29 septiembre, 2009
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Priori$AME

Al gran pueblo latino salud.
De la lucha universitaria dependerá el desafío de rescatar a la medicina de los tentáculos de las Ciencias Económicas, para formar cada vez más médicos a conciencia, como tantos que hay en la Argentina, o como esos heroicos cubanos que la Brigada Henry Reeve ha regado, con sus conocimientos y su humanidad, por los más recónditos pedacitos de mundo. Del psicoterapeuta de cada empresario con estetoscopio dependerá el análisis y la valoración personal de haber elegido el camino de la ciencia y la salud como faena lucrativa. Del espíritu crítico sobreviviente de la sociedad consumista de la inseguridad televisada dependerá esencialmente la posibilidad de erradicar prejuicios, para volverlos juicios sobre esa realidad que jamás se televisa. Casi todo depende de terceros, de aquellos, de otros, dicen, desde arriba. Pero aún así, incluso partiendo de la inconciencia social que proponen, sigue siendo del Estado, del Gobierno de turno exclusivamente, la responsabilidad absoluta de garantizar hoy, ahora, ya, la salud de todos los ciudadanos, con o sin cuenta bancaria, con o sin estudios universitarios. Lamentablemente, pareciera ser una opción que Alberto Crescenti se pasee por los canales de televisión anunciando que le resulta “lógico, que las ambulancias no entren más a las villas, por razones de seguridad”. Su opinión es válida, como una renuncia indeclinable a la opción de seguir siendo el titular del SAME, el Servicio de Atención Médica de Emergencia de la Ciudad de Buenos Aires, financiado por todos nosotros, para todos nosotros.

Prohibido discriminar.No será responsabilidad inmediata de un movimiento popular, ni obligación de la comunidad toda, sortear, combatir o diluir los temores de médicos o ambulancieros que hoy prefieren no ingresar a los barrios más oprimidos, en supuesto resguardo de su seguridad, mientras reciben por salario el dinero abocado a la salud pública, imprimiendo simultánea e ilegalmente la inseguridad de todos los que no entran en la cartera de clientes de la medicina prepaga. Vale aparentemente el derecho a velar por la seguridad propia, sobre cimientos de criterio realista o fascista, pero de ningún modo vale usufructuar cargos públicos para incumplir las obligaciones que demandan. Eso no está bueno, y el encargado de resolverlo es el Gobierno en gestión. De la inseguridad que genera la exclusión, el paco y la vida por la ruta de todos los caminos cortados, nos estamos ocupando desde La Poderosa y desde el campo popular. Bienvenidos serán a la lucha quienes la compartan, con o sin delantal. Pero el arrojo descarado y absoluto de la inseguridad sanitaria al pozo de la miseria naturalizada no es un paso que tengamos pensado, ni siquiera, discutir.

¿No suena lógico que operando los agentes de la comunicación masiva, a las órdenes de los grandes grupos económicos, se siga naturalizando la discriminación que atenta contra las garantías de todos, mientras se incrementa la acumulación de esos pocos? ¿Y si eso funciona tan claramente, no se entiende razonable que la masa acrítica cultivada tan enfáticamente desde la televisión asimile el miedo a lo pobre y la cautivación de lo rico, hasta la atrocidad de respaldar la jerarquización de las saludes? Pareciera ser que sí. Pero el aroma nauseabundo de la carne humana putrefacta suele despertar la mejor versión del perfume popular, en la lucha incesante por demostrar que sí, que sí seguimos creando, y que no, que no tienen razón. Una propuesta del Padre Pepe, cura villero de la línea de Mugica, militante social de la utopía de La Poderosa, entiende la complejidad de la cuestión, sin aceptar, ni poner en discusión, la obligación del Estado de garantizar el acceso a la salud de todos sus habitantes, todos. “Si los ambulancieros tienen miedo, seguramente tendrá que ver con las consecuencias de la exclusión y con lo que informan en referencia a estos barrios los medios masivos de comunicación. Por eso, nosotros no les pedimos a esas personas que olviden sus miedos y que entren a la villa, si no quieren entrar, pero sí le exigimos al Gobierno de la Ciudad que haya ambulancias para el pueblo. Y le acercamos incluso esta propuesta: que capaciten a vecinos del barrio, que estén desocupados y que por supuesto no tendrán miedo de entrar, para que empiecen a manejar las ambulancias”.

Un mundo enfermo.Nadie, hasta ahora, le pudo poner un pero a la propuesta de Pepe. Nadie, tampoco, le ha dado respuesta. Por estos días, vecinos y organizaciones sociales de Zavaleta y la Villa 21-24 andan recolectando firmas para exigir, sí o sí, “una ambulancia para el barrio, equipada como corresponde, las 24 horas de todos los días”. ¿Que no son legítimos los temores de quienes repelen lo que desconocen, aunque se trate insólitamente de esa sociedad que los cuenta como sujetos? Totalmente legítimos, totalmente contundentes. Tan contundentes, casi, como la incompatibilidad de esos temores con la responsabilidad ineludible que debiera, debe y deberá recaer sobre todos aquellos que decidan llevar su vocación por el camino de la salud pública. Abiertas están, por ahora, las puertas del capitalismo salvaje para juntar dólares vendiendo medicamentos y salud, pero aún no han ganado la batalla por erosionar definitivamente el derecho a vivir. Los médicos que entienden a la medicina como una ciencia social, los ciudadanos que contamos al Estado como un garante de nuestros derechos y los inadaptados que entendemos a la vida como un patrimonio de la humanidad seguiremos exigiendo que la salud sea de todos. Que sea pública. Y salud.

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