14 marzo, 2016
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Primera persona

Para mi mami, soy perfecto. Y para mi papi, un super héroe de la vida. Pero bueno, yo sólo quiero ser yo, Valentino, el Chino o el Negro, como me dice mi mamá, que cada tanto se pone triste. Shhh, aunque me haga el sordo, muchas noches la oí llorar. Y mi viejo algunos días se pone nervioso, porque me tiene que explicar las cosas varias veces. De hecho, en el jardín, mis amiguitos no entienden que quiero jugar solo con mis autitos: “autismo”, le dicen. Y sí, me cuesta expresar lo que siento, pero que lo siento, lo siento, lo siento mucho.

Ahora, ¿ustedes saben qué difícil resulta vivir justo en este mundo, donde todos hablan fuerte, viven rápido y dicen millones de palabras por cada segundo? Yo tengo otra forma de comunicarme, con gestos, señas, miradas, sonidos. O silencios. Es más, a veces hasta me gusta que me digan “Hola Valen” y me den un beso, cuando yo estoy mirando para otro lado, porque de verdad siento el cariño de los que me quieren, de los que quiero, de los que quiero que me quieran como yo quiero y de los que quieren que los quiera como ellos quieren.

Porque sí, yo entiendo que ustedes me miran desde ahí, pero a veces olvidan que yo los miro desde acá. ¿Y saben cómo cuesta bancarse un señor que observe todas mis conductas en el jardín, para después escribirlas en un papel? Según mi mamá, se llama acompañante terapéutico. Ella dice que me ayuda. Y ella no me miente. Pero bueno, a veces me gustaría que varios dejaran de escribir, para que pudieran leer todo lo que escribí, en ningún papel. O sea, si me van a ayudar a comprender el mundo, empiecen por escucharme: quizá puedan superar esa incapacidad que tienen para escuchar, cuando yo no tengo ganas de hablar.

¿Saben qué difícil resulta sentir, procesar, tolerar, reciclar y abrazar todas esas cosas que la vida me tira en esta agenda sobrecargada, mientras algún fenómeno dice que no estoy haciendo nada? Todos los días que me toca ver a papá, tengo terapia, sí, 3 veces por semana, con distintos médicos que me hacen jugar… ¡Pero yo no soy boludo! Sé que tratan de poder descifrarme y de saber qué corno miro cuando observo la luna, cuando me pongo serio o cuando me pierdo en la paz. ¿Tanto misterio? Busco lo mismo que todos los demás.

¿Saben qué difícil resulta escuchar a mi tía enojada, porque el doctor decidió medicarme? Dicen que será bueno, para que “los estímulos externos no sobrecarguen mis percepciones sensoriales”, ni me alteren, ni me hagan sufrir. Muy bien, pero si funciona, ya sé con quiénes lo voy a compartir… ¿Y mi abuela? Nadie se atreva a tocar a mi abuela, porque mi abuela es lo más grande que hay, aunque me hable muuuuucho, porque tiene esperanzas de verme soltar una palabra alguna vez, como si hiciera falta, como si mis ojos fueran sordomudos… ¿Y mi primito? Una masa, me sigue con la mirada cuando corro por toda la casa, pero me cuesta jugar con él y con algunos otros también. Igual, mientras juguemos los dos, está todo bien.

¿Saben qué difícil resulta vivir así? Me pasa a mí, sí, ya sé, no a vos, que tenés tu propia voz y tu propio código para tu propio mundo. Pero hete aquí el punto: mi mundo, amigo, es tu mundo, el nuestro, el mismo. Y te guste o no, vos también vivís en un mundo con autismo. Entonces no, no tengo problemas de comunicación: tengo problemas de discriminación, como muchos otros compañeros, que no son chicos con autismo, pero también son villeros.

A mi modo, yo me comunico, ¿queda claro, no? Claramente, no por esta vía, porque esta carta requiere de traductora, pero todos los escritores del mundo necesitaron una también. Y yo a la mía, la estudié 9 meses, la revisé muy bien. Por eso, puedo confiar, escribir y ser feliz. Pues así están las cosas país y sépanlo bien: todo lo que hagan estos grandes psiquiatras, neurólogos o psicólogos no quiere, ni puede, ni podrá jamás cambiar mi personalidad, porque mi personalidad es mía, mía y de nadie más. A lo sumo, ojalá, podrán ayudarme a desarrollar mi autonomía, para que los distraídos no me hagan sufrir. Pero siempre, siempre, siempre, voy a ser yo, habitando este espectro autista y eso lo quiero dejar bien asentado acá: de otra forma dejaría de ser Valentino, el Chino, o el Negro, como me dice mi mamá.

Gracias, Jess, por esta carta necesaria. Y sobre todo, por ese Negro Chino, que todos conocemos como el Gran Valentino.

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