16 agosto, 2013
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Abuelita, dime tú

Matilde, ¡presente!
Querían un mundo ciego, con todas sus utopías veladas, sin indicios siquiera de las verdades rebeladas. Ni olores, ni vidas, ni matices; sólo dolores, heridas y cicatrices. Pero concentrados en el poder, la violencia y la guita, descuidaron el perfume de las flores que regaba Matilde Vara de Anguita. Maestra con mayúsculas en medio del bardo, enfrentó a la dictadura con los mismos ovarios que formó a la familia de Eduardo, un idealista que la televisión conoció como periodista. Madre y abuela, divorciada, nunca eligió cerrar la boca, ni esconder la mirada, ni siquiera el día que tres cagones se la llevaron secuestrada, arrancándola de un café porteño, como si el odio pudiera matar un sueño. Valga el relato crudo, para afirmar que no pudo, que no pudo ni va a poder hacerla desaparecer, porque su sangre jamás dejó de correr. Acá la tienen, la pueden ver: se llama Julia, es fotógrafa y es la nieta de esa mujer. Si leen bajito, van a escuchar su voz, al borde de la emoción. Y si hacen silencio, van a sentirse parte de esta hermosa conversación. Esencialmente, porque lo son…

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