4 abril, 2018
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10 años sin Mario

 
 
 
 
*Por Eliezer Golemba, hermano de Mario Fabián Golemba desaparecido en Misiones
El día que lo vimos por última vez, Mario tenía 27 años y una sed increíble de conocimiento: sabía de historia, de geografía… Podía dibujar el mundo entero de memoria. Mi papá lo llamaba su “fuente de consulta”.
 
 
 
 
Ellos dos tenían una relación muy estrecha: mi hermano había vendido su moto para comprarle a él una motoguadaña, una herramienta de trabajo en las precarias condiciones de la zafra yerbatera, donde ambos se mataban laburando. Pero Mario siempre tenía unos minutos para jugar a la pelota conmigo.
 
 
 
 
Hace diez años, cuando yo tenía 14, mi hermano había ido a una nutricionista en la localidad de Oberá. De ahí, nunca más volvió.
 
 
 
 
“Estoy mirando vidrieras, ¿quieren que les lleve algo?”, le había escrito a su novia, con la que planeaba casarse. Luego, le escribió a mi mamá. Y de repente, como si se lo hubiera tragado la tierra, se cortó la comunicación. Mi vieja se desesperó: no era común, Mario no era de hacer eso.
 
 
 
 
Al día siguiente, fuimos a hacer la denuncia. En la comisaría, todos tenían cara de sorprendidos. Palmadita en la espalda, “si sabemos algo le avisamos”, “su hijo ya va a volver, seguro se perdió”. Poco nos imaginábamos que los testigos del hecho declararían que lo habían detenido justo ahí, donde fuimos a denunciar su desaparición, donde nos dijeron que nos quedáramos tranquilos…
 
 
 
 
Por suerte, no les hicimos caso.
 
 
 
 
Hubo muchos desvíos en la investigación, miles de versiones, a Mario supuestamente lo vieron en un pueblo que limita con Brasil llamado El Soberbio, una médica decía haberlo atendido en Santa Fe, un oficial ofreció datos y luego se desdijo tras lo cual recibió un ascenso, una denuncia anónima ubicaba su cuerpo enterrado en un kilómetro de Dos de Mayo donde hicieron una excavación que no arrojó resultados… Puras mentiras, que embarraron la cancha hasta que surgió la versión de que estaba enterrado detrás de la comisaría donde lo retuvieron. Pero ahí, no se ofrecieron a excavar.
 
 
 
 
Un viejito que declaró en contra de los oficiales estuvo más de tres años preso sin causa. El otro que declaró haber escuchado cómo lo golpeaban a Mario, nos dijo que entró esposado y se lo llevaron en una camioneta después. Había más presos, pero que no se animaron a hablar.
 
 
 
 
Ni el comisario de entonces Ewaldo Katz, ni ningún funcionario nacional hicieron nada. De la cúpula policial, todos fueron ascendidos o trasladados, mientras la causa judicial sigue impunemente estancada en un cajón del Juzgado de Instrucción I de Oberá, a cargo de la jueza Alba Kunzmann de Gauchat con la carátula “desaparición de persona”. Nunca se dio lugar a otra versión, ni al careo entre los testigos y la policía de la comisaría de Dos de Mayo que tanto pedimos.
 
 
 
 
Mi papá tenía la ilusa esperanza de que Mario algún día podía volver: anduvo por todo Misiones como el padre de María Cash. Mi mamá, en cambio, siempre tuvo un carácter más fuerte, apoyada en su fe en Dios y quizás le ayudó a resistir todo esto. Mi hermana tuvo que ir a reconocer varios cuerpos en la morgue: ahora cuando suena el teléfono, se asusta. Pero mi papá era sensible, lloraba, se ponía melancólico. Ese tipo, conocido por su gran don de gente y por su extensa formación cultural que cultivó con sus pocos y propios y pocos libros y sin internet, se enfermó. Se enfermó, por la angustia que le provocó la situación.
 
 
 
 
Jamás pensamos que iba a fallecer así, de una trombosis, causada por el dolor que le provocó la desaparición de su hijo…
 
 
 
 
Ese dolor, que también es nuestro, alimenta nuestro grito.

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