25 febrero, 2011
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Teatro antidisturbio

Cultura villera, periodismo y dignidad; somos sangre de Rodolfo, un grito de libertad.

Otra vez, las botas y el sudor, los gritos y el dolor, los pa­los y el terror, las Madres y el amor. Otra vez, un atentado gris a todo el color, 500 años después, 35 años después. Sólo un grito de La Garganta, desde el pueblo oprimido, detonó el apoyo inconmensurable de muchísimos compañeros atrinchera­dos en los medios masivos y en la vanguardia de los Derechos Huma­nos, pero también reverdeció la in­tolerancia, la violencia y la vigencia del aparato represivo que se tragó a Jorge Julio López y se niega a vomi­tar a Luciano Arruga, porque sigue constipado de soretes uniformados, que apenas le permiten eructar con olor a Etchecolatz.

Nos molieron a palos, por pensar, por escribir, por soñar, por construir y por hacer eco de 30 mil gargantas que siguen gritando, para no dejarlos dormir. Otra vez ellos, policías bo­naerenses en su más retrógrada ver­sión costera, celebraron a su modo un nuevo aniversario de la impuni­dad que asesinó a José Luis Cabezas. Brutalmente, irrumpieron en la pea­tonal de Villa Gesell, comandados por el cavernícola Javier Collova, no para exigirnos una habilitación, ni para reprimir la amenaza social que representábamos quince jóvenes promocionando una revista en la ca­lle 3, sino para barrer de la peatonal todas esas remeras que les pusieron de punta los pelos del culo. “Cultura villera, periodismo y dignidad; so­mos sangre de Rodolfo, un grito de libertad”, gritaban nuestras espaldas, en el centro turístico, mientras algu­nos de nuestros redactores conocían el mar, a la orilla de sus 30 años. “No los desalojes”, le exigió un supuesto inspector municipal al precario coefi­ciente de Collova: “Decomisales las revistas”. Y el oficial le pidió pacien­cia: “Los móviles están llegando”. Llegaron, con sus sirenas, sus motos y sus palos. Ante dos cuadras colmadas de testigos, que reconocían con aplausos la postergada reivindi­cación de nuestra cultura villera, de­cenas de represores asalariados em­prendieron una bestial golpiza sobre los miembros de la revista y los tran­seúntes que se solidarizaban, como el docente jujeño Edgardo Quisver, a quien el polisimio Rosales le ad­judicó nacionalidad boliviana, antes de preguntársela. “No, soy indio”, respondió el maestro, que compar­tió con nosotros la noche del terror, estrujados en un asfixiante calabozo, de tres metros por uno.

“Te los estoy llevando: son todos zurdos”, informaba el chofer del patrullero, mientras nos trasladaban golpeados y esposados a la comisa­ría, donde pasaríamos 24 horas ile­galmente incomunicados, privados de nuestros derechos y expuestos a todo tipo de tormentos. Para orinar, media botella de plástico. Para cagar, papel de la basura. Para resistir, Mu­gica, el Che, Santoro y Miguel.

No pudieron callarnos, ni quitar­nos una sola revista. Poco a poco, reventaron los teléfonos de la seccio­nal, con los llamados de las Madres, los HIJOS, el INADI y los compa­ñeros periodistas que instalaron a La Poderosa en todos los medios.

Se pusieron nerviosos, al vernos de pie. “Secreto de sumario”, le respondieron a Página 12, desespe­rados, mientras fabricaban la causa que nos abrieron por “resistencia a la autoridad”. No lo duden, apósto­les del silencio, nos resistimos a su autoridad, a esa autoridad impartida desde el terror de Estado y expandida por los dinosaurios que existen toda­vía, felizmente aterrados hoy por el grito de esta Garganta que, tarde o temprano, se los comerá crudos.

Ahora tiemblan, cuando habla Hebe de Bonafini, nuestra Madre, encabezando en Zavaleta el acto de repudio al accionar policial junto a los organismos de DD.HH., para que no sólo caiga entre rejas el autárqui­co cuerpo del descerebrado Collova, sino también su patrón, el comisa­rio Damato. Demasiada brutalidad al servicio de la brutez, no te fuiste Rodolfo y ya estás otra vez: “Aunque nos caguen a palos, nunca nos van a callar, La Garganta es otra carta, a la Junta Militar”, gritamos los villeros, para que Videla lo mire por TV.

Tiemblan, y está bien. Tiemblan, y tienen razón. Saben, muy bien, que La Garganta grita desde La Podero­sa, mucho más que una revista, mu­cho más que una curita para el sis­tema autoflagelado. Cooperativas de trabajo, laburando la voz, contadores de abajo, contra Martínez de Hoz.

Se cansan de preguntarnos, una y otra vez, cómo carajo financiamos una publicación que no tiene publi­cidad paga, ni depende de los pulpos de la comunicación. No hay fondo de inversión, ni manos benefactoras; son fondos de ilusión, de manos tra­bajadoras. Anotá bien, Collova, que a vos te cuesta entender: durante tres meses, todas las asambleas de La Po­derosa garantizaron una beca de 500 pesos para cada uno de sus represen­tantes en la revista, de modo tal que pudieran abocarse a la formación técnica necesaria, anegada siempre para nuestros vecinos, por la nula disponibilidad de tiempo que impo­ne el trabajo esclavo. Cada barrio bancó así a sus comunicadores, hasta el primer número de La Garganta, que lanzó 3 mil ejemplares, de 24 páginas a todo color.

Un tercio de esos 3 mil se distribu­yó gratis en las villas y los otros dos se vendieron a un costo promedio de 10 mangos afuera de los barrios. De ese modo, recaudamos los 20 mil pe­sos que nos permiten celebrar hoy la autosustentabilidad de la revista, que ya paga las becas de sus miembros y sus tres mil ejemplares de base. Pero no queda ahí, Collova, no. Tomá un poco de agua, y después seguís.

Ahora sí. Tras la liberación del presupuesto mensual que los vecinos invertían en las becas, un monto de 1.500 a 2 mil pesos, las asambleas disponen de ese dinero para invertir en La Garganta, aumentando gra­dualmente su tirada y comprando ejemplares al costo, para venderlos mediante cooperativas de distribu­ción. Cada revista tiene un valor original de dos manguitos, por lo cual con 1.500 pesos cada asamblea pudo encargar 750 revistas más, que comercializadas a 10 pesos fuera del barrio le acreditan una recaudación de 7.500, para bancar la nueva fuente de empleo de los canillitas villeros, además de expandir nuestra voz.

Así, Collova, si un amigo te ayu­da a pensar, podés multiplicar esa operación por cada barrio poderoso y hasta vos podrás advertir el creci­miento inminente de La Garganta.

Con ese plan, estamos imprimien­do 6.000 ejemplares en febrero y más de 10 mil en marzo, para recaudar cien mil pesos de recursos genuinos, a sólo tres meses del lanzaNOmiento. No sólo estamos gritando la primera re­vista villera, sino también motorizan­do la economía y el poder popular de las asambleas que la hicieron florecer. Ya no van a detenernos. Ni tus botas, ni tus palos, ni tu ignorancia. Somos bolivianos, indios, negros y villeros, Collova. ¿Y sabés qué? Somos todos zurdos, la concha de tu madre.

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3 comentarios sobre «Teatro antidisturbio»

  1. LOS BANCO A MUERTEEEEE!!!!!!!!!!!!!!!!! SON UNOS GENIOSSS!!!!!

    NO PUDE ENCONTRAR SU REVISTA EN NINGUN PUESTO DE RETIRO CHICOS!!!

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