25 mayo, 2018
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Que vos y la Patria se lo demanden

 

Hace dos semanas, sentamos en el banquillo por primera vez a los grupos de tareas que regentea Patricia Bullrich: 6 prefectos procesados y enjaulados en prisión preventiva, por haber torturado a dos compañeros con prácticas aprendidas del Nunca Más. ¿De qué pasado hablan? El secuestro, la denigración y el simulacro de fusilamiento sucedieron ahí, en la Villa 21-24, a diez minutos del obelisco, en tiempo presente, el 24 de septiembre de 2016. Y no fue fácil hacer pública la denuncia, poniendo la jeta y el nombre, pero mucho menos fácil ha sido sostenerla, mientras nuestras familias continúan «custodiadas» por socios, secuaces y cómplices de la misma mafia lícita. Al volver de C5N, la primera vez que Iván se atrevió a detallar el calvario que había padecido, debió llegar corriendo hasta su casa, corriendo del miedo y del uniformado que le gritaba: «¡Fuiste vos, ya vas a ver!».

Hace dos semanas, comenzó el juicio oral y llegó la hora para Ezequiel, que apenas tenía 15 años cuando lo detuvieron por la incompatibilidad entre su costosa campera y sus prejuicios baratos, antes de verduguearlo, secuestrarlo, cagarlo a trompadas, encapucharlo, torturarlo y forzarlo a rezar un padre nuestro de rodillas, con una pistola en la sien. Valientemente, volvió a gritar, volvió a recordar, volvió a declarar. Y hace una semana, sí, este último viernes 18, debió volver a correr por su vida, por su valentía y porque otra jauría de prefectos lo perseguió acusándolo de «buchón». A la misma hora, idénticos fantasmas con escopeta y sin identificación encerraban a Mariano en un callejón del barrio, para preguntarle si realmente se creía a salvo, «por ser parte de La Poderosa». ¡Ojalá! Pues tristemente no hay una persecusión a una organización, hay una persecusión a una generación entera, que no tiene canales para visibilizarlos, ni visibilizarse. Y cuando los tiene, los paga.

Muriendo.

¿O por qué no denunciamos estas nuevas amenazas hace una semana? Lo hicimos, pero no acá, sino en la Procuraduría contra la Violencia Institucional. ¿Y por qué no en todos los medios? Porque debimos discutirlo, discutirlo mucho. Sabemos cuánto nos costó, nos cuesta y nos costará romper los estigmas alimentados por la desinformación que produce la industria de las noticias, socia boba o macabra del narconegocio policial. Y entonces cada vez que presentamos una denuncia sin dar los nombres propios, nuestra Garganta recibe un tiro en su legitimidad, acusada de operar al servicio de nadie sabe quién, aun siendo uno de los pocos medios que no contó jamás con un solo peso de pauta oficial, ni publicidad comercial. Obligados a dar cotidianas pruebas de buena fe, terminamos siendo los vecinos quienes asumimos los peores costos, no sólo ejerciendo el Control Popular a las Fuerzas en el territorio, sino también exponiendo sus mecanismos ante la sociedad, con los riesgos que implica romper ese histórico pacto de silencio, para que todo lo que nace adentro de la villa, adentro de la villa pueda morir.


Minutos después de haber dado la jeta, los documentos, los testimonios, tanto Iván como Ezequiel fueron perseguidos, literalmente, hasta sus casas. Y por eso este 25 de mayo no tenemos un carajo que festejar: tenemos la necesidad de gritar que acabamos de presentar 6 denuncias más por similares y recientes casos de torturas, en la Villa 21-24, entre abril y mayo. Seis casos de tortura, todos de Prefectura, en el mismo barrio, en sólo dos meses, en pleno juicio, con métodos espeluznantemente repetidos de manera feroz y atroz: palizas desquiciadas y prácticas humillantes, que van desde conciertos a punta de pistola o largas horas arrodillados bajo la lluvia, hasta sucesivas sesiones de «levantamuertos». ¿Y eso? La última tendencia: gas pimienta en los ojos de chicos maniatados, para verlos retorcerse en el piso. ¡Porque algo habrán hecho! Algo habrán hecho, como los 30 mil y como Facundo, el nenito baleado en Tucumán, ¿se acuerdan? Pasó de moda, sí, pero nunca se halló su ADN en el revólver y en cambio sí dieron positivos los controles de marihuana y cocaína en los policías que lo llevaron hasta el Hospital Padilla, «atropellado por un auto», sin acreditar que tenía una bala en la cabeza. No se trata de partidos, ni patriotas, se trata de los Derechos Humanos que juramos salvaguardar, cuando nos prometimos que no volvería a pasar. Y se trata de gritar, sin cámaras de televisión, desde la más profunda desesperación.

¡No se deje colonizar!
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