18 octubre, 2015
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Madres nuestras

Por qué marchamos.Treinta años de encuentros con unas y otras, de viajar “del yo al nosotras”, de celebrar libertades y de consolidar hermandades. Treinta saltos sin retroceder, riéndonos del lobo que nos quería comer, por ese camino plagado de machismos y de todos sus eufemismos, sus colores, sus modismos, sus opresores. Treinta procedencias y treinta pertenencias. Treinta veces poniendo el derecho al revés, una cada vez, sacudiendo la paciencia, salpicando resistencia, creando feminismos en plural, desnudando cinismos en singular, alentando a la rebeldía popular y militando por un cuerpo libre de verdad, contra la inseguridad de la clandestinidad y el estigma orquestado desde la penalidad.

Treinta antes y este “ahora”, con toda la paleta sonora del Che, alzada en estandartes por mujeres de pie, que todavía nos sostenemos despiertas y cada día nos mantenemos alertas, tejiendo estas venas y arterias femeninas, para extraernos el miedo que nos inyectaron por “minas”.

Venimos desde algún tiempo ancestral, gritando para quebrar cada cueva patriarcal y revolucionando burbujas jamás televisadas, porque las brujas no solemos ser moderadas. Treinta citas nacionales de mujeres, fundidas en los desencuentros deseables de quehaceres. Y aún así, siempre hay otra primera vez, para probarse los guantes en los dedos de los pies o para volver a sentir al pañuelo inconfundible del lado de adentro: una primera vez intransferible, cara a cara con el Encuentro.

Desde el orgullo villero que supimos conseguir, las mujeres poderosas volvimos a parir, con otrxs y otras, el primer Nacional de Mujeres para nosotras. Militancia y Dignidad, puro empoderamiento en la jeta de la patria potestad, hablando, caminando, agitando y preguntando con las gargantas de cada barriada, la voz y las formas de la rabia organizada.

A nuestro ritmo, gritos paraguayos, bolivianos, argentinos y peruanos; ¡todas las negras bien paradas de manos! Desordenando las formas, reformulando las normas y riéndonos de los modos, mientras nos sacudirnos con todas y todos, para gritar que nunca más nos podrán imponer las voces de los demás, como si necesitáramos las bondades del periodismo amarillo… Que se metan sus verdades adentro del calzoncillo.

El Encuentro, este Encuentro, es la crónica de la tozudez, la memoria encendida del “Había una vez”. La conquista de una inmensa asamblea, el amor a primera vista con el mar y su marea. Un monumento a los ovarios y dos días lejos de los barrios, borrando o editando prefijos: dos días gritando, mientras otros cuidan a nuestros hijos.

Un encuentro con trabalenguas entre las palabras, sin treguas, sin abracadabras, sin árbitro y sin pito: ¡Que nos escuchen bien clarito! Ahora, si prefieren detenerse en los disturbios de la Catedral, valga la redundancia de la violencia patriarcal, en la fiesta de disfraces de la violencia institucional.

De los dormitorios dormidos, a los guisos compartidos; del ataque del noticiero, al contraataque del cancionero; y del tipo que golpea, al mandato de asamblea; cualquier machito tambalea cuando el grito se escucha. Y ésa, amigas, será siempre nuestra lucha.

Pues así venimos andando, levantando todas nuestras banderas, sin galán, ni billeteras, ni toda esa histórica carga, porque nos importa dos huevos quién la tiene más larga: la lucha feminista, como el poder popular que la puso a la vista, se crea desde las entrañas de la experiencia, pariendo a la política sobre la propia vivencia.

Ahí, justo ahí, las villeras de la matria liberada, de la palabra desbocada, de la furiosa necesidad, de la poderosa dignidad y del alarido que corre por el pasillo, hasta liberarse en el último altillo, sin príncipe, ni beso, ni ciencia ficción: mucho más que eso, en una sola canción. Ahí, justo ahí, las mujeres del cielo raso de cables entretejidos, las que esperan los ramos de lozas prometidos, las verdugas del qué dirán, las que hicieron cloacas mientras hacían el pan. Ahí, justo ahí, con sus bombos y sus remeras, gritando desde todas las fronteras y desde bien abajo, ¡que el patriarcado se vaya al carajo!

Deseo y voluntad, la más pura identidad defendiendo sin capa y sin espada los ataques de la gilada, en estas trincheras amorosas de las villas poderosas, que desafiaron garrotes, operaciones, machotes, tradiciones, juicios y más prejuicios, para dar a luz toda esta fortaleza, en ese Encuentro Nacional de Mujeres que nos hizo temblar de la cabeza a los pies…

Nunca se olvida, la primera vez.

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