10 septiembre, 2017
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Haga circular esta convicción

 

Un día decidimos cubrir un Mundial adentro de una favela, sin manual, ni novela, ni algún aporte de publicidad: si ellos usaron el deporte para tapar crímenes de lesa humanidad, nosotros podemos usarlo para mostrar la verdad. A contramano, nos pusimos la remera de Luciano y denunciamos su desaparición forzada, mientras otros repetían la jugada. Y desmitificando la sarasa de los «sin voz», desafiamos la «amenaza» de Ciudad de Dios, para disfrutar un amistoso más que poderoso y para despegarle al fútbol incautado las etiquetas que le puso el mercado. «Opio de los pueblos», dice la prensa especializada, que sabe poco de fútbol. Y de pueblos no sabe nada. Pues todo el crecimiento de nuestro movimiento, estas 44 asambleas en la Argentina y otras 8 de América Latina, nunca obedece, ni obedeció al dinero…

Mal que les pese, 
floreció en un potrero.

Entre goles redondos y canciones rengas, el arte y el deporte parieron las arengas que hicimos escuchar, desde una manga bien, pero bien popular, ésa que salió del baldío para unir a Julio López con Lío, para que Román denunciara a las Fuerzas de Seguridad, para que Diego reclamara a Carrera en libertad y para que las víctimas del Sarmiento se hicieran escuchar, mediante la garganta de Lucha Aymar. ¡Qué opio nos habríamos fumado, si no los hubiéramos escuchado! Ahora, ídolo, ídolo, ídolo, nuestro ídolo mayor es Martín, un jugador que nunca fue tapa de Clarín, otro luchador entrañable, aunque nunca te hayan dicho quién carajo es…

Suena razonable,
en el reino del revés. 

Ciclista, rugbier, maratonista, revolucionario, supo trazar un sueño en el vestuario de Porteño, en las rutas nacionales y en las manifestaciones sociales, sin aflojarle, en cada empleo, en cada pique corto, en cada competencia, ¡hasta pegarle un boleo en el orto a la indiferencia! No lo deshidrataron cinco décadas de transpiración, ni haber chocado en moto contra un camión. No bastó nada de eso, para que descansara: pedaleó de La Higuera al Congreso, para homenajear al Che Guevara, sacudiendo adormecidos y reapareciendo desaparecidos a coro, porque sí, tiene un corazón de oro, un desinterés de plata, un espírtu de hierro.

¡Y una pata de fierro!

No, seguramente no lo verá por televisión, pero ese chabón que todavía sueña, volverá a correr hoy la media maratón porteña, acorralando al silencio que gobierna, con una prótesis en la pierna, sin detenerse jamás: no se pierdan a Martín Sharples, persiguiendo al Nunca Más. ¿Y vos, que tenés los dos pies? Frente a la prensa marketinera, ante propios y extraños, volviendo a esa carreta después de 17 años, irá en representación de las villas, con 52 barrios adentro de sus zapatillas, con la certeza de algo haber hecho y con una pregunta en el medio del pecho, para que la memoria corra hasta la victoria y para que nadie jamás nunca pierda contra el Estado… 

¡Dónde mierda está Santiago Maldonado!

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