25 abril, 2016
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Carpe Diem

A un año de la histórica Carpa Villera

 

No se olvida, nunca más. Nos conocíamos de nombre, de columnas, de caminos embarrados, de marchas, de comunicados. Y no pregunten cómo, pero un día estábamos abrazados, ahí, dignos y poderosas, dejándonos llevar por encima de todas las cosas, en una corriente de unidad que nos hizo explotar la garganta de verdad. Pues alguna vez, en alguna asamblea, en algún enjambre, había surgido la idea de montar una huelga de hambre, sobre el asfalto de la 9 de julio o sobre la tierra del 12 de octubre, para descubrir al silencio que los encubre, con bombo, bandera y redoblante. ¿Cuándo? Siempre “más adelante”, cuando fuéramos más voces, más estómagos, más ganas de vomitar, mucho más poder popular. ¿Y saben qué? No había nada que esperar, porque sí, las condiciones socialmente determinadas se determinan así, cuando la sociedad condiciona, cuando la persona crece, cuando el pueblo manda, cuando el gobierno obedece.

Sonó el teléfono, de repente. “Che, llaman de la Corriente, para ver si queremos formar con otros colectivos un panel sobre medios autogestivos, en el marco de una Carpa Villera”. ¿De qué? Fuera lo que fuera, dijimos que sí, que íbamos a estar, que tan sólo debíamos juntarnos a coordinar antes algunos puntos importantes. Peeeeero, tal como corresponde entre movimientos de base, con urgencias de base, la agenda se modificó y ese encuentro no se concretó.

Días después, prendimos la tele de casualidad y la Carpa ya era una realidad, la Carpa Abierta de los intelectuales sin universidad, pecheando al obelisco como un enano en huelga. O como Mascherano al belga. Parada de manos y pies, lo imposible provocaba a lo posible en el ring de la sensatez, con esa trompada de la villa en la nariz de la ciudad amarilla, para volarle la careta y para que nadie se crea el microcentro del planeta. Así conocimos a la “Carpa Villera”, a nuestra Carpa Villera, por los noticieros, por las radios y por haber roto el cerco de la información que enmudece a los barrios, incluso hacia el interior: por primera vez en años, le agradecimos al televisor.

Y entonces sí, un día, que no fue otro día, ese mismo día, corrimos hasta allá, para abrazar a la urbanización y para poner nuestras hambres a disposición. Bien, ¿pero hace falta blanquear que la vimos por televisión? ¿No habría que agregarle una épica de ciencia ficción? ¿No convendría inventar una reunión de cabezones en las penumbras socialistas, moviendo piezas de Teg con la solemnidad de los estadistas, para contraatacar a esta globalización de mierda o para sanar la fragmentación de la izquierda? No, porque esa mentira cagaría lo mejor que tuvo esta experiencia: ni un solo paso especulando la conveniencia, ni planificando la convivencia, ni tocando el arpa, ni disputando el centro: lo mejor de la Carpa, estuvo puertas adentro.

¿Saben cuántas veces hablamos de unidad? ¿Saben cuántas nos quejamos de la mezquindad? ¿Y saben cuántas nos cruzamos, cada uno en su soledad? Bueno, si saben, no se lo digan a nadie. Pero esa tarde, nadie habló, nadie se quejó y nadie se cruzó, porque la unidad no se explica, se practica desde las convicciones y la experiencia, en la sala de reuniones de tu propia conciencia.

A nuestras espaldas, una horda de fotógrafos rescataba a los primeros huelguistas, que venían de poner el pecho contra la cachiporra, para montar el armazón en la cara de la gorra y en la plazoleta del revés, donde por fin los peatones no hablaban en inglés. Ahí, como un implante en las siliconas del turismo, en el botox del capitalismo, en la liposucción de la identidad, asomaba la villa en el ombligo de la ciudad. Gritos pintados a mano, soldados de Luciano, aires de alegría, pañuelos en rebeldía, mates por todos lados. Y mística, la mística de los olvidados.

Ahí, sonreía Kevin, que dejó de sonreír en Zavaleta, acurrucado debajo de la mesa, adentro de su casa, por un tiroteo que duró 3 horas, con las Fuerzas de Seguridad escondidas: 105 balas perdidas. Ahí, justito ahí, jugaba María, que dejó de jugar a los 5 años en la Rodrigo Bueno, por un incendio que hubiera sido una anécdota del montón, si se hubiera cumplido la ley de urbanización. Y Facu, que no pudo festejar sus 13, por un árbol que cayó sobre su casa en la villa 21. Y Pascual, que no resistió llegar al hospital en el carro de cartonear que lo trasladó desde la 31. Y Luisito, que gatillo fácil. Y Rodri, que zona liberada. Y Gastón, que pozo ciego. Y Facu Rivera Alegre, que bien gracias… Todo el adentro y todo el afuera; todo eso junto hizo inmortal a la Carpa Villera.

Así empezó todo. Y nunca terminó. Ahora, cuando las uñas de cualquier gato cortazariano hacen sonar estas chapas del techo, vuelven al acecho los chillidos de las ratas que merodeaban aquella zona, usando como cortinas nuestras paredes de lona. Ahora, cuando este guiso pide más carne y menos verduritas, vuelve el sabor de aquellas sopitas que nos alegraban los días, con sus irónicas modalidades bajas calorías. Ahora, cuando estas cloacas traen el aroma del estiércol que subyace bajo los caños sin arreglar, vuelve ese olor a mierda que nos ponía las camas a flotar, cada vez que la lluvia pasaba a saludar. Ahora, cuando este frío se mete por las grietas de los pasillos que aún esperan promesas de ladrillos, vuelve aquel frío que calaba hasta los calzoncillos, cuando tocaba dormir en el hall de asistencia para los vecinos que estaban en abstinencia. Ahora, cuando se cortan estos cables que chorrean colgajos de muerte, entre los tendidos eléctricos colgados de la suerte, vuelve esa luz del sonámbulo metrobus que nos cagaba el sueño sobre una silla, para recordarnos la pesadilla. Y ahora, ahora que quien escribe mueve la rodilla porque la vejiga no puede aguantar, vuelve esa dictadura del prolemeado que supimos instalar, sobre esos inodoros químicos que resistieron nuestras peores conquistas: “¡Los baños son para los huelguistas!”.

Tras pasar 7 décadas en huelga de techo y 53 días en huelga de hambre, hoy seguimos en huelga de respuestas para la emergencia habitacional, la preferencia de las cooperativas que administran de manera discrecional, los alquileres sin regulación y la urbanización con radicación. Pero sí, a la quincuagésima tercera noche, el castillo de nylon se levantó, dejando dos huellas que ningún diario publicó: una lección para la historia y la consumación de la victoria, la nuestra, habernos encontrado, habernos soldado las venas, haber apelado nuestras condenas y haberles quitado la venda noticiosa, además de habernos colado en su agenda mentirosa.

Y entonces un día, ahora sí otro día, los noticieros huyeron detrás de cualquier gilada, confirmando que ninguna revolución sería televisada. Pero la Carpa ya había roto la coartada, urbanizando esa precaria idea de la villa que históricamente vendió la prensa amarilla, para volverla un barrio imaginario, un barrio militante, un barrio itinerante, un barrio que camina para adelante y que jamás en la vida caminará para atrás. Un barrio que no se olvida, nunca más.

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