17 septiembre, 2009
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Tres años sin voz

Jorge Julio LópezHace 1.095 días que nos sangra la memoria. Colmado de ausencias un estadio vacío, vaciado, enmarcaba la celebración de la nulidad de las leyes, postergada por la obediencia debida de gobiernos democráticos a viejos intereses políticos y económicos, sin punto final. Mucho más tarde que temprano, pero antes de su ansiada partida, la derogación del perdón menemista arrojó sobre el estrado a la impunemente insoportable vejez del comisario ¿retirado? Miguel Etchecolatz, Director de Investigaciones de la Provincia de Buenos Aires durante la última dictadura militar. Tres décadas habían pasado desde el horror que Jorge Julio López debió vivir en tres centros clandestinos de detención. Tres décadas con democracia. Tres décadas sin revancha. Tres décadas con lucha. Tres décadas sin 30 mil.

Con las fuerzas que el dolor de sus entrañas estiró hasta a su cerebro, Julio recordó y expuso, en juicio oral, tanto como pudo de todo lo que no pudo olvidar, de aquella pesadilla, de cada noche eterna, de cada día interminable entre el 21 de octubre de 1976 y el 25 de junio de 1979. Casi tres años había estado secuestrado, privado de dignidad, de integridad, de identidad. Casi tres años había estado desaparecido. Casi tres años. Casi tres años.

Querellante clave de la causa que encerró para siempre a Miguel Etchecolatz en una cárcel común, la memoria de López involucró en el juicio a más de 60 integrantes de las fuerzas represivas. Jorge Julio López«¿Quiere que se lo describa? Usted llegaba al destacamento por el frente, que tenía una puerta con todos los ladrillos a la vista, tomado con cuchara así vio, nada más, y adelante había una canilla de agua, de la que nos dejaron tomar un poco de agua nada más. Íbamos en unos Torinos negros, que tenían los zócalos pintados abajo, y cuando venía la ‘pesada’, como ellos le decían, venían todos en Torino haciendo ruidos, con los escapes, y después entraban adentro, como drogados. Usted los veía, y a alguno se lo veía con los cachetes así, o esta parte de los ojos colorados. Parecían unos demonios…”. Su voz altisonante, desgarradora, supo relatar en detalle las atrocidades de un monstruo, para volverlas reja, para volverlas justicia. Con la boina puesta, con los huevos puestos, nos erizó la piel, pero la enorme mayoría de los desenmascarados en sus relatos continúa en libertad. Y ahora nos eriza el alma.

Se cumplían 30 años de lo que Nunca más cuando Una vez más. El 18 de septiembre de 2006, debieron secuestrarlo otra vez. No se trataba la militancia entonces de un virus de su juventud. No se trataban los valores de una moda setentista. Y no se trataba tampoco de un viejo albañil anclado en el pasado. Se trataba de un luchador social que les metió el dedo en el culo durante la dictadura y, con las uñas más largas, se los volvió a meter en democracia. Las fuerzas represivas, esas mismas, estas mismas, fueron por acción y omisión responsables, en su totalidad, de la desaparición en democracia de Jorge Julio López, cuya aparición con vida exigimos al Estado.

Jorge Julio LópezClavada la investigación judicial y sin indicios de nuevas hipótesis, la impotencia se nos chorrea ahora por la hemorragia incesante de una herida abierta que nos impide saciar el hambre de justicia con el refrescante pantallazo del cadáver a rayas de Etchecolatz, respirando su pasado nauseabundo, por las fosas nasales de un preso moribundo, que no se merece morir jamás.

Daría algo de pena, si no diera tanto asco, a 33 años de su Noche de los Lápices. Mejor, que no dé más. Haciendo culto de las desapariciones apareció en la historia y, hambriento de ausencias, vomitó una presencia, que nos resulta omnipresente, acá, y ahí, y allá. Resarciéndose involuntariamente de tanto genocidio, a minutos del arpa, a las puertas de algún infierno que le permita ingresar, el peón del General Ramón Camps inmortalizó a su verdugo, que vivo o muerto, presente o ausente, ya no desaparecerá. Esa voz altisonante y desgarradora, con la boina puesta, con los huevos puestos, ya no sólo habla con los jueces, ya no sólo habla por televisión. Jorge Julio López habla ahora con vos y conmigo, con las masas explotadas, con los estudiantes relegados, con los campesinos, con los trabajadores, con las Madres, con los Hijos, con el pueblo que no olvida, ni perdona.

Todavía libre, todavía comisario, todavía inmune, todavía torturador, Etchecolatz cometió, literal y literariamente, un nuevo crimen de lesa humanidad: “La otra cara del Nunca más”. Las dos caras eran tuyas. Y el Nunca más, es nuestro.

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