6 marzo, 2018
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Viva para contarlo

 
 
 
* Por Silvia Mercedes Dopozo,
sobreviviente de un aborto clandestino.

Apenas 22 años tenía, cuando quedé embarazada por tercera vez del padre de mis dos hijos, un hombre 12 años mayor que yo, con quien arrastraba una relación violenta, sexual, económica y verbalmente, desde muy chica. De hecho, tuve mi primer bebé a los 14. Y dos meses después de dar a luz, volví a quedar embarazada. Hasta ese momento, no sabía lo que era un orgasmo. Yo no le importaba en lo más mínimo: me sometía y me atrapaba en una relación terrible que soporté muchos años, hasta que me empoderé y pude cortarla.

Cuando supe que esperaba un tercer hijo, no quise tenerlo con ese hombre que me seguía maltratando a diario, dentro de aquel infierno en el que se había convertido mi vida. Y entonces, tomé la decisión. Créanme, siéntanme, no es nada fácil. Es realmente duro formar parte de semejante sistema patriarcal, en el que los hombres pueden elegir si violarte o golpearte, pero vos no tenés el derecho a elegir casi nada. Pues bien, yo aprendí: las mujeres podemos decidir, sin que nadie lo haga por nosotras.

 

Acompañada por mi hermana, fui a la casa de una señora que no era profesional y recién algún tiempo después pude saber que lo hacía de corajuda nomás. Durante la intervención, la pasé muy mal. Estaba muy asustada. Y más miedo sentí cuando vi que tomó un elemento largo, una sonda con una especie de alambre metido adentro, segundos antes de empezar a introducirlo adentro de mi cuerpo. Casi muero en ese aborto. Y dos años después, en ese mismo lugar, finalmente una chica murió.

No fue fácil continuar con mi vida. Por la tristeza que sentía, por la culpa que me hacían sentir, por verme obligada a reconocerme como una asesina. Ahora que tengo 50 años y otro hijo que me ilumina la vida, lo puedo ver de otra forma. Pues esa misma sociedad que se alarma porque «estás matando a una criatura», es la misma sociedad que permanece indiferente cuando muere una madre y, mucho más, cuando es una madre pobre, como lo era yo por entonces. No podía comprar ni una pastilla. Y sí, quizá la legalización sea innecesaria para quienes tienen plata, pero las otras pagamos con la vida esa desigualdad.

Sé que habrá quienes juzguen mis palabras, mi decisión, mi camino o mi destino, pero hoy abro la garganta para gritar, porque necesito acabar con esta sociedad hipócrita, tan rebalsada de hombres que se rasgan las vestiduras para volverse autoproclamados voceros de las mujeres que permanecemos invisibles. Ya fue demasiado con tantas décadas de patriarcado, atrapadas en la lógica siniestra que nos quiere mirando para abajo y caminando para atrás.

La decisión es nuestra.
Nuestra, carajo, ¡de nadie más!

 
 

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