18 junio, 2018
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La pena máxima

 

Todo inhumano, pero qué sano respirar esta revolución, este curso intensivo, esta cátedra de educación popular en vivo, este aluvión que se vuelve un exhorto frente a la realidad, por la despenalización del aborto o la legalización de la libertad. Porque sí, ahora lo vemos, ahora ya sabemos que no mandan los mitos, ni la chicana, ni el qué dirán, ¡que nos robaron los gritos de Diana Sacayán! Que Gabriel David Marino no solamente era un asesino, un mercenario o un criminal, sino un sicario de la moral que nos quiso cazar en todo momento, con su triste repertorio de televisión: intentó asesinar al Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación, un viento de humanidades que parió tempestades hasta volar el techo del ataúd, para que nunca más nadie nos pueda negar el derecho a la salud. No quería matar a cualquier ser humano, quería concentrar todo el poder en una sola mano, pero perdió la pulseada contra la vilipendiada sororidad que viene creciendo y ardiendo desde abajo, aunque no sea noticia, ésa que se volvió Programa «Dignidad, Trabajo y Justicia», ésa que marcó el eje del periódico «El Teje», en el amanecer inclusivo del periodismo autogestivo que los agobia, cuando escriben con racismo, cuando hablan con xenofobia, cuando imponen sus verdades tan verdaderas. Pues sin embargo, ya no tienen excusas valederas, lo vendan como lo vendan: háganse cargo y aprendan.

No se juzgó ningún «homicidio», señor.
Se condenó un travesticidio, con la pena mayor.

Diana no murió una mierda, Diana volvió a nacer y volverá a volver pierda quien pierda, porque la poesía no entiende de hipocresía frente a la cana, ni cuando la enterraron, ni cuando le restaron honores. A Diana, la mataron en Flores. No soportaron su llama, literal, ni sus «quehaceres», la apuñalaron sobre su cama, en pleno Encuentro Nacional de Mujeres, para sostener la doble vara, para no padecer su valentía o para esconder su asamblea, como si no supieran que se volvería marea. ¡Arriba las travestis militantes! Y abajo los ignorantes que todavía se niegan a investigar para saber, que no quieren preguntar, porque temen aprender. Mala suerte, para ellos y para la muerte, que ahora no entiende nada, cómo se puede sobrevivir entre abrazos tras recibir 13 puntazos en el cuerpo de la transformación: nunca vale la pena, cuando se condena a un cagón. Que no actuaba en soledad, sino en complicidad con todo un sistema que sigue siendo el problema, cuando calla por conveniencia, cuando ni cubre la sentencia, cuando no revisa detrás de sus puertas, cuando revictimiza a sus muertas. ¿Saben cuántos años vive una trans, en promedio, escondida o perseguida? No supera los 35 años de vida, una vida que apenas cobrará fama cuando pueda ser «espuria», porque sí, «en alguna cosa andaba»…

Se llama Furia,
¡poderosa y trava!

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