3 marzo, 2022
, Incendios en Corrientes

LA NOCHE BLANCA

?? Nelson Santacruz (Villa 21-24).
? Paloma Cerna (Isla Maciel).

Había ojos tristes, rojos, cansados y con ojeras sobre caras color carbón. Cada uno era el rostro de un bombero, uno que dejó su laburo personal hace semanas y apartó el plato de comida de su mesa para priorizar un conflicto colectivo: para calmar tanto infierno. Ahí, con su propia hambre, se saciaron viendo desaparecer las llamas que castigaron a Corrientes. Por eso gritamos. Partimos desde el corazón de Isla Maciel, en Avellaneda; y de la Villa 21-24, en Barracas, para palpar de cerca uno de los incendios más grandes en la historia de esa provincia. Luego de 1000 kilómetros de ruta, una noche blanca nos sorprendió de camino a San Miguel. Parecía neblina, pero se trataba del sistema voraz con olor a madera ardiente, con sabor a cenizas, con sonido a muerte, con la aspereza de un Estado cómplice y el retrato correntino que no se quema ahora, sino que arde hace tres meses. «Ya no tengo ganas de sacar a mis compañeros porque casi no ven a su familia. Nosotros salimos y no sabemos si volvemos», afirmó Héctor López Tolosini, jefe del cuartel de bomberos de esa localidad. Porque claro, quien puso el lomo fue el pueblo. Desde los bomberos hasta los changarines que se calzaron botas provisorias para entrar monte o pastizal adentro. Ahí, donde el sistema meteorológico marcaba 45 grados, tuvimos una sensación térmica que superó los 50. «La última vez que el gobierno dio un móvil para nosotros fue en 2005, y ahora está descompuesto», explicó Héctor.

La noche blanca ahogaba, avanzaba, desesperaba. Quien pudo ver, quien pudo oler, quien pudo caminar, quien pudo bancarse su sed fue el campesino que se puso una mochila hídrica y se hundió en esa blancura. «Estamos pegados a los Esteros del Iberá, que tiene una de las reservas de agua más reconocidas del país. Y uno de los humedales más importantes del mundo», reflexionó Ramona Rotela, tesorera del cuartel. Al lado de ella estaba una enfermera cabizbaja, que tenía hollín en todo su delantal: «Tengo que estar acá para curar quemaduras, porque ellos no se quieren ir sin terminar su trabajo. Los hombres no se van». Y las mujeres tampoco: «Hay madres bomberas, cuyos hijos estamos cuidando en el cuartel», resaltó Ramona. Mientras tanto, decenas de vecinas ordenaban donaciones de agua, ropa, alimentos que les llegaban de todo el país. Allí, en San Miguel, todo es precario. Las y los bomberos están construyendo su espacio vendiendo comidas caseras en las plazas, y aunque realizaron cinco denuncias ante el gobierno de Gustavo Valdés, todavía no tienen una camioneta equipada. Aún así, a pesar de todo, prevalece la risa y los sapukái cuando llega una tormenta, las ollas de guisos o las tortas fritas que la comunidad les acercó.

“Ya son un millón de hectáreas hechas cenizas”, dijo indignado Emilio Spataro, integrante de la Red Nacional de Humedales. “Estos hechos nos dan la razón de la peor manera, a través de la destrucción de todo lo que amamos”, indicó. A la par, nos dio a conocer que más del 70% de los terratenientes hacen laburar precariamente, o como esclavos, a sus “peones”. ¡A los mismos que hoy apagan las llamas! Y Emilio agregó: “Yo no tengo esperanza, tengo conciencia. Tenemos que hacer todo lo posible para que las cosas cambien porque el camino de la profundización del agronegocio provoca cada vez más sufrimiento y desigualdad”.

MUCHO HUMO

La provincia de Corrientes no se quema ahora, se incendia hace rato. A fines de diciembre ya había zonas incontrolables y a mitades de enero los datos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria arrojaban unos 40 focos que tuvo poca relevancia para el Estado. En aquel momento, la prioridad gubernamental giraba en torno a los carnavales. Aunque luego de la polémica lo derogaron, se llegó a decretar una inversión de 140 millones de pesos para esos eventos, mientras que más de 330 mil hectáreas ya habían desaparecido. Gustavo Valdés, el gobernador correntino, conocía la grave situación de su territorio pero eso no evitó que se tomara sus vacaciones. ¡Total tranquilidad!

Recién el 1 de febrero, luego de la intensa mediatización, se declaró la emergencia ígnea. Las llamas no cesaron con tal pronunciamiento porque si algo hemos aprendido desde los barrios populares, es que las leyes están pero no son cumplidas cuando son en beneficio de quienes estamos abajo. Por eso, con la angustia de saber que todo pudo ser prevenido, con la preocupación de la crisis ambiental evidente, con el dolor de ver cómo se hizo cenizas el 40% del Parque Nacional Iberá, con la certeza de que el Estado es también responsable y con la garganta bien afinada, pegamos un buen grito gracias a las cuerdas vocales de quienes pusieron el alma y el cuerpo. Nos metimos en la llaga ardiente, para sentir en nuestra carne todas estas luchas.

Todo colapsa, todo colapsó. Vimos bomberos de Chubut, San Juan, Entre Ríos y Chaco. El gobierno correntino definió no estar preparado, a pesar de ser una zona propicia a las sequías. Ca’a Catí, Ituzaingó, El Caimán y otras zonas aledañas eran una frazada negra. Fue común ver antorchas de fuego, ahí donde antes brillaba una palmera. Era común ver bandadas de aves escapando de su hábitat natural y hoy todavía es común encontrar animales calcinados. Una flora muy amplia y una fauna muy importante quedó expuesta, y demostró una importancia vital para nuestro ecosistema, ahí donde se protegen animales en peligro de extinción.

Por otro lado, de quien poco se sabe es de Roberto Rojas, director de Recursos Forestales, cuya misión es hacer cumplir la ley provincial 5590: “Lograr la menor pérdida en nuestros bosques por daños de incendios y/o plagas a través de la concientización de la prevención”.

El daño fue voraz y la negligencia también. El Sistema Nacional de Manejo de Fuego, hasta el cierre de esta edición, expresaba que las localidades de Alvear II, Virasoro, Corrientes, Curuzú Cuatiá, Santo Tomé e Ituzaingó II seguían bajo fuego. Y con ellas las granjas familiares de gallinas, cerdos, ovejas, vacas que alimentan a los que menos tienen. Y con ellas las plantaciones de las chacras empobrecidas con papa, zanahorias, maíz, porotos, mandiocas y zapallos. Y con ellas las ganas, muchas veces, hasta que el aliento entre tanta noche blanca repleta de humo revive con la resistencia de quienes no dejan nunca las mangueras, al pueblo y la voluntad atrás. Así nos dijo un bombero: «Nada nos obliga, sólo el dolor de los demás».

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