4 junio, 2021
, Patagonia

CRÓNICA BAJO CERO

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Se nos resbalan las palabras en toda la escarcha que comienza a acumularse en la Patagonia. En medio de las heladas nocturnas, en el Barrio Madres a la Lucha de Río Gallegos, el frío nos despierta como tarde a las siete de la mañana; cuesta seguir durmiendo con el cuerpo cansado de tanto contraerlo para acurrucarnos. Nos sacamos de encima las dos o tres frazadas que intentan calentarnos durante la noche y caminamos hasta la cocina para apagar el horno, mientras rogamos que el calor en nuestras casas dure más de media hora. Y no sucede. La temperatura desciende a menos de cero en minutos, los techos y las paredes se hacen hielo por fuera.

El frío se siente en los huesos y el gas se agota porque lo usamos para cocinar, para calentar nuestras casas y también el agua que usamos para bañarnos. Cada día que pasa es una cuenta regresiva para la llegada del invierno, y la situación en el barrio se pone cada vez más jodida. La familia de Ángela Mené está conformada por cinco personas que viven en una vivienda pequeña, sin gas natural, por lo que usan el mismo método para calentar su hogar que muchas otras vecinas y vecinos: mantener el horno encendido. Sin embargo, las garrafas de gas apenas duran 3 o 5 días, si es que podemos comprarlas, porque cada una se consigue por 650 pesos, representando hasta $7.800 cuando llegamos a utilizar 12 en un mismo mes sólo para cocinar y calefaccionar. La leña ya no es opción para algunos y el peligro que representa vivir en lugares con materiales inflamables lo explica Ángela: “Antes teníamos una salamandra, pero nos daba mucho miedo usarla ya que hay muchos incendios por esta razón. Además, tenemos niñas chiquitas acá y es peligroso para ellas”.

Después del almuerzo, debemos abrigarnos con los buzos más gruesos que tengamos. Y ahí cruzamos la puerta de nuestras casas con un cajón en mano para levantar todas las ramas que haya en el camino, porque la madera que encontremos puede servir como leña que llevamos al merendero “Sonrisas Poderosas”. La tarde es invernal aún en otoño, pero nos queda otra que seguir redoblando esfuerzos para asegurar la merienda a 30 familias como cuenta Cintia Delgado: “Toda la madera que logramos juntar es para poder mantener encendida la salamandra del local mientras estemos ahí. Evitamos usar el gas para calefacción porque es muy costoso y porque también lo necesitamos para las ollas populares. Así soportamos el frío en cada jornada”.

Cae la noche una vez más, volvemos del laburo y encendemos el horno nuevamente, rogando que ninguna casa se incendie mientras nos vamos a acostar con el mismo terror que relata Ángela: “Tengo miedo de dormir a la noche con el horno prendido, aunque lo dejemos al mínimo. Mientras las estufas eléctricas no tienen fuerza para calentar nuestra casa por la poca tensión que hay, nos acurrucamos con la familia porque el frío es estremecedor”.

Pronto llegará el invierno
y nuestro panorama será aún más desolador.

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