cantidad de personas en el espacio físico de trabajo”, Claudia Veras, trabajadora de Puntadas Poderosas, cooperativa textil de Barrio Virgen Desatanudos, La Rioja.
 
 
“Empezamos el 24 de marzo en medio de la cuarentena obligatoria: lo hicimos por la necesidad de tener productos de desinfección a precios populares. Pudimos armar un proyecto de alcohol en gel y lavandina que llevamos adelante desde un grupo de cooperativistas de Los Hornos, La Favorita, Asentamiento Castro y Jesús Nazareno. Si bien es complicado y costoso conseguir la materia prima para elaborar cada producto, nuestra independencia es saber que todo lo logrado será la recompensa para quienes ponemos el cuerpo cada día en esta construcción llena de responsabilidad”, César Aníbal Herrera, trabajador de PEP, Producto de la Economía Popular, cooperativa de fabricación y venta de productos de limpieza, Guaymallén, Mendoza.
 
 

“Nuestro periodismo siempre fue independiente, pero nuestra comunicación siempre estuvo re-pendiente de nuestras barriadas porque acá nace y crece. La responsabilidad de relatar nuestras vivencias, historias, luchas y pesares, se multiplica por 114 asambleas al momento de escribir cada letra, fotografiar cada cuadro o diseñar cada línea, porque todo lo que contamos es para obtener respuestas y transformar la realidad de cada barrio. Entonces, tenemos la obligación de no hacer relaciones públicas, tenemos el deber cívico y moral de incomodar, tenemos la necesidad de gritar hasta derribar cada muro que nos han impuesto los fundamentalistas del periodismo condicionado. Y sí, es muy difícil laburar cuando se corta la luz cada dos horas, cuando abrís la canilla y el agua sale marrón, cuando tenés los dedos helados del frío y nada para calentar, o cuando mirás la alacena y te preguntás si mañana habrá algún paquete de fideos para hervir. El periodismo es un oficio incómodo, sobre todo si la desigualdad agranda la diferencia en cuanto a los recursos técnicos. Podría creerse que es imposible combatir la desinformación de las empresas de incomunicación, pero no, lo hacemos todos los días con el contenido que generamos, que está hecho de barro y, por lo tanto, es inquebrantable”, Gabriel Chávez, trabajador de La Garganta Poderosa, medio de comunicación cooperativo.

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