9 marzo, 2022
, 8 DE MARZO

CRÓNICA COLECTIVA DEL 8M: «NUNCA NOS FUIMOS»

Es hoy”: el mensaje llegó temprano al grupo donde estamos todas. Las remeras coloridas, los pañuelos verdes atados y el glitter que nos hizo brillar aún más. Todo, pero todo, nos hizo preguntarnos: ¿hace cuánto esperamos este momento? El bondi en el barrio siempre tarda en llegar o a veces ni siquiera pasa, y esta no fue la excepción. Pero llegamos por fin, caminando o en colectivo y la calle nos dio la respuesta. Ahí estábamos, en pleno centro, rebalsadas de violeta feminista, empezando a caminar juntas. Otra vez.
Comenzó la marcha y alzamos el feminismo villero como bandera: el día que la agarramos por primera vez decidimos no soltarla nunca más. De vez en cuando nos mirábamos entre las compañeras, para ver a esa barriada que inspiraba cada vez que sonaban los tambores, para ver esa juventud más viva que nunca cantando nuevas canciones, desde cumbias hasta reguetones. Ahí estábamos, entonando a coro que luchar con la compañera nos gusta, saltando al ritmo de la seguridad mutua, con la firme confianza de que el feminismo va a vencer.
En las veredas, la gente detenía su rutina diaria, su trayecto hacia algún lado, para ver los carteles; mientras nosotras sosteníamos bien en alto el nuestro: “hoy más que nunca es necesario parar, necesitamos reconocimiento salarial”. En pancartas, en el cuerpo, plasmadas en la ropa, las consignas traían a la memoria una lucha que es de todas. Cada vez que mirábamos la calle multitudinaria, recordábamos a las que faltan: cada paso que damos es en el nombre de todas. Nos encontramos entre risas las que picamos la verdura en el comedor, las que servimos la merienda, las que nos sentamos en la mesa con los funcionarios a reclamar los recursos para el barrio, las que sacamos fotos, las que en la remera llevamos a Sabina como consigna, las que llevamos el rostro de Marielle, las que no olvidamos a Ramona, las que golpeamos el redoblante como si no hubiera un mañana, las que apenas nos mirábamos y llorábamos de emoción.
Recuperamos las fuerzas durante la tarde, y mientras el sol caía las originarias hicieron sonar los sikus y las copleras cantaron al son de la plurinacionalidad, mientras todas gritábamos el nombre de Tehuel. Entre pogos, intervenciones, todo pasó muy rápido y ya era de noche cuando llegamos al monumento céntrico. Ahí fue cuando dimos comienzo a nuestro ritual: la ronda final. Cada una agarró el megáfono con la emoción a flor de piel y, con la voz firme, confluimos en un punto en común: el Estado cree que alimentar a millones de personas es un laburo que hacemos de onda. Pero es trabajo, y debe ser remunerado.
— “Vamos a seguir luchando por todas las que hoy no pudieron estar. No es una opción, es nuestra responsabilidad”, gritó una compañera, y felices de ese reencuentro que nos marcó, cansadas, entre abrazos eternos, partimos. Pero nunca nos fuimos.

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