1 julio, 2021
, Invierno

Crónica Fría

Crónica fría

Suena la alarma. Son las 6 de la mañana, nos despierta el silbido del invierno crudo anunciándose en la ventana y ya estamos estremecidas de tanto acurrucarnos por la helada en el barrio Los Álamos de La Matanza. El techo de chapa no dio tregua durante la noche en nuestra casa, pero no hay tiempo para quejas. Cruzamos la puerta cubierta de frazadas a las 7 para ir al merendero y el clima no tiene piedad: en el camino al trabajo, arremetemos una furiosa caminata sin ver nada, a orillas del río Morales; la espesura de la neblina y el sonido del viento, que tapa el recorrido del agua, no nos permiten pensar en nada más que llegar a destino.

La pieza donde amasamos el pan que acompaña la copa de leche es de 5 por 4. No tenemos calefacción; empezamos a cocinar con leña, al aire libre, con la temperatura que todavía nos congela las manos y el cuerpo. Ya es mediodía, paramos sólo un momento para mirarnos, y encontramos un poco de calor cuando recordamos el motivo de nuestro trabajo: las 200 familias están por venir a buscar la vianda.

Transcurre la tarde en el barrio Los Hornos, en Mendoza, la temperatura desciende y comenzamos la expedición para conseguir leña con la montaña en el horizonte. Dejamos los carros y atravesamos un zanjón empinado por el que corre agua, haciendo equilibrio sobre un tronco viejo que oficia de puente, concentrando la mirada en nuestros pies, cada vez más fríos, para no caernos. Del otro lado nos esperan fincas abandonadas y seguimos caminando, mientras se nos va toda la tarde en el intento de traer unas maderitas a casa.

Son las ocho de la noche en Santiago del Estero; volvemos de laburar después de caminar barrios enteros para encontrar alguna changa. A pesar del agotamiento, debemos buscar ramas para hacer brasas y calentar el hogar de a ratitos. La casilla donde vive Hugo, vecino del barrio Bosco II, es de nylon y madera; el baño es un balde y el colchón es una lámina que se congela cuando toca el suelo. Él, al igual que tantas vecinas y vecinos, tiene miedo de no despertar a la mañana siguiente por las bajísimas temperaturas. Nos acostamos temblando, y la preocupación nos carcome la cabeza porque termina el día: sólo queda esperar, otra vez, que suene la alarma.

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