6 agosto, 2015
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En este bosque siempre cruel

A lo largo de la historia, los habitantes de las villas hemos aprendido distintos métodos para digerir que nos estaban dando por muertos. Con la dictadura, desde los números que nos asignaron como nombres de nuestros barrios, hasta el colmo del muro que bautizó a una “Ciudad Oculta”. Y con la democracia, desde las infinitas referencias que aluden a las necesidades de la “gente”, como un sustantivo colectivo que nos excluye, hasta “la historia de nuestros abuelos bajando de los barcos”, como si nuestra historia no estuviera escrita también por nuestros abuelos bajando del monte o del Chaco Paraguayo. Pero aun así, a pesar de todo ese entrenamiento que tuvimos para asimilar la discriminación, no deja de asombrarnos la “superación” de cierta especie gobernante, que ahora planea meternos un techo verde sobre la Villa 31, “como si fuera pasto”, para que no siga creciendo y, esencialmente, para que no se siga viendo. Pues sí, lo anuncian así, con total desparpajo: nos dicen “vivos”, pero quieren que miremos crecer las flores desde abajo.

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