7 julio, 2017
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El mensajero de los nadies

 

Hoy no estamos, paramos, estacionamos. Ni nos vamos, ni nos quedamos, nos desangramos. Capaz escupimos, quizá lo lean. Pero si les parece que escribimos, no se lo crean. Apenas nos dejamos caer, así, miles de cuerpos desvanecidos sobre una alfombra negra de teclas, para que nos rebote la maldita cabeza informativa en la c del corazón partido por la mitad, reventándonos la espalda contra el piso más alto de la dignidad y pegándonos el codo contra la pantalla del mundo de mierda que nos tira otra vez a matar. No vinimos, ni nos fuimos, nos caímos, para que nos vean, para que lo vean, para que nos sientan, para que lo sientan. De luto, sí, como otras tantas veces que denunciamos gobiernos, funcionarios, desigualdades, injusticias, mezquindades o todo eso junto, en cualquier grito rotundo.

Hoy no,
denunciamos al mundo.

Sin él, no sería yo, no seríamos nosotros, no seríamos voz. Escritor, editor de conciencia, amor combativo. Paro, paro masivo. Y no, Damián no era negro, ni pobre, ni villero. No le hizo falta para compartir nuestras causas, para expropiarse sus manos, para fumarse nuestros nervios, para sentirse uno más, para sentirse una menos, ni para prestarle su pecho a tantas familias sin techo. Desde los medios tradicionales, sí, detrás del show, con la sonrisa del Pato Pastoriza. Y desde la clase media, sin mano dura, ni doble vara, con la ternura del Che Guevara. Desde donde mierda fuera, pero siempre por encima de la prensa conventillera, como en este insoportable momento, que no hallamos culpable, ni argumento, ni consuelo, entre sus atados y los desatados que ahora regamos el suelo, con el dolor más profundo.

Hoy sí,
denunciamos al mundo.

No hay justicia, sin ejecución. No hay noticia. No hay explicación. Szpolski tarareando canciones y Garfunkel cazando leones, como si algún encanto los diferenciara de Magnetto. Y entre tanto, ¡se nos muere Pussetto! De todos los periodistas que padecemos y los pocos que agradecimos, el más noble que conocimos, un hombre por encima del nombre, de la firma, de la fama, de la guita y de la paja que nos proponen cada día, para seguir alimentando esa egolatría que nos hará poderosos, si somos tan grosos como para trepar y trepar, sin mirar dónde ponemos los codos. Nos quieren exitosos, después de matar a todos. Pero no, por suerte les salió mal: hubo uno que resistió hasta el final, con ése no pudieron. Y a ustedes, que ni lo conocieron, ¿qué decirles? Se hace difícil describirles a nuestro compañero menos arrogante y más clandestino, un bombero del tiempo argentino que nunca quedó atrapado en las redes, que jamás abandonó esta lucha y que no traicionó su convicción, ni por un solo segundo…

Ustedes,
con mucha más razón,
denuncien al mundo.

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