15 septiembre, 2020
, CREU

PRIVADOS DE DERECHOS

Desde los Centros de Recepción, Educación y Ubicación (CREU) de Lomas de Zamora y Pablo Nogués, dependientes del Ministerio de Desarrollo de la Provincia de Buenos Aires, nos llega el grito de adolescentes que transitan la pandemia encerrados en celdas frías, sin agua ni calefacción. Desde hace meses los trabajadores reclaman a la dirección del establecimiento y al Organismo Provincial de Niñez y Adolescencia que tomen las medidas sanitarias necesarias para prevenir focos de contagios, pero no los escucharon. ¿Adivinen qué pasó? El abandono mató a Jorge Roitman de Pablo Nogués, y ya hay al menos 30 laburantes y 35 pibes con coronavirus en Lomas de Zamora.

Jorge, trabajador del CREU de Pablo Nogués, en el Municipio de Malvinas Argentinas, falleció por Covid-19 el 9 de agosto y Roberto Báez, uno de sus compañeros, puso en palabras cuál era su realidad: “A pesar de que tenía una enfermedad pre-existente, Jorge siguió trabajando porque el Organismo firmó una disposición que no le permite a los trabajadores que son factor de riesgo tomarse licencias si son menores de 60 años”.

En Lomas, hace más de un mes comenzaron los contagios en trabajadores, pero las autoridades de la institución no desinfectaron el lugar ni se lo comunicaron al resto del personal. Hisoparon a 15 laburantes y a 11 chicos de forma aleatoria. Todos dieron positivo. Ariel Castelló y Gerónimo Guzmán trabajan en el CREU y describieron cómo continuó la situación: “A raíz de los resultados, cerraron el lugar, pero si no se dispone el traslado de los chicos, la institución se dirige al contagio de todos los jóvenes, porque aislarlos allí es imposible, no hay espacio”.

La mayoría de los casos pudieron ser evitados. Cuando se trata del bienestar de los adolescentes, las decisiones siempre llegan tarde. Ellos mismos lo denunciaron: “A pesar del virus, sigue todo igual: pasan solo lavandina mezclada con agua. Somos 16 pibes por módulo y tenemos un secador y un cepillo, no hay trapo de piso, usamos nuestras remeras”.

Es insostenible: nadie se puede acostumbrar a la indignidad.
Ante semejante abandono, gritar se vuelve necesidad.

 

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