10 mayo, 2018
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Caños que desbordan olvido

Letras de Agustín Niepomniszcze y fotos de Vanesa Urbina, comunicadores de la poderosa asamblea de la villa Fátima.

 


 

 

 

Sin ubicación, sin figurar; «como si no existiesen», son frases que dan vueltas constantemente en la mente de los vecinos y vecinas, que cada día se sienten más olvidados por un Estado que brilla por ausencia. En la manzana 2 de la villa Fátima de Soldati, entre las calles Martínez Castro y Laguna, se encuentra un pasillo que, como tantos otros, no figura en el mapa de la Ciudad. Ese pasaje no acusa ningún nombre, numeración o denominación. No tiene identificación, pero tiene identidad.

 

Aislados; encontrados en una calle sin salida, los vecinos del pasillo no encuentran solución ni responsables a las problemáticas que día a día los afectan: no tiene agua, cuenta con cloacas que no dan a basto y está bajo el inminente peligro de un cortocircuito. Sabiendo las desventajas y exclusión que conlleva vivir en una villa, ¿se imaginan lo que es, además, vivir aislado?

 

 

El Gobierno de la Ciudad tiene los ojos puestos en las obras millonarias de infraestructura para la construcción de una villa olímpica, con más de 20 kilómetros de túneles de desagües pluviales. Mientras tanto, en los corredores de nuestros barrios, a pocos metros de dichas obras, niños y niñas transitan día a día entre los deshechos.

 

 

 

 

Luis, uno de los vecinos que vive esta problemática, nos cuenta lo que sufren hoy sus hijos: «Se les hicieron brotes y manchas en la piel, y cuando los llevamos a la salita dijeron que era porque hay un foco infeccioso en casa, donde juegan. Siempre va a estar el olor fétido, es desagradable vivir así”.

 

En los días de lluvia, en los que muchos tienen el privilegio de darse una ducha caliente y tomar un cafecito, estos vecinos, con el agua de la cloaca entrando a sus casas y sumergidos hasta las rodillas, se arreglan con una varilla y la voluntad que sólo la urgencia puede generar, para meterse en las cámaras desbordadas de mierda y poder destaparlas.

 

 

Hace diez años, cuando el pasillo aún era de tierra, los primeros vecinos se organizaron para asfaltarlo y poner un caño de 110mm. Desde entonces los habitantes han visto pasar ya tres turnos de gobierno macrista en la ciudad. Hoy, las mismas instalaciones que abastecían a alrededor de cuatro familias, hoy son utilizadas por más de diez. La población va creciendo junto con el peligro, pero hace años que vemos desfilar a la UGIS (Unidad de Gestión e Intervención Social), el IVC (Instituto de Vivienda de la Ciudad), la SecHI (Subecretaría de Hábitat e Inclusión) , pero ninguna entidad estatal decide hacerse cargo.

 

 

Varios vecinos y vecinas ya han naturalizado el hecho de que se inunde el único medio de circulación, que tienen para el ingreso y salida de sus viviendas Qué loco, ¿no? Por más cerca que estén, los presupuestos millonarios que se invierten nunca son para mejorar nuestra vida en los barrios. La prioridad está en el “embellecimiento» de la capital, metiendo bajo la alfombra lo que no te quieren mostrar, lo que prefieren ignorar.

 

«Acá en el barrio solo te dan bola si hay elecciones, te propone uno, te promete el otro, pero después no hacen nada?», reclama indignado Carlos Alberto, que vive con cuatro de sus hijos, cansado de ojos iluminados cuando se trata de conseguir votos y oídos sordos cuando se trata de resolver problemáticas.

 

 

 

Para poder tener electricidad, los nuevos habitantes del pasillo fueron agregando cables a un único poste de luz, ya algo viejo y torcido. Por falta de garantía de profesionales que realicen y supervisen el trabajo, se generó una maraña de cables que colgaba a pocos metros del suelo.  Los vecinos del fondo son los más afectados; viven bajo el inminente peligro que generan los cables pelados, a la mínima gotita de agua sacan chispazos, que amenazan con desencadenar un hecho fatal en cualquier tormenta.

 

 

Tres semanas atrás, otra familia vivió el horror de ver su casa en llamas.

 

En la madrugada del sábado, el cablerío mal instalado provocó un cortocircuito que desató una llamarada en el cuarto de Lucía y Javier, que viven junto a sus cinco hijos. Los cinco chicos dormían en la habitación de al lado. Uno de ellos, asustado por el grito de su mamá y el humo, saltó de la cama, y al caer se esguinzó la pierna. Los vecinos acudieron a apagar el fuego y lograron hacerlo antes mismo que la llegada del camión de bomberos. ¿El Estado? ¡Otra vez tarde!?

 

 

Luego del incendio, entre los vecinos comenzaron el arreglo del cableado, pero aún falta la mitad del pasillo.

 

A diferencia del agua de la cloaca que no sale a borbotones, el agua potable es más difícil de encontrar: es un derecho básico que deberíamos poseer, pero del que el Estado no nos quiere abastecer.


«Se corta el agua todo el tiempo. Si algún vecino del pasillo también quiere usar, tengo que esperar varias horas», cuenta Javier.


Barbaridades en cantidad, es enorme e indignante lo que en este pasillo se ignora, pero esta gente no llora, lucha ¡y en este grito se escucha!

 

La voluntad de los más marginados está presente, y aunque no lo acepten, les reiteramos: ¡Nosotros también somos gente! ¡Exigimos un Estado presente! Para que esto no vuelva a suceder, pues no queremos que sea tarde y lamentar, por eso venimos a reclamar, que aparezcan los responsables y nos den la solución, y que reconozcan que este pasillo, si no fuera por su inacción no existiría, ¡y que esto no se arregla con bolsones de mercadería!”

 

Para terminar con esta pesadilla, y también ponerle nombre, entre toda la asamblea vecinal nos organizamos para realizar una jornada de trabajo comunitario y cambiar la marea; el agua de cloaca en los caños, y más agua potable saliendo de las canillas!

 

¡Todas las manos suman! Tenemos las fuerza, pero nos faltan algunos materiales:


Caños PVC X 110

Ladrillos comunes

Bolsas de arena

Bolsas de cemento

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