21 julio, 2016
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Arde olla

Nunca más callarán a los de abajo:
somos paz, somos pan, somos trabajo.

Al ritmo de la marcha cartonera, la resistencia villera emergió esta semana en todas las esquinas, calefaccionando a la cana con 100 ollas clandestinas, para poder llenar la panza con la más calórica esperanza de esbozar una sonrisa capaz de cortar ese alambre, entre los que se cagan de risa y los que se cagan de hambre, los que viven en el shopping y los viven en el parador, los que tienen living y los que tienen comedor, los que piden pasaporte y los que piden Mercosur; el capital de zona norte y la Federal de zona sur. Pues hay que tener la jeta embadurnada de material, para no ver que la grieta sigue siendo horizontal en el suelo más duro del pueblo argentino, donde tantos ruegan al cielo por un laburo genuino. A espaldas de los diarios, empuñando su propia fe, volvieron a marchar los Barrios de Pie, en otra peregrinación sin grabadores hacia la utopía que nos hace caminar, junto a la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, arrancando vendas, reclamando viviendas y gritando en malón toda la semana, para saber cuándo llega la integración urbana. Porque sí, por ahí podemos disentir en ideas o argumentos, pero nuestras asambleas siguen exigiendo alimentos, mientras “el caos” son los cortes en las avenidas, no los cortes de la obras prometidas, ni los cortes del carnicero, ni los cortes del desayuno que nos hicieron parir otro merendero en la 21. Ojalá vengan a conocer todos estos emprendimientos en nuestros propios hogares, para que puedan entender los dos mandamientos populares más importantes de la vida: no se juega con los laburantes, no se juega con la comida.

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