26 julio, 2017
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Tribuna de doctrina

* De La Garganta Poderosa,
para la Revista UN CAÑO

 

Guarda, en serio, cuidado, parece un triste texto abandonado, pero hay muchos del otro lado. Y sí, el consumo problemático de periodismo puede llevar al negacionismo, cuando los adictos se pegan un saque, así, fumándose la pasta del papel, aspirándose todas las líneas, inyectándose silencios o tomándose las apostillas sintéticas, en pleno after hour del fútbol privatizado, precarizado, demonizado y victimizado, en el narcomenudeo de la desinformación.

 

 

¿No quieren hablar del Estado?
Hablemos de La Nación.

 

Porque no, no vamos a quedarnos con esas letras atragantadas en las pelotas, ni vamos a naturalizar el cinismo de las botas que históricamente nos han aplastado, para que el negacionismo del presente no huela a pasado. ¿No lo ven? Ahí está, vomitado sobre sus páginas deportivas del último lunes, todas pegoteadas por fluidos racistas y efluvios clasistas dirigidos a la ranchada, porque total, no pasa nada. Por nuestros semilleros y por todos esos potreros que siguen pariendo al fútbol, sin código de barras, hoy salimos a gritar que sí, «los clubes y los jugadores son rehenes sin esperanza de una realidad atroz», tal como titularon, para criminalizar a nuestros barrios, como si no fuéramos nosotros los verdaderos rehenes sin esperanza de una realidad atroz que padecemos desde hace décadas, cuando los Mitre comenzaron a edificar estos muros que todavía levantan, invisibilizando a estas Ciudades Ocultas que siguen arruinando la Fiesta de Todos… Y sí, «el fútbol es el opio de los pueblos», dice la gilada.

 

No sabemos cuánto entienden de fútbol,
¡pero de pueblos no entienden nada!

 

Canal de acceso a la autoestima, la belleza, la calidad, la picardía y la construcción colectiva, el potrero nutre a nuestras villas tanto como nuestras villas nutren al fútbol, pero «la inseguridad es evidente en las cercanías de las canchas», según observan, como si esa población «marginal» no fuera parte de los clubes, como si los clubes no fueran parte de la sociedad, como si la sociedad no fuera parte del quilombo y como si el quilombo no fuera ese abandono del Estado que viven alentando todos sus directores técnicos, subidos al paravalancha, ante una tribuna de doctrina congelada desde la era paleolítica de la estigmatización…

 

¡Es la política, campeón!

 

Y sí, la política son los partidos, esos que se juegan bien y esos que se juegan mal, pero también somos nosotros, esos jugadores que nos caemos bien y esos jugadores que nos caemos mal, todos, incluyendo a los francotiradores de las clases altas, tan altas como sus montañas de sobres, ¡tan altas que no ven a los pobres! «Frente a Victoriano Arenas, en la otra orilla del Riachuelo, está la villa Zavaleta», mienten, los nazionalistas, porque consideran poco ético hablar sobre Racing sin haber ido al entrenamiento de Racing, pero les parece fenómeno escribir sobre las villas, cuando no las conocieron ni por el Google Map: la vera del Riachuelo no queda en Zavaleta, pertenece a la Villa 21-24, se llama «Camino de Sirga» y se ha vuelto tristemente célebre por la incesante lucha de 1334 familias, que aguardan la relocalización. «Zavaleta, una de las más peligrosas de la Ciudad», agregan, pero no agregan que tal Ciudad está gobernada por sus amigos hace 10 años y que nuestro «Núcleo Habitacional Transitorio» ya cumplió medio siglo, sin gas, sin teléfono, sin tendido eléctrico de calidad y sin una sola ambulancia…

 

Se embalan con su propia maldad,
pero se resbalan con su propia ignorancia.

 

«La Isla Maciel es un mundo aparte», opina la Policía, que administra el delito en ese mundo aparte. Y en el otro también. Pero «el fútbol tiene miedo, espejo de una sociedad alarmada», dicen ahora, esos que nunca dicen nada. Que «los pibes juegan con vainas servidas en la cancha de Merlo», se grita. Que la gorra secuestró, torturó, mató y desapareció a Luciano Arruga, se calla. Que «el fútbol se encuentra en constante erupción», se grita. Que se llenan de guita vendiendo lava, se calla. Que «unos pelean por millones y otros para manejar barrios», se grita. Que unos son empresarios y los otros funcionarios, se calla. Que «se disputan el manejo de los delitos», se grita. Que se los disputan en una comisaría, se calla. Que los «barrabravas están dentro de los presupuestos de los clubes», se grita. Que mucho más adentro están de sus aliados políticos, se calla. Pero ojo con el periodismo que niega el negacionismo, ojo cuando piensa la villa, ¡porque se queda sin televisión! Y ahí está el tema…

 

La prensa amarilla no es la solución,
sino parte del problema.

 

Se horrorizan, los editorialistas del horror, señalando que algunos jugadores deben esperar el colectivo adentro del club, pero en esa misma vorágine tenebrosa de caracteres negros, con capucha, visera y equipo de gimnasia, enfatizan que «por el miedo, la captación de jugadores queda relegada a chicos de la zona». O sea: esos mismos cracks que aguardan el transporte público a resguardo del afuera, se vuelven maleantes peligrosísimos al haber traspasado la reja… Bien, debemos ser cortos de vista para la comprensión de ciertos conceptos, pero no somos tan ciegos como para no ver los moretones que nos dejan en el cuerpo, cuando publican que «hay clubes expuestos a la intemperie, porque no cuentan con dinero para blindarse con medidas de seguridad». Ajam, o sea, ¿garitas como aquella donde torturaron a nuestros compañeros Iván y Ezequiel? ¿Gendarmes como ésos que reprimieron el comedor infantil de Lanús? ¿Prefectos como ésos que liberaron la zona cuando mataron a Kevin? ¿Bonaerenses como ésos que secuestraron a Jorge Julio López? ¿O Metropolitanos como ésos que dejaron cuadripléjico a Lucas Cabello? Pues sí, aparentemente sufrimos muchas inseguridades, pero tal vez no sea tan fácil comprarlas…

 

Si quieren Fuerzas de «Seguridad»,
¡aprendan a controlarlas!

 

Cuanto más pequeño es el club y más chica la categoría, «la ciénaga se vuelve más pestilente», sí, así, textual, casi tan pestilente como la doble moral. «Hospitales atacados, comisarías incendiadas y aulas violentas», ¡se imprime! Salitas sin insumos, destacamentos como aguantaderos y escuelas sin vacantes, ¡se reprime! «Piquetes sin control, calles salvajes y estatuas decapitadas», ¡se imprime! Todo un invierno sin luz, mujeres apaleadas y niños baleados, ¡se reprime! «Marginalidad, exclusión y delincuencia que también capturaron al fútbol», se imprime, para que siempre prime la mezquindad, en cada notón que marca la diferencia, entre los gerentes de bien y los indigentes que nos empujaron al abismo…

 

Marginalidad, exclusión y delincuencia,
que también capturaron al periodismo.

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1 Comentario;

  1. EL COSTO DEL SILENCIO
    Por: Eduardo Di Cola*

    Cuando los pies nos quedan al descubierto y se pone en evidencia que la frazada es más corta de lo que se suponía, comienza la etapa de los reproches mutuos y de la disputa para ver quien aporta lo que falta. Hoy se levantan las voces de quienes defienden sus espacios de gestión. Cada uno de los gobernadores e intendentes argumentan las razones por las cuales no es a su distrito al que le toca hacer el esfuerzo.
    No había dudas, quizás no para todos, pero seguro que para muchos, que esta coyuntura llegaría, solo restaba saber el cuando. El momento es ahora y aparecieron los tironeos entre el gobierno nacional y los gobernadores e intendentes. En esa disputa hay dos excepciones, la ciudad y provincia de Buenos Aires. Ambas se corrieron evitándose el desgaste de la pelea. La primera lectura nos conduce a justificarlo desde la pertenencia y afinidad política. Naturalmente que algo de eso hay, pero no es lo fundamental. Cuando el amarillo teñía con su alegría a los diferentes sectores, el presidente Macri aprovechando el silencio complaciente, cuando no cómplice, mediante Decreto Nº 194/16, de manera inconstitucional dispuso que a partir del 1º de enero del 2016 el porcentaje de coparticipación de la ciudad de Buenos Aires pasara del 1,4% al 3,75%. En valores presupuestarios del mencionado año le significó un extra de $16.747 millones, de $9.977M saltó a $27.724M. Llevándolo a términos comparativos para dar una idea de su impacto, el incremento en aquel momento equivalió a un 25% de lo presupuestado en concepto de impuestos a los inmuebles y a los automotores sumados. Obviamente que quien se benefició en más, lo hizo en desmedro del resto de las provincias que se perjudicaron con menos. Después le tocó a Vidal, que con la amenaza de un reclamo ante la Corte y para que «la sangre no llegara al río», se llevó para la provincia de Buenos Aires $40.000 millones para este año y $65.000 millones para el que viene. A esta altura a la Capital Federal ya le habían transferido con los recursos presupuestario la Policial Federal. Es decir, las provincias pagamos nuestras propias fuerzas de seguridad y además le pagamos la policía a los porteños. No haber puesto en superficie esta situación, con la contundencia y claridad que en el debido momento correspondía, permite a Rodriguez Larreta y a Vidal mostrar como mérito de sus gestiones, lo que en realidad es fruto de un costoso regalo que de manera prepotente el gobierno nacional nos hace pagar a todos los argentinos.

    *Diputado Nacional (Mandato Cumplido)

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