20 enero, 2018
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«Si hubiesen podido matarnos a todos, lo hacían»

Compartimos el testimonio de Daniel Cantieri, detenido en la marcha contra la Reforma Previsional, en una nota de Adrián Pérez para Revista Cítrica.
 
Fotos: Cristian Delicia.
 

 
Su imagen se viralizó en diciembre, cuando se lo llevaban detenido en las afueras del Congreso e insultó a su familia por ser «gorila». Daniel Cantieri habla de eso, pero también de lo más importante: de cómo el Gobierno le quitó derechos a él y a tantas otras personas, de esta Policía desatada y de la mentalidad que debe adoptar el pueblo en este presente.
 
—¡Es una vergüenza lo que están haciendo! ¡Están muertos de miedo!— grita el hombre de cabello blanco y ojos color mar Caribe.
—¡Nosotros no tenemos miedo!— responde el policía y saca pecho sin perder el control sobre el cuerpo del detenido. 
—¡Ustedes tienen más miedo que ninguno! ¿Hacía falta veinte policías armados arriba de una persona golpeándola? ¿Cuál es el miedo que no tienen? Tienen miedo ustedes y nosotros— retruca el hombre mientras se lo llevan a la rastra hacia el camión celular donde esperan otros manifestantes. 
 
El diálogo con el policía sucede segundos después de que Cynthia García consultara al preso por su nombre, su lugar, su dirección y su número de teléfono, ese dispositivo de comunicación que falta de su casa de Ciudad Evita hace un año por plantar bandera ante el atropello de la compañía telefónica, que buscaba enchufarle de prepo un pack de Internet a él, que no tiene redes sociales y apenas ve algo de televisión. Sobrio, fresco, espontáneo, Daniel Cantieri devuelve cada consulta que parte del cuestionario de la periodista. 
—¿Querés decirle algo a tus familiares?— propone García. 
—¡Que se vayan a la puta que los parió, son gorilas!— responde como todo concepto el manifestante. 
 
Montada a hombros de esa misma Internet que rechazó, su imagen de reo galopó en las redes sociales —sin que él mismo comprenda acabadamente hasta hoy lo que provocaron sus palabras— con la velocidad que ofrecen las nuevas tecnologías: una fan page celebró en Facebook el advenimiento de la agrupación La Daniel Cantieri mientras los memes iban y venían en el ciberespacio con saludos y arengas de apoyo para el manifestante entronizado en ese altar destinado a la fugacidad de la idolatría. 
 
Tal vez porque comparten el mismo cielo peronista o quizás porque patearon las calles matanceras, Pablo Ayala supo capturar parte de la esencia del retrato que Federico Cosso hizo de Cantieri frente al Congreso. Y escribió en su muro de Facebook: “Sus ojos brillan y se detiene en algo, sonríe. ¿Qué mira? ¿Qué sabe este hombre que nosotros no? Daniel Cantieri ve el futuro. Su cara está llena de esperanza. Ve al pueblo despertar. Sus ojos brillan. Y él sonríe”. 

 
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El teléfono suena el segundo lunes de enero. Al otro lado de la línea su voz es inconfundible. Se lo escucha animado, con fuerza. Dice que tiene cosas que hacer en la ciudad. Tiene tiempo. Llega diez minutos antes del mediodía al bar de Avenida La Plata y Avenida Rivadavia. Si no fuera por el video de su detención viralizado ad infinitum, pasaría por un vecino del norte de la ciudad o de la provincia de Buenos Aires. Pero vive en La Matanza. 
 
Los lentes de marco turquesa cuelgan de la camisa blanca y roja a cuadros, el pantalón es de un blanco impoluto. Luce 58 impecables años. No tiene cadenas colgadas al cuello, pulseras ni anillos; al reloj pulsera que lleva en la mano izquierda se le rajó el vidrio cuando lo detuvieron. Se lo ve ansioso, con ganas de hablar. Pero el diálogo con Cítrica, finalmente, será en otro lugar de la ciudad, no muy lejos del bar emplazado en el bastión del gorilismo que Cantieri desprecia, donde Elisa Carrió y Vamos Juntos alcanzaron en las últimas elecciones legislativas el 50 por ciento de los votos.
 
Estudió en una escuela nacional ubicada “en el rodete” de Ciudad Evita (desde una vista aérea, los contornos de la localidad marcan el rostro de la abanderada de los humildes), una zona que —dice Cantieri— fue centro estratégico del pensamiento peronista. «Aunque no podíamos conversar de mucho, porque la mayoría de las maestras eran esposas de militares, en la ciudad pasaban muchas cosas durante la dictadura. No nos dejaban pensar, no nos dejaban hablar, pero no lograron mantenernos en el total de las ignorancias», recuerda sus años de estudiante. 
 
El 14 de diciembre salió a manifestarse junto a tantos otros. Sintió que lo estaban despojando y que querían legalizar ese robo. “Fui a resistir para que esta organización apolítica-comercial que tenemos como administración presidencial no pudiera cometer el ilícito”, sostiene y asegura que “con la caterva de excremento del gobierno” no quiere tener nada que ver. Regresó a la zona de Congreso para la votación de la reforma previsional. 
 
Fue a pedir que le tomaran la denuncia porque se estaba cometiendo un ilícito in fraganti. Al día siguiente, la prensa oficialista, con tono monocorde, ponía el acento en la violencia de los manifestantes. “Los medios van a seguir diciendo lo que quieran, así que lo que yo diga no va a cambiar la información pública. Pero la opinión verdadera es la de la gente que estaba ahí”, sostiene.
 
—¿Sentís que hay un retroceso en la libertad de expresión y en poder decir lo que cada uno piensa en este momento que atraviesa el país?—Si estás tomando como ejemplo a un viejo pelotudo porque dijo una mala palabra, lo que hay es un retroceso atroz, sobre todo, en educación (risas). Están tratando de dominarnos con el miedo. Ellos nunca nos van a valorar, te van a despreciar y a bajar los sueldos cada vez más, a tenerte amedrentado con que ustedes, los periodistas, no van a tener más medios donde trabajar.
 
—¿Qué viste aquel 18 de diciembre?
—Una masacre encarnizada dirigida por un Estado que se apoderó de la fuerza pública para convertirla en una fuerza de seguridad privada. La jueza (Patricia López Bergara) salvó muchas vidas al haber impedido armas letales y haber limitado el uso de gases lacrimógenos. Sigue lo mismo que en la época de la dictadura. De hecho, no es casual que estén mandando a (Miguel) Etchecolatz a su casa de Mar del Plata, que se siga pidiendo por la excarcelación de (Luis Abelardo) Patti, que hayan premiado al gendarme (Emmanuel Echazú) que recibió una pedrada en la cara durante la represión a los mapuches, cuando desapareció Maldonado, y encima lo asciendan. O se olvidan que hicieron lo mismo con las jubilaciones en el gobierno de la Alianza, cuando Patricia Bullrich era ministra. ¿No empezó así? ¿No comenzó en diciembre? Es la misma clase política que tiene que dominarnos siempre a través de la corrupción para seguir siendo las mismas pobres vacas gordas que paren entre ellos en esa endogamia inmunda. Esta oligarquía no da ni para la bosta de las vacas que tienen.
—Cuando fuiste a la movilización, ¿imaginaste que iba a terminar como terminó?
—En principio, no sabía que se iba a impedir que tuvieran armas y municiones letales. Pensaba que iba a ser una masacre para sacarnos. De hecho, fue una masacre actualizada, con balas de goma. Si hubiesen podido matarnos a todos lo hacían. A la gente la dispersaron por la 9 de Julio. Fueron siete cuadras de tiros, desparramando gente con las balas de goma. Si hubieran tenido, hubieran tirado con balas verdaderas, no tengo la menor duda.
—¿Cómo fue tu arresto? ¿Qué pudiste observar en las detenciones?—Había efectivos que estaban sacados por la droga, generalmente eran los mayores. Algunos frenaban a otros policías que eran muy violentos. Los tres policías que me detuvieron me salvaron de otros dos que sin ninguna necesidad me empezaron a pegar con sus bastones en las costillas y en la frente cuando estaba en el piso y me pusieron los pies sobre el cuerpo. Los policías que me llevaban me dijeron: «¡Así que tus familiares son gorilas!». Yo les dije que sí, como ellos. Los policías respondieron que no eran gorilas. Les contesté que qué se creían que estaban haciendo. Cuando llegamos al Congreso, otro policía gritaba las peores barbaridades y lo callaron porque estaba la prensa cerca.
 
—¿Qué decía ese policía?—Comparaba la situación con lo que le pasó a Santiago Maldonado, a los gritos, desenfrenado, con las venas hinchadas, haciéndose el matón. Estuvo a punto de darle un cabezazo en la cara a un chico que estaba esposado. 
 
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En la actualidad, la situación económica de Daniel Cantieri es mala. Desde 2012 percibe una pensión no contributiva por la que el último mes cobró 4900 pesos y monedas. “Es medio difícil llegar a fin de mes si no tenés ayuda de tus amigos, de tu familia o de otras personas. Eso me limita porque todos necesitamos aunque sea una canasta básica para poder movilizarte. Sobrevivo”, confía.  No sabe si podría sostener un trabajo. Dice que por más que busca, llega el momento que le dicen usted no. Por la edad y por cuestiones de salud. Además, se desactualizó en el oficio. Antes hacía changas que tenían que ver con arquitectura o decoración, pero al desconectarse fue perdiendo personal conocido.
 
Cantieri afirma que se está poniendo al tanto del revuelo que se armó en las redes sociales con el video de su detención. No deja de agradecer y emocionarse por las muestras de afecto pero, por otro lado, no lo puede entender. No terminó de digerirlo. “Me parece atroz que la gente esté tan limitada que necesite a una persona vieja, decadente, enferma, con una pensión miserable para atreverse a decirle un improperio a alguien que se lo merece. ¿Cómo la gente se va a poner contenta porque alguien le dedicó un insulto a su familia, a la cual no tolera por distintos motivos? Que la gente se permita ser”, lanza como consigna. 
Cree que su aparición en la protesta llamó la atención porque, en ese momento, las imágenes del video no pudieron reflejar miedo. “Iba sangrando por la violencia que ejerció la policía conmigo y, sin embargo, trataba de poner una sonrisa como diciendo ¿Y? ¿Cambiaron la ley para robarse nuestra plata, la de los jubilados? ¿En qué los benefició? ¿Cuánto más felices son? ¿Adónde fue a parar ese dinero? ¿Al bolsillo propio o a las deudas que contrajeron antes?”, argumenta Cantieri. Por otro lado, considera que en las últimas manifestaciones la ciudadanía salió a la calle porque le tocaron el bolsillo. “Fue igual que en 2001. No salimos por la compasión con el otro”, añade. 
 
El estallido social de 2001 lo encontró “en el culo de Ciudad Evita”. Así lo llama porque vive en una loma donde el agua se hace desear por falta de presión. El 20 de diciembre tomó coraje y se fue para la plaza. Se quedó en la Avenida de Mayo, donde está el Cabildo, llorando en un rinconcito. Se reprochaba a sí mismo porque no podía comprender cómo se podía llegar a tanta barbarie. Cantieri traza un puente veloz entre los cítricos como herramienta para contrarrestar el efecto de los gases lacrimógenos y su comercio internacional. “Cuando te empiezan a hablar de limones es que ya cortaron la mayonesa de romper tanto los huevos. Y este (por Mauricio Macri) ya estuvo hablando de los limones: ese es el gran negociado que hizo con Estados Unidos”. 
 
Y agrega: “Ya rompieron los huevos más de la cuenta, ya se tienen que ir y los tienen que sacar quienes los pusieron, quienes los votaron y salieron el otro día con las cacerolas. Que no sigan sosteniendo esta payasada porque están causando mucho daño. Ellos tienen un colchón para aguantar, pero hay gente que está pasando mucho hambre”. 
 
—¿Por qué decidiste hablar, Daniel?—Por sugerencia del abogado (Nicolás Tauber, de Liberpueblo), hablar nos podía jugar en contra porque nuestra causa no tiene carátula. Pero aunque el abogado trata de cuidarnos y prevenirnos, en el fondo se trata de una amenaza implícita porque estamos callados, nadie se entera, y si no te sacan los medios, nadie sabe nada. Entonces dije les estoy haciendo el juego. Si no se los hice el otro día no se los voy a hacer ahora. Y no estoy diciendo nada que no sienta. No creo que le haya pifiado mucho en algún diagnóstico que cualquiera podría hacer en su casa. ¿Qué tiene de malo decirlo? ¿Está prohibido hablar? No me di por vencido antes, no me voy a dar por vencido ahora. 
 
—¿Por qué no te das por vencido?—Ya me sacaron todo. ¿Qué más me pueden sacar? ¿La vida? La primera vez que me dieron derechos civiles y sociales fue durante el gobierno anterior. Ya tengo 58 años. ¿Cuánto tiempo más tengo para volver a vivir que alguien te otorgue derechos sociales que ni los pedí, que ni siquiera los soñaba? Nos tienen amenazados con que nos van a acusar de sedición. ¿Quién hizo la reversión del orden constitucional? Nos están robando, están bajando los sueldos, hay despidos. Los modos quizás puedan ser cuestionables, pero la razón la tiene el pueblo. 
 
—¿Qué le decís a los creadores de La Daniel Cantieri, a tus seguidores? —Que pongan Photoshop en la imagen que no me gusta (risas). Les digo que regalen amor. Que el odio lo dejen para aquellos que lo tienen y lo sienten, y que si lo tienen adentro, se lo saquen. No es a través de una remera que te lo vas a sacar. Te vas a sentir libre de ese odio sabiendo que estás haciendo cosas por vos, que no esperás que te las regale otro. Que no me den nada, y si no, que me den lo que me corresponde. Los derechos que debemos tener todos los seres humanos los conocemos. Cada cual que haga lo que pueda por sostener su ideología, pero sin lastimar a otro. ¡Que la gente se manifieste pero no a través del odio que pude haber transmitido mientras me estaban golpeando! 
 
 
—¿Algún mensaje para quienes leerán estas líneas?—Es preferible ser un sobreviviente; para serlo tienen que luchar, sino te matan, te destruyen o te convierten en la nada misma. No se salven sólo ustedes, no miren su propio ombligo: miren el de todos, defiéndanse, hablen. Si tienen la oportunidad, actúen. Que no los frene el gran acuerdo de ser por el miedo. Y si quieren tener un poco de ética, hagan y actúen lo que sienten. 

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