31 julio, 2016
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Mi unicornio azul

Karina Ríos,
mamá de La Garganta,
mamá del Poderoso Merendero de la Villa 31,
mamá de Jessica y Oriana,
mamá de Saúl,
mamá de muchos otros,
mamá de todos nosotros.

¿Dónde andás, hijo? Dónde, dale, todos me preguntan. Necesito saber. ¿Te fuiste? Y esa sonrisa, decime, ¿a dónde te la llevaste? No estás, mi grillito, parece que no estás. Seguro, pero seguro, andás por ahí, esperando que pregunte, para decirme “cri, cri”. Pero ya está, no juguemos más: dejame escribir unas lágrimas, para contarles dónde estás.

 

Hace dos años, ese 4 de mayo, ese eclipse lunar, ese día que se olvidó de terminar, te fuiste, te fueron, nos fueron. Así nomás, con esos pocos soles en los bolsillos y con los únicos 19 años que tenías encima, te sacaron de mis brazos, como si estuvieran robando un bebé, pero no, todos sabemos que no eras un bebé. Eras mi bebé.

 

Inmortalizado en los renglones del revoque sin final, sobre el más poderoso mural, tus amigos sirven de testigos, cuando nos ponemos a charlar, porque las paredes gritan todas, pero esa sabe rapear. Y sí, mi hijito, alguno pensará que estoy loca, porque me mira, te toca y piensa que no estás ahí: perdonalos, no pueden ver adentro de mí.

 

Cegados por los brillos, hipnotizados por sus vicios, miles y miles usan de lazarillos a los prejuicios del noticiero. ¡Y qué quilombo se les arma, cuando les hablo de mi rugbier villero! El Pibe Piola, te bautizó la garganta barrial, por si alguno desconfiara de mi crítica parcial. Y sí, eras fuente de alegrías, una sonrisa pintada todos los días, de todos los modos. ¿Si tenía plata? “Si tuviera plata, la repartiría entre todos”.

 

No había, no hubo, no hay. Pero vos no estabas dispuesto a ninguna negociación que limitara tu derecho a ser anfitrión: caías con dos, con cinco, con diez, una y otra vez, todos inimputables del qué dirán. A veces compartían un té, otras un pedazo de pan.

 

Eso sí, cuando no alcanzaba, no alcanzaba, porque no siempre había para todos, pero su trozo de pan era fácil de reconocer: ése que sobraba, cuando todos terminaban de comer. Con o sin desayuno, perseguía a la pelota por toda la Villa 31. Y así, pateando alguna idea, un día me subió a una asamblea, porque “ése es nuestro lugar”. Desde entonces, me cepillo los dientes y salgo a luchar.

 

Lo mataron. Lo quisieron matar. Lo mataron. No pudieron. Lo mataron. Pero no tuvieron suerte: el amor es el remedio que cura la muerte. Y entonces, cuando alguien me pide que intente describir todo este dolor que a lo sumo se puede sentir, inflo la dignidad, vomito una verdad y me ahorro el chamullo: tengo todo el cuerpo lleno de orgullo.

Saúl está allá, en el rap.

 

Paso, siempre paso por tu altar, un ratito antes de salir a reciclar, como buena sabia: transformo en fuerza la rabia y vuelvo acción la desesperación, de enero a enero. Y para que todos te conozcan, abrimos un merendero. ¿Qué no? Qué sí, cri cri, un espacio libre de cana que dos veces por semana ilumina nuestra callecita con tu nombre, junto a la estrellita del Che. Cada día más hombre, cada día más bebé. Cada día más trabajo, cada día más vida, cada día más paz. ¿Cómo carajo estaría erguida, si no supiera dónde estás?

 

Saúl está ahí, en las gargantas.

Te veo ahí, apurando la chocolatada caliente, mientras te crece el primer diente. Y allá, hundido entre las miguitas después de atacar las galletitas. Y acá, cortando el budín, haciendo buena letra como previa del boletín. Estiro un brazo, el otro, te abrazo, pero no hay caso: de tan cerrados, ¡no pueden ver a un tipo que está en todos lados! Bah, no, falta en el noticiero, pero si quieren filmarlo que vengan al merendero.

 

Allá ellos, Grillo, allá ellos y su venda, si no pueden disfrutarte sirviendo la merienda, ni sonriendo bajo esta enorme sonrisa mía, ni cargándome todas las pilas de energía. ¡No les des pelota, Saúl! Son personas que no vieron ni un solo unicornio azul.

 

Gracias hijo, gracias por esta idea, gracias a mi asamblea, gracias por hacerme crecer y gracias por los compañeros que nunca me dejaron caer. Por vos, por mí, por todo nuestra historia y por tu memoria, vamos a poner este merendero cada día mejor, hasta llevarlo a la cima más alta, para que un glorioso día… Ningún comedor haga falta.

 

Disculpen el misterio, si esperaban leer una historia del más allá.

 

Y disculpen en serio, pero mi hijo está acá.

 

Te amo,

 

Mamá.

Saúl está acá, en el barrio.

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