28 noviembre, 2016
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Ella: un relato de violencia obstétrica

*Por Nelson Santacruz, comunicador de la asamblea poderosa de la Villa 21-24

 

Hola, Pedro Augusto. Relato apenas una escena, de la vida de una gran mujer de quien conozco mucho y nada, a tu inconsciente inocencia. Hace unos 20 años y tres meses vos estabas en un vientre que veía como Ella agitaba la escoba limpiando la casa de una familia en una ciudad paraguaya. Juntaba cada guaraní para comprarte ropitas y los primeros pañales. Mientras lavaba los platos y cocinaba, esos nueve meses y una semana pasaron más rápido de lo que tardaron en salir las venas de sus muñecas. En su cabeza rebotaban muchos nombres posibles.

 

 
A las 23 horas del 1 de agosto, luego de una larga jornada, cerró los ojos cansada pero sus pupilas se dilataron a las cinco de la mañana del día siguiente, sabía que era la hora. Tenía 21 años y la soledad sobre los hombros. Los dedos de la sociedad gritaban “es muy joven para ser mamá” y los ojos de su familia y su “compañero” la ignoraron. Por eso estaba sola. Era y es empleada doméstica, con pocos ahorros y una vida con muchos dolores.

 
El reloj de un hospital “público” de la ciudad de San Lorenzo marcaba las 6:30 de la mañana y la miraba a Ella tendida sobre una camilla sin poder mirarse los pies. Estaba nerviosa, era mamá primeriza, contenta y asustada. Pero el terror recién empezaba. A las 11, llegó una enfermera que pregunta: “¿Por qué gritás?” y ladró: «¡Aguantá, que fue por tu gusto!”. El sudor recorría por los pechos de Ella, mientras estrujaba la sábana con sus uñas largas.

 
Envueltos por un cuarto blanco Ella y vos rogaban porque por aquella puerta ingresara un médico. ¿No te acordás? Te encaprichaste y endureciste su panza, hasta parecía que querías reventarlo. Había un ventilador oxidado que soplaba perezoso y el olor le generaba náuseas, todo giraba. Su larga cabellera estaba revuelta, empapada y le molestaba la cara. Vos estabas quieto y silencioso, eso la preocupaba. Comenzó a tirar cosas y a gritar por ayuda.

 
Una jarra, las sábanas, una planilla por el piso y el sonido de dolor atrajo a la misma enfermera que a las 14 horas la obligó a acostarse. “¡Dale, sentáte de una vez que acá mando yo!”. Sin contestar a las preguntas la uniformada golpeó a tu madre una, dos y tres veces con el puño cerrado. Todos los golpes fueron en los muslos; uno pasó muy cerca de la panza. Ella, sorprendida y con miedo usa lo único que tiene, sus uñas, para rasguñar a la agresora desde el hombro hasta la muñeca. La respuesta fue: “Ahora sí. Te quedás acá a morirte sola”. Se fue y nunca más la vieron.

 
El tiempo pasaba, Ella creía que vos ya no estabas vivo. Más de ocho horas de dolor y abandono le hicieron pensar muchas cosas. ¿Por qué se merecía eso tu madre? ¿Por qué la trataron así? ¿Será porque era pobre? Pues allí los hospitales “públicos” eran y son pagos. No sé si la viste pero, cerró sus ojos. Sus respiros se entrecortaron, las manos se pusieron moradas como los labios y su corazón se agitó. Ella recuerda los pitidos de una máquina, pero a penas sostenía el peso de sus párpados. Se rindió.

 
A las 17 horas sintió un plástico por la cara, como un bozal. Oxígeno. Ya no quería vivir, pero no tenía fuerzas para sacárselo. Finalmente, luego de once horas, llega una obstetra. «¡Ponete bien, que yo no voy a joder contigo, yo soy más patotera eh…!», fue lo primero que le dijo. Una nueva enfermera le tomaba el pulso y gritaba: “¡Se va a morir, hay que llevarla a cesárea!”. Como estaba sola, tu mamá firmó la posibilidad de muerte, para salvarte en caso de que siguieras con vida.

 
«¡Cesárea!», «¡Cesárea!», retumbaba en la institución. Esa noche e infinitas veces hasta hoy. Ya eran las ocho de la noche del 2 de agosto y la camilla salió a un pasillo, veloz. Los pujes llevaban más de 14 horas pero lo intentaste de nuevo, por él. Fue entonces que la sangre y el nocturno lugar se vieron opacados por un grito de vida, un llanto inesperado. Era todo lo que necesitabas oír, te desmayaste. Dormiste con la melodía de la vida misma cantando.

 
Esto nunca existió, nadie lo registró. Es una escena larga que se hunde en un listado oscuro de maltratos, sin leyes ni índices estatales. Cuando naciste, Pedro Augusto, Ella se dio cuenta de que vos y yo teníamos mucho en común. Cabellitos negros, nariz chatita, 4 kilos y unos achinados ojos con una manchita de sangre. Una mancha que representó la lucha por la vida. De una madre a quien no dejaban amamantar, a quien escupieron cientos de insultos. Alguien a quien le robaron su documento de identidad y que tampoco recibió el acta de “Nacido Vivo” de su criatura.

 
Agotada pero toda una leona, nos tomó para envolvernos con una mantita a las siete de la mañana del 3 de agosto. Hacía frío, mucho frío. El sol ni se asomaba y por temor a que le robaran a su hijo nuestra mamá subió a un taxi. Más tarde luego de idas y vueltas nos reconocieron con el apellido Santacruz, el de papá, y nos nombraron Nelson. Ella no tuvo cesárea, pero ¿a cuántas les queda la marca por la negligencia institucional? Ella está bien, pero ¿cuántas son las que mueren? Ella nos tiene, pero ¿a cuántas les robaron sus retoños? Ella nos ve pero, ¿cuántas son las que siguen buscando? Ella…

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