31 octubre, 2022
, Halloween

UNA REALIDAD DE TERROR

Para Halloween no hace falta imaginar brujas, fantasmas o caras diabólicas. Estos son los relatos de lo que vivimos a diario en nuestros barrios.

Estaba oscuro, pero él sabía dónde pisar porque conocía ese camino de memoria. Desde chiquito, había aprendido a saltar entre las bolsas de basura, a esquivar ratas, a patear latas o botellas hacia límites insuperables. Los otros pibes del barrio lo admiraban: el Colo era el único que podía atravesar el basural de noche. Tenía el poder de ver en la oscuridad total, porque ahí jamás hubo ni un foco, ni un farol, ni una empresa de luz. Carlos, el del camión recolector, pasaba una vez por semana cor suerte y siempre juntaba el material que estaba en los bordes. Por eso, hace años que en el barrio se contaba la misma historia: decían que en el medio del basural, bien en el centro, había alguien durmiendo. Esa noche, el Colo decidió ir a comprobarlo, a ver si era verdad. Bajo un cielo negro, fue a buscar a ese ente que dormía, que jamás aparecía. Al costado de la indiferencia, con la responsabilidad podrida, lo encontró: el Estado jamás se despertó.

Ayelén daba vueltas en la cama hacía más de una hora. El calor la hacía transpirar, pero no quería abrir la ventana por los mosquitos. El ventilador no era una opción: la luz se había ido al atardecer y todavía no había vuelto. Era el tercer corte en cinco días. De repente, un mosquito pasó zumbándole por el oído. ¿Cómo había entrado? Ayelén tenía el sueño muy liviano, y el sonido no lo dejaría dormir. Agarró la vela que su mamá le había dejado arriba de una silla y fue sigilosamente hacía el mosquito, que estaba quieto en la pared. Pero hizo un movimiento demasiado brusco y la llama se apagó. Todo oscuro.

Ayelén alcanzó a apoyar de nuevo la vela en la silla y se acostó. No se animaba a buscar otra. Tuvo miedo y cerró los ojos con fuerza, implorando que, de repente, se prendieran todas las luces de la casa; pero en su interior sabía que la luz no iba a volver, al menos por un par de horas más. “No tengo miedo”, repetía, mientras las manos se movían en la oscuridad, a sus espaldas.

Ese día supo que no había vuelta atrás. Facundo corrió incansablemente entre las cuatro paredes de su casa, intentó salir del pozo oscuro que lo consumía, pero era más fuerte que él. El fantasma no lo dejaba en paz. Más, pedía más, y Facundo no podía ni hablar. En el silencio aturdidor, el corazón le galopaba a mil por hora, el aire de la villa entraba limpio por la ventana y tuvo una idea: salir a tomar un poco de oxígeno a la vereda. Pero Facundo no sabía que el fantasma de la droga iba a seguirlo hasta ahí, hasta la última baldosa y que iba a romper el silencio. 

El primer tiro entre las bandas narco sonó como un golpe macizo en las chapas. El resto de las balas se escucharon como una sinfonía de muerte, y Facundo quedó atrapado en el medio. El fantasma, ese que lo seguía para todos lados, esta vez no lo acompañó. Él sí había llegado al barrio para quedarse.

Eva salió de bañarse y puso la pava. Envuelta en la toalla se asomó por la ventanita de su pieza y miró al cielo. Era una tarde hermosa y sacó el celular para hacer una foto, pero, como siempre, no pudo lograr que quedara bien, porque la maraña de cables que colgaban por toda la calle se le atravesaban. Siempre le habían dado bronca esos cables pelados arruinándole la visión, desde que era chica. Salía todas las noches a mirar el cielo porque le habían hablado de las estrellas fugaces y quería ver una. Cuando la vecina de la otra cuadra perdió todo por un incendio, cuando escuchó los gritos y respiró ese olor a quemado, desde ahí, además de bronca, sintió miedo. 

Volvió a mirar los cables e imaginó toda esa electricidad corriendo dentro de ellos, impiadosa. De repente sintió un calor insoportable subiéndole por la espalda, escuchó el crepitar del fuego en su oído. Se dio vuelta, jadeando, pero no era nada: sólo la llamita de la pava, tan débil que ni siquiera había llegado a calentar todavía.