1 noviembre, 2020
, COMEDOR EVITA 30 AÑOS

LA REVOLUCIÓN DE LAS OLLAS

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En cada barriada hay referentas históricas. Son esas vecinas que ponen el cuerpo y la cabeza, las que entregan el alma en su lucha para transformar la realidad. Las que construyeron con sacrificio y compromiso los cimientos de la dignidad, las bases del humanismo; son las mismas que toda la vida practicaron el feminismo. Hace 30 años que Neli Vargas hace magia en Zavaleta, 12 horas diarias, medio día en el Comedor Evita. ¡TREINTA AÑOS! Tres décadas incansables de trabajo comunitario, en ese espacio sobre la calle Iriarte que parió a La Poderosa y llenó la panza de todo un barrio, aprendiendo del pasado, alimentando el presente, construyendo un futuro, sin que el Estado la reconociera económicamente. Sonia Benítez, ex trabajadora, recuerda que “siempre estuvo a la par nuestra, nunca se quedó sentada como ‘la dueña del comedor’; se ponía los guantes, la cofia, el delantal y empezaba a cocinar. Jamás la escuché decir que no a algo, porque toda su vida estuvo dispuesta a ayudar, aunque a ella misma le faltara. Incluso, a veces no comía para darle a otra persona”.

Acá, donde las mejores economistas son de barro, malabaristas de las ollas y equilibristas del fin de mes, escupimos algunos números que sirven para ilustrar el laburo no remunerado: Neli cocinó sin parar durante 7591 días. ¿Saben cuánto dinero representa, calculando que le correspondería un salario mínimo? $11.150.517. Sí, más de 11 millones. ¿Sospechan cuánto recibió? Cero. Cero pesos. Nada. Una falta de respeto. Son 18 personas las que sostienen el Comedor Evita, con sus 600 raciones y las 500 del merendero. ¡PERO CUIDADO! No vayan a creer que ellas sólo son cocineras… Se convierten en psicólogas, enfermeras, maestras, arquitectas y artífices de la respuesta más sincera de los barrios: el trabajo comunitario.

Desde aquel 1º de noviembre de 1990, niños y abuelas asistían a buscar su platito de comida, igual que hoy, porque el hambre y la miseria nunca se fueron. Romina Rosas, que a los 8 años hizo la primera fila para que le sirvieran su almuerzo, creció al lado de Neli: “Para mí nunca fue sólo un plato de comida; ella es una amiga, una compañera, alguien que sabés que siempre va a estar ahí”. Eleonora Muñoz también forma parte del Comedor Evita, porque empezó a ir a los 18 y ahora, con 44, pone sus manos en el fuego de esta construcción: “Este espacio es una parte fundamental de la comunidad. Por eso, el trabajo que hacemos debe ser reconocido con un sueldo, con obra social y con más respeto hacia nosotras por parte del Estado”. No es para menos: Neli dedicó más de 83.500 horas alimentando a la villa. Si no había con qué cocinar, ella se la rebuscaba para mantener las puertas abiertas junto al apoyo de sus 5 hijos y del Negro, su compañero de vida, que nos enseñó el valor de la lucha y la mancomunión vecinal hasta el último día.

“Siempre me levanto pensando qué cocinar, como si cada persona que asiste al comedor fuera mi hijo o mi hija. Las compañeras que trabajamos en esto hace mucho ya somos grandes y no tenemos acceso a la jubilación. Lo que hace un médico es muy importante, más en estos tiempos, pero lo que hacemos nosotras también lo es, porque enfrentamos todas las dificultades que nos trajo este virus, hasta el hecho de perder lo que más queremos”, cuenta Neli Vargas desde el orgullo y la indignación por tanta falta de reconocimiento. No es sólo Neli, sino todas las Nelis que luchan para que sea garantizado.

Ni un centavo por 30 años de laburo diario.
¡Salarios ya para el trabajo comunitario!

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