30 noviembre, 2016
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Aquí no se muere nadie

La otra noche amanecimos dormidos, aislados, aturdidos, bloqueados, confundidos, sin vos. Perdón, sin voz, disfónicos de gritar frente a los vómitos del mar, como una pedagogía del empedernido, sin un solo desaparecido durante 100 años de soledad. Perdón, 90 peldaños de dignidad, con la garganta villera del suelo cubano, acunando la trinchera del pueblo latinoamericano dispuesto a escribir sus propios errores, sin oprobios, ni dictadores, ni un solo terrorista en la dialéctica fidelista. Los ojos lloviendo. Y las caderas riendo. Los guiños a la rayuela. Y los niños en la escuela. Una puntada en la panza. Y empachada la esperanza. Los ideales arrugados. Y los hospitales encerados. El show sin sonido. Y el cerebro encendido. Las marquesinas revolucionarias. Y las campesinas universitarias. Los cañonazos de salva. Y los abrazos a mansalva. La política sin sobres. Y los médicos para pobres. Los analfabetos a la diplomacia. Y los retos a la desgracia. La libertad encarnada en un país. Y una estatua pintada de gris. Los huesos molidos. Y los sueños enrojecidos. Los miedos enterrados. Y el malecón despierto…

 

¡Los puños cerrados!
Y el corazón abierto.

 

Qué lío, qué manera tan espantosa de levantarse, Comandante mío. Imaginatetú, particular «dictador», cómo puede sentirse un sentidor, al verse sacudido por el ruido del televisor ante la catástrofe natural más artificial del relato capitalista, un tsunami de arrebato amarillista, arrancando tantos y tantos telefonazos, entre un aluvión de llantos y otro ciclón de payasos. Pero no, no hubo, ni habrá viento noticioso capaz de tumbar con su primicia al hombre de la cruzada por la valentía y la paz, ni con esa noticia inesperada, que la CIA no supo esperar jamás. Algo, alguien, evocando esa vocesita típica de los silenciados, oficiaba de locución bajo los párpados sedados por la madre de todas las pesadillas, miles de vientos huracanados contra el padre de todas las villas, en el medio del desconcierto.

 

No podía ser cierto.

 

Con el correr de los segundos y el volar de los terceros, esa estrella que dormitaba en los guerrilleros volvió a iluminar nuestras caravanas, estirando sábanas africanas, levantando vetos alfa y estrujando las almohadas de alfalfa, mientras se desvelaban los libros que nunca pudieron dormir, custodiando al epílogo que ya nadie podrá reescribir. Por todo ese afecto, hoy estamos marchando hacia el desperfecto ideal, sobrevolando el paraíso internacional de la infancia, en la peor instancia que podíamos imaginar, para salir a buscar un café más cubano o más rojo, ante el tirano que mira de reojo a la taza servida por el pueblo vil y desobediente, ¡la tasa de mortalidad infantil más baja del continente! Ni cóndor, ni águila, ni desnutrición, 130 mil médicos aptos para escribir una canción. Un solo despertador, para una isla llena de gente, con 10 estudiantes por docente, en cada Facultad del Derecho al Desayuno, sin alumnos de segunda mano: 200 millones de niños sin techo. Y ninguno es cubano.

 

¿A quién están despidiendo?

 

Déjennos seguir durmiendo, pesados, que ya venimos pasados de revoluciones, mientras Martí lucha para sí, corrigiendo oraciones. Hemos derribado la pavada del adentro y el afuera. No por nada, querían despertarnos como fuera. ¡De verdad, esta vez se murió! Váyanse a la ruta madre que los guió y fíjense con carpa quién la gobierna. ¿Qué puede saber su arpa, de nuestra vida eterna? El «mundo», ese mundo indoor, el inmundo para decirlo mucho mejor, hoy grita fuego fuego fuego, como el ego en el desierto, porque teme que no haya muerto, que sea macana, que se haya ido porque se le dio la gana. Pues La Habana no acepta jugar sus juegos, pero si la miran de cerca, pueden quedarse ciegos. ¿O realmente creían que íbamos a perderlo? ¿Como mierda puede ser que no logren verlo? Un bloqueo criminal, 753.688 millones en metal, para tapar el faro universal de cada mar y cada serpiente, mientras bombardeaban el medio ambiente de la impunidad. ¿O por qué nadie nos habla de la otra mitad? Alto sueño, la vida sin dueño, ni hambruna: hubieran probado un atentado a la luna. Porque sí, los coletazos de la bestia tocaron la hegemonía de la falacia, la hipocresía de la democracia, la mezquindad del poder, la autoridad que nunca volverán a tener, el derecho al racismo, el izquierdo al cinismo, la transfusión del hambre, la globalización de la sangre, la prepotencia del mercado y la somnolencia del circo alienado que terminó anestesiado hasta los codos, por temerle al temor de los otros. La bestia tocó a todos.

 

Y ahora, nos toca a nosotros.

 

A la madrugada del planeta, esa noche oscura atacó a Zavaleta, a miles de villas y a todas las pesadillas de la política liberal, justo en el sótano de su realidad virtual, donde esperan y seguirán esperando esos gusanos que se viven arrastrando por las zanahorias que los mantienen. Qué hambre tienen. Medio siglo saboreando un bocado, que todo el imperio creyó en sus redes, aunque nunca se los sirvió: este muerto no era para ustedes, este muerto se los devoró. Y el sueño se puso bueno, tan bueno que su veneno resultó medicina, como la crotoxina que los laboratorios quisieron ahogar, justo cuando ese monstruo la vino a salvar. Un mamífero impensado para cualquier ataúd, habitando el bosque encantado de nuestra salud, afilando sus vacunas contra el cáncer por ahí o babeando la mitad de su PBI. Justo sobre las víctimas de su propio «despotismo», tanto menos déspota que el periodismo y tanto más tierno que cualquier otro gobierno, supo lanzar esos rayos de azar a contramano, hacia la cumbre del desarrollo humano, tangible como sus planos, como su piel o como la utopía al descubierto.

 

Fue horrible,
soñamos que Fidel había muerto.

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