25 noviembre, 2016
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Violencia literaria

¿qué buscás? ¿una mayúscula? olvidate, imbécil, a tu mayúscula nos la llevamos a la Fuerza, le dimos duro con la barra espaciadora, le cortamos las piernas, le manoseamos las sílabas, le rompimos la cula, le metimos una bolsa en la cabeza, la cagamos a silencios, la hicimos sentir minúscula, le arrancamos la tilde, le partimos las nueve letras y la tiramos adentro de un párrafo, para llevarla en el baúl del autoritarismo hasta un puterío con mayúsculas, en el medio de la yuta, justo donde toma whisky algún editor sin principios, que en realidad es un misógino hijo de ninguna de todas esas putas que tan bien lo podrían haber educado, para saber defender a esa mujer mayúscula que tiene a su lado.

 

Prestá atención, degenerado, prestá mucha atención, porque nosotros no somos caracteres violentos, pero algunos saberes desatentos no logran darse cuenta de que la violencia física funciona como imprenta del diario patriarcado, sobre el cuerpo literario de un género apuñalado. Pues ahora mismo, con permiso del academachismo y sin vacilaciones, nos disponemos a violar todas las oraciones del posteo más feo que nadie haya visto nunca jamás, hasta que toda esta normativa descanse en paz.

 

¿Te dolió?
¿Por qué, si nadie te pegó?

 

¿Más rima? No hay más, chabón, desapareció igual que desapareció Marita Verón. Pero bueh, el signo pregunta porque ya viste cómo son los signos, siempre dando vueltas y poniendo los puntos, como esas mayúsculas madres que salen a buscar las letritas arrancadas de sus teclados por cada diccionario del under bibliotecario, esos antros de sustantivos como cucarachas, explotados sexualmente por la real academia de policías y esos comisarios entre comillas, tan armados siempre de guiones. Bien podrían investigar al signo de interrogación, hasta que sus secuaces de exclamación griten dónde carajo están los paréntesis que tienen las llaves de los cuartos oscuros donde botan las rimas. Pero no, todo es un invento de la prepotencia literal. No vengan con el cuento de la violencia institucional.

 

Mucha «X», mucha «Y», mucha triple «X» por ahí, desvirgando a la inocencia virtual a fuerza de violencia sexual. Qué carajo tiene que hacer esa «x» tocándole el orto a todos los adjetivos, mientras otra «O» saca el pito desde el taxi, para travestirse cual «Q» y poder puertear a la «U» en cualquier lugar. ¿O qué tipografía de bien podría resistirse a las provocaciones evidentes de esa «V» que se abre de gambas? Cómo pretender entonces que no le partan una «T» en la cabeza e intenten amordazarla como a la «H», hasta dejarla inconsciente como a la poesía que agoniza en otra XXX, para después eyacular sus contrapuntos, sin estribos, entre golpizas infernales… Ojo, tal vez eran puntos suspensivos transexuales.

 

¿Saben qué son, estas letras vagas que rompen las pelotas en el Día de la Eliminación Contra la Violencia de la Mujer? Machinazis son, machinazis que demonizan los artículos masculinos, pero a su vez se maquillan con putitas metáforas, para que les digamos piropos cuando pasan por la obra, sí, por esta obra literaria que les provoca bostezos o irritación, porque no hace buena letra como quiere el patrón. Pobrecitos, esos monosílabos gedientos: tal vez necesiten un casting sábana, para ver si alguna «a» se gana el puesto de alguna «O», con un salario infinitamente menor, porque sí, separadas la «T» y la «C» parecieran ser hembras con espaldas, pero TyC no tiene lugar para las mujeres. Y menos para las mujeres gordas. ¿Testigos? ¿Violencia laboral? No, amigos, eso se llama desorden nutricional.

 

Ay, ay, ay, ¿no será esto la violencia psicológica? Por favor, qué teletipos más ineptos, buenos para nada, por qué mejor no escriben manuales de conducir. ¿O no vieron como conducen? Gelblung, Andino, Tinelli… Los hombres de la tele son horribles manejando, pero acá la culpa la tenemos nosotras, las palabras que los psicologiamos, como si no fueran ellos los que se embarazan del mercado para seguir cobrando la Asignación Universal por Pito. Que se callen, ¿o por qué no lo pensaron antes de abrir las piernas de sus gobiernos, de sus empresas, de sus ideas? Bien que lo disfrutaron eh, así que ahora pujen y desocupen el párrafo que lo necesitamos. Ahora sí, digan nomás que los sujetos también padecen violencia obstétrica, como esos nobles enfermeros de los análisis semánticos, que jamás en su heterosexual vida engendraron un embrión, ni le pusieron el acento a una contracción, pero deben atender a las negritas de ningún texto que se dejan manipular por un plan, de vida, sin título, ni bajada, a las sombras de una elegante itálica o la mayúscula inexplicable de un Poder que no tiene nombre.

 

Y no, este violento texto no terminaba asfixiado por la «o», ni andaba por la vida con las letras al aire, ni se prendía fuego a lo zonzo, ni recibía 114 puñaladas en el epílogo, ni resultaba abatido en una salidera literaria, ni se caía desplomado por un apagonazo frente a la casa de la cultura, ni se moría fusilado por su amenaza a la literatura, pero bueno, se metió en la casa de cualquiera. Y la historia terminó mal.

 

Punto final.

 

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