18 noviembre, 2017
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Orgullo nacional

 

Mientras la prensa sea sorna, el barullo será reaccionario.
Y mientras la vergüenza sea norma, el orgullo será revolucionario.

 

“Así como no es fácil ser pobre, no es fácil ser transexual. Tenemos derecho a trabajar y muchas hemos estudiado, pero la mayoría de las chicas no encontramos otra alternativa que salir a hacer la calle. Yo intento manejarme por mi barrio, donde me conocen, pero igual me da miedo, porque estamos desprotegidas frente a tantos travesticidios. Y por eso, hoy gritaremos por un avance urgente hacia el cupo laboral trans, que está incluso más cerrado en el sector privado. Si tengo un documento de mujer, se lo debo a esa Marcha del Orgullo que nos anima a seguir dando pelea, hasta obtener todos nuestros derechos”.

 

Natalia Olmedo, 39 años.
Barrio Pellicier, Las Heras, Mendoza.

 

“No sólo voy a marchar, voy a vestirme como a mí me gusta, voy a bailar y voy a ser una loca más. Acá, como en casi todos los barrios, hay mucha discriminación. Y entonces frecuentemente me veo fingiendo algo que no soy, usando ropa más holgada o moviéndome ‘como hombre’. De hecho, trabajé como mecánico y me despidieron por ser homosexual, alegando que podía mirar con otros ojos a mis compañeros y eso podía dejar mal parado a mi jefe. Es más, con mi propia familia, en ciertas ocasiones prefiero actuar para llevarme bien, ya que mis hermanas piensan que la homosexualidad es una enfermedad… Ojalá que algún día pueda caminar libre por la calle, tomando de la mano a mi pareja. Por ahora, sólo me lo permito en algunos lugares, lejos de mi barrio. Y sí, también espero que la prostitución no sea la única salida laboral posible para nuestra comunidad”.

 

Alfredo “Toto” Carrera, 50 años.
Zavaleta, Capital Federal.

 

“Cuando pienso cómo expresar mi identidad, me reconozco estudiante de Trabajo Social, empleada en una fotocopiadora y travesti. Pero todos los demás avances conseguidos por la comunidad LGTBQI se fueron por la borda: hoy no tenemos anticonceptivos para las compañeras que trabajan en la calle, ni medicamentos para las personas con VIH. Los gobiernos pasan y, sin embargo, quienes tenemos que transitar la prostitución para poder sobrevivir, seguimos estando en la misma situación. Voy a la Marcha del Orgullo, sí, pero la vivo como una fiesta dolorosa, porque nació de las compañeras asesinadas. A ellas, nos debemos. Necesitamos continuar esa lucha que iniciaron Diana Sacayán y Lohana Berkins, para sacar miles de cuerpos a la calle, reivindicando nuestros derechos hasta demostrar que sí, que sí existimos, que sí luchamos, que sí vivimos”.

 

Iara Quiroga, 29 años.
Barrio Bajada Grande, Paraná, Entre Ríos.

 

“La villa, en términos generales, no es marxista, ni feminista. Por eso me resulta tan difícil ser quién soy. Reconocer mi identidad tiene un trasfondo que he ido transitando a lo largo del tiempo. Primero tuve que descubrirme y después visibilizarlo, porque acá se nota más el machismo y sólo te deja dos salidas: adaptarte o ser un marginado, tanto en la escuela como en el barrio. Sinceramente, es muy duro sentir que rompés con toda esa idealización que impone tu familia. Pero además, ser pobre no te permite disfrutar de una sexualidad plena, porque tenés que resolver cosas más urgentes que pensarte como vos mismo. Por mencionar un ejemplo, si te comportás de tal o cual manera, no te toman para laburar como albañil y entonces debés forjar una carcasa para poder trabajar, intentando evitar tanta violencia, sólo por ser como sos”.

 

Iván Carvajal, 22 años.
Barrio 15 de Septiembre, Salta.

 

“A lo largo de mi vida, me reconocí durante mucho tiempo como heterosexual, hasta que me enamoré de una mujer. Ahí comencé a entender que mi sexualidad podía mutar, que nada era para siempre. Y hoy, me reconozco bisexual. Fue un recorrido difícil, sí, porque realmente sufría al no poder expresar libremente mi amor. Pero empecé a discutir aquello invisibilizado, sobre todo en los barrios, como las diversidades sexuales. Y de la sociedad ya no espero tolerancia, sino aceptación. Quiero vivir mi libertad, que no daña a nadie”.

 

María Claudia Albornoz, 52 años.
Barrio Chalet, Santa Fe.

 

“Hola, qué tal, gay, sí, me defino gay. Trabajo en un local de ropa, me gusta cocinar y me apasiona participar del espacio de Comunicación de La Poderosa, dentro de mi barrio. A decir verdad, hoy noto bastantes avances en cuestiones de género, porque no solamente se ven parejas heterosexuales. Sin embargo, de parte del Estado, hay puros retrocesos en políticas públicas, acentuando todos esos estigmas de la ‘gente rara’ que todavía considera ‘gente rara’ a homosexuales, lesbianas y trans”.

 

Néstor Calderón, 27 años.
Barrio Altos San Lorenzo, La Plata, Provincia de Buenos Aires.

 

“Hace 15 años, siendo trans, debí comenzar a trabajar en la calle, porque nadie me quería emplear. Y ahora no me puedo parar sola, pero resisto gracias a mis amigas, que me cuidan como las cuido yo. Porque sí, a mí me encantaría laburar como peluquera y sería un verdadero alivio, ya que estoy delicada de salud. Pero no es fácil. Cuando llegué al barrio, salíamos a buscar un sustento y nos tiraban piedras, nos decían de todo, por nuestra orientación sexual. Ahora, si bien seguimos padeciendo cierta hostilidad, eso cambió porque muchos nos conocen y nos hicimos respetar. Aun así, a horas de mi primera Marcha del Orgullo, me siento nerviosa, pero ya participé del Encuentro Nacional de Mujeres con La Poderosa, y fue una experiencia bárbara, porque finalmente pudimos gritar eso que antes no podíamos: ¡Existimos! Las transexuales somos seres humanos, con ojos, orejas, boca y, sobre todo, derechos postergados… Así que, de corazón, aprovecho este espacio para rogarles que nos acepten en los distintos espacios, para poder algún día dejar la calle”.

 

Zulma, 30 años.
Barrio Rodrigo Bueno, Capital Federal.

 

“Actualmente, puedo decirles dos cosas: soy gay y me siento bien. Antes no podía. Aún recuerdo cómo me impactaba la libertad que ostentaba un amigo homosexual, cuando me ayudó a contárselo a mi familia. Mi mamá me contestó inmediatamente que yo no debía ser así, pero le respondí que no iba a cambiar. Y con el paso de los años, ella fue asimilándolo hasta comprender y respetar mi sexualidad. Para mí, esa situación representa un tiempo pasado, pero no para el conjunto de la sociedad. De hecho, ahora mismo me toca revivir todos esos nervios, cuando veo llorar a mi novio, con quien estoy hace 11 meses, porque todavía no lo pudo contar”.

 

Agustín González, 18 años.
Los Pumitas, Rosario, Santa Fe.

 

“A los 22 años, me identifico como mujer. Participo del comedor ‘Los Gracitas’, que funciona adentro de mi casa, donde doy clases de zumba y hacemos radio los sábados. ¿Por qué marchar hoy? Porque gracias a este orgullo dejamos de sentirnos extraños y podemos manifestar claramente que nuestros derechos deben respetarse, tanto como los derechos de todo el resto. No importa si sos heterosexual o gay, porque cada persona debería ser dueña de su libertad, aunque algunos piensen diferente. Quizá por eso, en un futuro, me gustaría dar charlas en el barrio, para ayudar a que mi comunidad pueda comprender la diversidad”.

 

Luciana Ledesma, 22 años.
Barrio Santa Rosa, San Fernando, Buenos Aires.

 

“Yo pude reconocer mi homosexualidad a los 28 años. Y hasta ese momento me drogué mucho, porque no quería mostrarme como era: creía que estaba mal eso que sentía. Ahora me dedico a estudiar y hago fotografía, pero me terminé distanciando de mis amigos de la infancia. Quizá los veo, pero no puedo hablar libremente, porque aquí el machismo es muy fuerte todavía y sigue mirando raro a la homosexualidad. Por eso creo que necesitamos generar más espacios como La Poderosa, donde podamos trabajar todos los temas de género, hasta lograr deconstruirnos, junto a la realidad. Para mí, esta será la primera Marcha del Orgullo y así mismo iré, orgulloso, para seguir avanzando por nuestros derechos, sin renunciar a nuestra identidad”.

 

Manu, 30 años.
Villa 21-24, Capital Federal.

 

“Cuando le conté a mi mamá que yo era lesbiana, se lo tomó a mal y me dijo que no podría salir nunca de ‘esto’, como si fuera una enfermedad. Por suerte sí tuve el apoyo de Paula, mi compañera, que me ayudó a estudiar la carrera de Agente Sanitario y hoy toda mi familia la re quiere. Tengo hijos y hablo mucho con ellos sobre este tema, para que sepan que cuando uno elige a otra persona del mismo sexo, también lo hace por amor. Poco a poco encontré mi espacio de cuidado y contención, en las asambleas o mateadas de mujeres, donde me siento yo misma. Ahí me cubro con un manto de acero, entre las balas de la discriminación”.

 

Liliana López, 30 años.
Barrio Madres a la Lucha, Río Gallegos, Santa Cruz.

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